domingo, abril 5, 2026
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El nuevo mapa industrial: México como destino o como tránsito

México cerró 2025 con una cifra que, en condiciones normales, bastaría para alimentar discursos triunfalistas durante años: $40,871 millones de dólares en inversión extranjera directa (IED), un crecimiento de 10.8% respecto al año previo. Sin embargo, detrás de ese número hay menos certezas de las que aparenta y más preguntas de las que el discurso oficial está dispuesto a admitir. En este sentido, no estamos frente a un fenómeno orgánico de fortalecimiento estructural, estamos ante una reconfiguración global forzada por decisiones políticas externas, particularmente por la política comercial impulsada por Donald Trump, que ha redibujado las cadenas de suministro a nivel mundial.

La lógica es simple, pero sus implicaciones son profundas: producir en Asia se ha vuelto más costoso y riesgoso para abastecer al mercado estadounidense. En consecuencia, las empresas están buscando relocalizar sus operaciones. México aparece entonces como la opción más evidente: cercanía geográfica, integración comercial y un marco jurídico que, al menos en papel, ofrece certidumbre a través del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Pero esa ventaja no es necesariamente mérito propio. Es, en gran medida, resultado de una coyuntura internacional que podría cambiar tan rápido como surgió.

El fenómeno se ha concentrado de manera casi natural en el norte del país. Monterrey, Saltillo, Ciudad Juárez, Reynosa y Tijuana han absorbido más de la mitad del crecimiento industrial reciente. No es casualidad: infraestructura logística consolidada, cadenas de suministro maduras y una cultura manufacturera profundamente arraigada. Pero lo que se presenta como una historia de éxito también encierra una presión creciente. La velocidad con la que está llegando el capital extranjero supera, en muchos casos, la capacidad institucional y urbana para absorberlo.

Las cifras son reveladoras: más de un centenar de empresas han firmado contratos para instalarse en México en un solo año, muchas de ellas por primera vez. No se trata de apuestas especulativas, sino de decisiones estratégicas de largo plazo por parte de corporativos globales que buscan estabilidad operativa y acceso al mercado norteamericano.

Europa ha tomado un papel particularmente activo. Países como España, Alemania y los Países Bajos han incrementado significativamente su presencia, compensando incluso la desaceleración de la inversión estadounidense. El capital europeo no llega por casualidad: responde a una lógica de diversificación frente a Asia y a una necesidad de resiliencia geopolítica. Asia, por su parte, no se ha retirado del tablero. Empresas japonesas, coreanas y taiwanesas continúan apostando por México, pero con una narrativa distinta: no buscan solamente eficiencia de costos, sino posicionamiento estratégico dentro del bloque norteamericano.

aquí emerge la contradicción más incómoda: mientras México rompe récords históricos de inversión, también pierde posiciones en índices globales de confianza. El ranking de Kearney lo ubica en una posición marginal entre las economías relevantes para la IED. Al mismo tiempo, organismos como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe advierten que el fenómeno del nearshoring podría perder impulso si no se atienden limitaciones estructurales críticas. No se trata de un problema menor, es la diferencia entre crecimiento coyuntural y desarrollo sostenible. México está recibiendo capital, sí, Pero no necesariamente está construyendo capacidades.

A todo esto, se suma un factor que definirá el rumbo de la próxima década: la revisión del T-MEC durante este 2026. En definitiva, el tratado comercial es el eje sobre el cual descansa la integración productiva de América del Norte. Su renegociación abrirá tres escenarios: continuidad, revisión periódica o ruptura gradual. Para México, particularmente para el norte del país, el resultado no es abstracto. Determinará la viabilidad de miles de millones de dólares en inversiones actuales y futuras. La pregunta es inevitable: ¿cuántas de las decisiones de inversión que hoy celebramos dependen exclusivamente de un entorno regulatorio que aún no está garantizado?

Hoy por hoy, México vive un momento excepcional. Pocas veces en su historia ha estado tan bien posicionado en el tablero económico global. El flujo de capital es real, las oportunidades son tangibles y la narrativa del nearshoring ha colocado al país en el centro de la conversación internacional. Pero hay una diferencia fundamental entre ser protagonista y ser circunstancial. El riesgo no es que la inversión deje de llegar. El verdadero riesgo es que llegue bajo condiciones que México no controla.

Porque si el país no aprovecha este momento para fortalecer su base institucional, tecnológica y productiva, podría consolidarse como un territorio de ensamblaje eficiente, pero estratégicamente irrelevante. Un espacio donde se produce, pero no se decide. Donde se opera, pero no se innova. Y entonces, la gran pregunta, incómoda, pero inevitable será: ¿México está construyendo una plataforma de desarrollo propio… o simplemente está rentando su geografía al mejor postor del momento?

X: @pacotrevinoa