
La cuerda floja del bolsillo
En la gran carpa de la economía mexicana, el acto más observado ya no es el del trapecista ni el del domador: es el del ciudadano que intenta sobrevivir con una canasta básica que no deja de subir. El primer trimestre de 2026 dejó claro que el espectáculo cambió de tono. Hoy, el público no está para aplausos; está para resistir.
Los números no mienten y, en este circo, son el verdadero maestro de ceremonias. Para marzo, la canasta básica alimentaria en zonas urbanas superó los 2,571 pesos mensuales por persona, mientras que en zonas rurales alcanzó los 1,940 pesos. El dato más revelador no es el monto, sino el ritmo: un incremento anual del 8.1%, muy por encima de la inflación general, que ronda el 4.59%. Dicho en términos simples: lo indispensable sube más rápido que el promedio de la economía.
Y ahí es donde comienza el acto de equilibrio. Porque mientras el discurso oficial intenta mantener la sonrisa del payaso —hablando de estabilidad y control inflacionario—, en la pista real los precios del limón, el tomate, el chile poblano y las carnes hacen malabares… pero con el bolsillo de la gente.
El problema no es menor. Entre febrero y marzo, el aumento fue del 2.2%. Un salto corto en apariencia, pero suficiente para desacomodar cualquier presupuesto familiar. Es el tipo de incremento que no se anuncia con tambor ni platillo, pero que termina por vaciar la cartera en silencio.
Y si se mira el fondo de la carpa, el dato es todavía más contundente: en ocho años, la canasta alimentaria ha crecido 67%. Es decir, el costo de comer hoy es casi el doble de lo que era antes. No es inflación, es una transformación estructural del gasto cotidiano.
En este circo, el verdadero riesgo no está solo en el precio, sino en la reacción en cadena. Cuando la mayor parte del ingreso se destina a alimentos, la economía circulante se detiene. El dinero deja de recorrer la pista: ya no va al pequeño comercio, no impulsa servicios, no genera dinamismo. Se queda atrapado en lo básico.
Los comerciantes —esos malabaristas del mercado local— comienzan a resentir la función. Menos consumo implica menos ingresos, y eso termina por traducirse en ajustes, recortes o cierres. La economía deja de ser espectáculo y se convierte en supervivencia.
El público lo percibe. Y cuando lo percibe, actúa: compra menos, compara más, recorta todo lo que no sea esencial. Es un cambio de comportamiento que ningún discurso logra maquillar.
El reto para quienes dirigen esta función es evidente. No basta con contener la inflación general si lo que más pesa en el día a día sigue encareciéndose. El ciudadano no vive del promedio, vive de lo que paga en la tienda.
Hoy, la cuerda floja está más tensa que nunca. Y el equilibrista —ese ciudadano de a pie— sigue caminando, sin red, esperando no caer mientras el circo económico decide si ajusta el acto… o deja que el espectáculo se le vacíe.
“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos”
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