Cambio de estrategia…
¿Te ha pasado que, a pesar de mucho esfuerzo, no logras el cambio que necesitas? Existen áreas de nuestra vida en las que, tal vez, no hemos podido obtener los resultados que deseamos: quizá en el liderazgo en tu trabajo o en tu familia, en una relación, en tus finanzas personales, en tu salud o en un estado de ánimo que no has podido cambiar y te limita… ¿Cuántas veces lo has intentado sin obtener resultados satisfactorios?
En muchas ocasiones, cuando nos sentimos agotados, llegamos a creer que la mejor estrategia es cambiar el entorno: las personas con quienes convivimos, el lugar en el que estamos, el trabajo en el que nos desarrollamos. En otras, no tenemos clara la estrategia que necesitamos aplicar. Y, posiblemente, también puede ser que no sea la estrategia la que no funciona, sino la manera en cómo la aplicamos.
Una de las cosas que, en ocasiones nos hace permanecer estancados, es la falta de claridad. Y no me refiero en la claridad hacia lo que deseamos, sino dirigida en tres caminos diferentes:
El primer camino consiste en poder reconocer si el lugar en donde estamos o requerimos aplicarla es el adecuado. El segundo, claridad para entender si la manera en la que la aplicamos es la correcta. Y el tercero, tomar consciencia de que tal vez nosotros somos los que necesitamos cambiar.
Cuando estamos en el lugar equivocado, no tiene caso seguir intentándolo. Muchas veces no damos el siguiente paso por miedo a perder: ya sea una relación, dinero, experiencias o, simplemente, el miedo. Entonces, me gustaría preguntarte:
¿Cuánto te ha costado seguir intentándolo? ¿Cuántos recursos más, como dinero, salud, paz, tiempo, estás dispuesto a seguir perdiendo?
Ahora, cuando estamos en el lugar adecuado, pero no hemos obtenido cambios, necesitamos entender si la estrategia es adecuada o no. Si la estrategia no es la adecuada, aunque la maquilles con amor, esfuerzo o intimidación, vas a seguir obteniendo los mismos resultados.
Si sigues haciendo lo que siempre has hecho, obtendrás lo que siempre has tenido.
Y, finalmente, si la estrategia es buena o adecuada, pero la manera de implementarla es la que no funciona, entonces, ¿no será que, tal vez, quien necesita cambiar eres tú mismo?
Unas de las creencias más limitantes y destructivas en nuestras vidas y relaciones más trascendentales son, precisamente, las que derivan de la declaración: yo soy así y no puedo cambiar.
Provocan que tomemos decisiones desacertadas, tanto en el trabajo como con nuestros seres queridos, que irán debilitando progresivamente nuestros logros hasta que terminen de destruir aquello que tanto tiempo nos ha llevado construir.
Muchas veces, lo que nos limita no son nuestras acciones, sino nuestras reacciones y temperamento. Y madurar significa ser dueños y señores de ellas y de nosotros mismos.
¿Qué te hace pensar que no podemos cambiar?
Podemos cambiar nuestras acciones reactivas, sanar los significados que les damos a las experiencias y la manera de ser de otros, cambiar la manera en que percibimos lo que nos dicen los demás para que no gatillen nuestras heridas internas.
Y también podemos cambiar la calidad de las respuestas que damos y la manera de comunicarnos, la manera de escuchar al otro…
¿Qué tanto mejoraría tu vida, tu trabajo, si por una vez te dieras la oportunidad de hacer las cosas de manera diferente? ¿Y qué tan motivadas y beneficiadas se sentirían las personas si al menos escucharas sus necesidades?
Entonces, seamos coherentes al implementar nuestras estrategias, y hagamos que nos ayuden a promover el cambio que deseamos, transformándonos primero en lo que queremos obtener.
Recuerda que las soluciones salen a la luz al cambiar el foco sobre el cual dirigimos nuestra atención. Y que, al generar estrategias que nos permitan satisfacer, al mismo tiempo, nuestras necesidades y la de nuestro entorno, detonamos la motivación al cambio.
¿Estás listo para convertirte en el cambio que siempre has querido?




