
En una ocasión me hablaron para cubrir una manifestación frente a mi lugar de trabajo. Era relativamente —muy— temprano, así que habría poca prensa. Llegué lo más rápido que pude, justo a tiempo para sacar el celular y grabar las primeras declaraciones del líder del contingente.
Sentía que estaba poseído por el espíritu del periodismo: ahí estaba yo, cubriendo la nota con la mejor actitud, recolectando información para publicar la de ocho al día siguiente. Creía que, además de cafeína, traía periodismo en la sangre.
Pero la realidad —como suele hacer— llegó sin avisar.
Después de la manifestación y de entregar la información, un amigo me envió una captura de pantalla de la transmisión, acompañada de un mensaje breve:
“¿Por qué la cara?”
Y entonces lo vi.
Lejos de parecer corresponsal en huelga o candidato a un premio nacional de periodismo, ahí estaba yo… con cara de “ya que se acabe”, “sáquenme de aquí”. Si alguien necesitara un ejemplo de lo que no se debe proyectar mientras trabaja, bastaría con usar mi rostro en ese momento.
¿Cuántas veces no nos han dicho “pero sonríe” o “¿por qué traes esa cara”? Lo peor es que ocurre cuando uno está convencido de traer la mejor actitud. Y luego, en una foto o frente al espejo, descubres que lo que creías comunicar con tu cuerpo era, en realidad, una pequeña traición.
Tal vez pensamos en la adolescencia como el territorio donde esto ocurre con mayor frecuencia… pero la adultez tampoco se salva.
Hace unos días, en la librería “Librakos” —lo menciono porque cada vez quedan menos— encontré la novela Almendra, de la autora surcoreana Won-Pyung Sohn.
La historia sigue a un joven incapaz de sentir emociones. A partir de esa condición, el libro construye una exploración inquietante sobre la forma en que nos integramos —o no— a la sociedad. Lo que para muchos sería una limitación, en ocasiones parece convertirse en una especie de ventaja: no sentir, no reaccionar, no mostrar.
A través de sus páginas se transita con habilidad entre la narrativa juvenil y la adulta. Tiene una ternura contenida, casi al borde del suspiro, que permite acompañar a los personajes en su lucha desde el inicio hasta ese giro que sacude.
¿Cuántas veces no hemos dicho que los adolescentes tienen cara de “meh”? Como si nada les importara. Ahora imagina compartir pupitre con alguien que realmente no puede sentir… o, más inquietante aún, ser tú ese alguien.
Almendra es, en el fondo, una reflexión sobre lo difícil que resulta habitar los extremos emocionales: sentir demasiado o no sentir nada.
Sin duda, es un libro intenso y conmovedor a la vez… como un buen café: aromático, profundo… y, a ratos, demasiado caliente para tomarse de golpe.




