viernes, junio 26, 2026
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EL VERDADERO CULPABLE

Nadie es juez imparcial de sí mismo

Séneca 

Desde que podemos hablar del Homo como especie, este ha creado en colectividad diversas reglas para coexistir con sus semejantes y, por supuesto, transgredirlas. La forma, frecuencia, magnitud y extensión social de la transgresión, sea legal o solo ética y moral, dependerá de la cultura de cada sociedad, pero en cualquiera que sea, existe un margen de tolerancia hacia el quebrantamiento del orden, tan normalizado que se ha convertido en estatus, en sello de clase.

Veamos la siguiente estructura: las clases altas pueden normalizar evasiones, influencias, tratos preferenciales y explotación laboral, considerándolas ventajas legítimas de su posición; las políticas pueden justificar el mal uso y el saqueo del patrimonio del Estado, confundiendo acceso al gobierno con propiedad de los recursos públicos; los sectores populares tienden al vandalismo como protesta social, al incumplimiento sistemático de normas o la violencia cotidiana, justificadas por abandono, necesidad o agravio histórico. Las condiciones no son equivalentes y los daños tampoco, pero el mecanismo es el mismo para todos: la permisividad cómplice disfrazada de enemistad.

Las clases y grupos sociales se descalifican entre sí, señalan las infracciones de los otros, pero no como una forma pura de crítica social, sino principalmente para justificar la propia transgresión. Esto pasa en todo el mundo: “si tú puedes, yo puedo, solo que yo sí tengo motivos reales, tú no”. Una postura clásica de la tan peligrosa actitud de superioridad moral.

Y todo aquel que crea que este es un problema político, económico y social ajeno a su persona, su moral y su conducta, está precisamente posicionado en el origen de todo esto: la autoexcepción, fincada en “mi situación me autoriza”, “mis circunstancias lo justifican”, “me lo merezco” y, en el caso más cínico, “porque puedo y quiero”.

Efectivamente, toda esa estructura social está sostenida por cada individuo que se conduce bajo la permisividad cómplice descrita. La raíz del problema es la naturaleza humana, inexplorada e indomada por cada uno de nosotros, no en un régimen determinado. El éxito de cualquier tipo de sistema político depende de la moral y la ética unívocas (sin incongruencias) y el consecuente comportamiento de cada ciudadano, bajo la conciencia de que las autoindulgencias personalísimas construyen sociedades injustas, desbalanceadas e inequitativas. Ahora puede ver lo infructuoso del debate entre la derecha y la izquierda: hablan de regímenes que legítimamente puedan limitar o acabar con las transgresiones del enemigo y preservar las propias.

Hoy me atrevo a asegurarle que todos los seres humanos, alguna vez en la vida, hemos obtenido una ventaja indebida transgrediendo una regla común, como pasarse un alto, tirar basura en la calle, colarse en una fila, ofrecer una “mordida”. La lista puede ser larguísima.

Casi todos, además, solemos ser autoindulgentes al respecto, y cada uno está nutriendo con ello posturas sociales de particularismo moral, en las que los actos no se juzgan solamente por lo que se hizo, sino por quién lo hizo, contra quién, desde qué grupo y con qué explicación; una cultura del privilegio, mediante la cual consideramos natural recibir un trato distinto, y el corporativismo defensivo, que lleva a partidos, iglesias, profesiones, empresas, familias e instituciones a proteger a los suyos, porque reconocer la falta de uno amenaza el prestigio, los intereses o la tranquilidad del conjunto.

La autoexcepción reforzada con autoindulgencia y actitud de superioridad moral se aprende primero en la familia, ahí donde sí somos completamente responsables de lo que pasa. Así, cada persona conserva intacta la imagen que tiene de sí misma y de su “clan”, mientras contribuye a sostener la cultura de la estigmatización de la infracción ajena.

La corrupción no comienza con el funcionario que roba millones, sino con la convicción social de que la regla debe aplicarse a todos, excepto a mí cuando me incomoda. Este tipo de ciudadano termina tolerando gobiernos que reparten excepciones como favores.

Esto es la culpa repartida, pero nunca aceptada.

delasfuentesopina@gmail.com