lunes, abril 6, 2026
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PUNTO DE CIENCIA

Por: Mario Antonio Hernández Villegas

 De los cómics al laboratorio: cómo la ciencia ficción despierta vocaciones en ingeniería

Cuando pensamos en el origen del interés por la ingeniería, solemos imaginar aulas, fórmulas, laboratorios y clases de matemáticas. Sin embargo, para muchos ingenieros y futuros profesionistas, la chispa inicial no surgió en un salón de clases, sino en una historia.

En mi caso, comenzó con los cómics. De niño, pasaba horas leyendo comics o cuentos como les llamábamos en los 80. En esas historias me fascinaba la idea de un personaje que no tenía superpoderes mágicos, sino que dependía de su inteligencia, su creatividad y su capacidad para diseñar tecnología. Un ejemplo lo encontré en “Los vengadores de la Costa Oeste” publicado por Novedades, editores en México, donde Tony Stark (El hombre de hierro, como lo conocíamos en ese entonces) resolvía problemas construyendo, experimentando y mejorando constantemente sus creaciones. ¡Además éramos tocayos! Sin darme cuenta, estaba observando un modelo de lo que hoy identifico claramente como pensamiento ingenieril.

La ciencia ficción y los cómics cumplen una función poderosa: convierten conceptos complejos en relatos accesibles, emocionantes y memorables.

Un niño que ve un traje impulsado por energía, robots que ayudan a la humanidad o ciudades futuristas está, en realidad, entrando en contacto con ideas relacionadas con electrónica, programación, materiales, energía, automatización y diseño. Aunque no conozca aún esos términos, ya está familiarizándose con sus posibilidades.

Además, estos medios presentan a la tecnología como una herramienta para resolver problemas, no solo como un conjunto de aparatos. Los héroes enfrentan crisis, fallas, errores y limitaciones. Muchas veces deben rediseñar, probar nuevamente y aprender de sus fracasos. Ese proceso se parece mucho al ciclo real de la ingeniería: analizar, diseñar, construir, evaluar y mejorar.

Para un niño, resulta más fácil imaginarse usando un traje tecnológico que resolviendo ecuaciones diferenciales. Pero ese primer paso imaginativo es fundamental. Primero aparece el “quiero hacer algo así”, y después surge la pregunta: “¿qué necesito aprender para lograrlo?”. Ahí es donde entran las matemáticas, la física, la programación y todas las disciplinas que sostienen a la ingeniería.

Durante mucho tiempo, se ha pensado que la ingeniería es solo para personas “muy buenas en matemáticas” o con perfiles específicos. Los cómics y las historias futuristas muestran personajes diversos, con distintos orígenes y personalidades, que usan la tecnología para crear impacto. Esto amplía el imaginario de quién puede ser ingeniero o ingeniera.

No se trata de idealizar la ficción ni de presentar una visión irreal del trabajo profesional. Se trata de aprovechar esas historias como puertas de entrada al conocimiento.

Un niño que hoy lee un cómic o un libro de ciencia ficción puede convertirse mañana en quien diseñe prótesis inteligentes, sistemas de energía limpia, robots médicos o plataformas educativas. La semilla puede parecer pequeña, pero su efecto es profundo.

Por eso, fomentar el acceso de niñas y niños a la lectura, los cómics, la ciencia ficción y la divulgación científica no es un lujo cultural: es una inversión en el futuro tecnológico del país.

Tal vez no todos los lectores de cómics se conviertan en ingenieros. Pero muchos ingenieros comenzaron siendo lectores de cómics.

Yo soy uno de ellos.