
Dos Bocas: cuando el poder decide no hacerse responsable
En cualquier país serio, una cadena de accidentes industriales, con pérdidas humanas, daños ambientales y afectaciones económicas, detonaría investigaciones exhaustivas, sanciones claras y, sobre todo, un ejercicio básico de responsabilidad pública. En México, en cambio, parece ocurrir lo contrario: frente a la evidencia, se impone la negación; frente a los hechos, el silencio; frente a las víctimas, la indiferencia.
La refinería Olmeca de Dos Bocas es hoy el mejor ejemplo de esta lógica. No es solo un proyecto que ha costado mucho más de lo prometido o que no ha logrado operar a plena capacidad. Es, sobre todo, un proyecto que acumula incidentes graves en periodos muy cortos de tiempo. Incendios, derrames y fallas operativas se han sucedido uno tras otro, en una secuencia que difícilmente puede calificarse como aislada. Tan solo en semanas recientes, se han registrado múltiples eventos que incluyen la presencia de hidrocarburos en cuerpos de agua y un incendio con consecuencias fatales.
Las afectaciones, además, trascienden el perímetro de la refinería. Comunidades enteras han visto alteradas sus actividades productivas. La pesca y el turismo, pilares económicos de la región, han sido golpeados por la contaminación y las restricciones derivadas de los incidentes. Playas desiertas, comercios sin ingresos y familias sin sustento son parte del saldo real de una obra que se vendió como motor de desarrollo.
Y sin embargo, a pesar de esta acumulación de hechos, la respuesta de las autoridades ha sido consistente en un sentido preocupante: nadie es responsable. Se habla de causas técnicas, de condiciones climáticas, de factores externos. Todo, menos reconocer errores en la planeación, en la ejecución o en la operación. Es una narrativa que no solo evade responsabilidades, sino que las diluye hasta hacerlas desaparecer.
Incluso en el terreno productivo, donde los datos son menos opinables, la realidad contradice el discurso oficial. La refinería no ha alcanzado los niveles de operación prometidos y ha sufrido caídas significativas en su producción como consecuencia de incidentes y paros técnicos. En enero de este año, la producción de combustibles se redujo más de un 11%, reflejando que los problemas no son coyunturales, sino estructurales.
Pero quizás el dato más revelador no está en las cifras ni en los reportes, sino en la actitud. Porque gobernar implica, entre otras cosas, hacerse cargo de las consecuencias de las decisiones. Y lo que estamos viendo en Dos Bocas es exactamente lo contrario: una negativa sistemática a asumir cualquier tipo de responsabilidad, incluso frente a hechos graves y verificables.
El problema de fondo no es solo la refinería. Es el precedente. Porque cuando desde el poder se normaliza la idea de que los errores no tienen responsables, se envía un mensaje claro: en México, rendir cuentas es opcional. Y en un contexto así, los riesgos no disminuyen, se multiplican.
Dos Bocas, más que una obra energética, se ha convertido en un símbolo. No de soberanía, sino de impunidad. No de capacidad técnica, sino de terquedad política. Y, sobre todo, de una forma de ejercer el poder en la que reconocer errores parece ser el mayor de los pecados, incluso cuando el costo de negarlos lo pagan otros.




