
El nuevo golpe económico y social contra México: remesas bajo presión
La firma del nuevo decreto impulsado por el presidente de Donald Trump, mediante el cual se endurecen los controles bancarios y las investigaciones sobre transferencias enviadas por migrantes, representa mucho más que una medida administrativa o financiera. Se trata de un nuevo episodio de presión política contra la comunidad migrante mexicana y, al mismo tiempo, un golpe directo a una de las principales fuentes de ingresos de millones de familias en México.
La orden ejecutiva obliga a instituciones financieras estadounidenses a reforzar mecanismos de vigilancia sobre operaciones consideradas “sospechosas”, especialmente aquellas relacionadas con personas sin estatus migratorio regular. Bancos y empresas de envío de dinero deberán reportar movimientos vinculados con evasión fiscal, uso de documentos consulares y transferencias realizadas mediante números ITIN, utilizados comúnmente por trabajadores migrantes.
El problema de fondo es que esta decisión coloca bajo sospecha a millones de trabajadores mexicanos que, durante décadas, han sostenido económicamente a sus familias desde Estados Unidos. Las remesas no son únicamente dinero enviado al país; son el sustento diario de comunidades enteras en estados como Michoacán, Guanajuato, Jalisco, Zacatecas y Oaxaca.
México recibió cifras históricas superiores a los 64 mil millones de dólares en remesas durante los últimos años, convirtiéndose en el segundo país que más recursos recibe por este concepto a nivel mundial, solo detrás de India. Diversos análisis económicos señalan que las remesas representan alrededor del 4% del Producto Interno Bruto mexicano, además de ser una de las principales fuentes de divisas para el país.
Por ello, cualquier restricción, vigilancia excesiva o temor entre los migrantes puede provocar una disminución en el flujo de dinero hacia México. El efecto sería inmediato en miles de hogares que dependen de esos recursos para alimentación, salud, educación y vivienda. Más grave aún: expertos advierten que medidas de este tipo pueden empujar a muchos trabajadores a utilizar canales informales o clandestinos para enviar dinero, incrementando riesgos de fraude, extorsión y lavado de dinero precisamente fuera del sistema financiero regulado.
La administración Trump intenta justificar esta política bajo el argumento del combate al crimen organizado y al lavado de dinero. Sin embargo, el mensaje político resulta evidente: criminalizar indirectamente a los migrantes y endurecer el discurso antimigratorio rumbo a un nuevo proceso político en Estados Unidos.
Desde México, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha rechazado públicamente la narrativa impulsada por Washington. La presidenta ha señalado que no existen pruebas para afirmar que las remesas sean un mecanismo generalizado de lavado de dinero y advirtió que no se puede “criminalizar” a millones de personas trabajadoras por casos aislados.
El gobierno mexicano también ha insistido en mantener el diálogo diplomático y financiero con autoridades estadounidenses para evitar medidas que afecten el envío de recursos.
Lo cierto es que detrás de cada remesa hay una historia de sacrificio. Son millones de mexicanos quienes sostienen dos economías: la estadounidense, con su trabajo diario, y la mexicana, con el dinero que envían a casa. Convertir esas transferencias en un objetivo político no solo tensiona la relación bilateral, también amenaza la estabilidad económica de regiones enteras del país.
Buen fin de semana, la frase: “La lealtad es difícil de encontrar. La confianza es fácil de perder.” ¡Ánimo!




