domingo, marzo 22, 2026
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NAVAJA LIBRE

Víctimas sin justicia, país sin rumbo

La impunidad en México suele medirse en porcentajes. Pero detrás de cada cifra hay una historia que no se cerró, una víctima que no encontró justicia y un Estado que no cumplió con su función más básica. El informe de México Evalúa vuelve a confirmarlo: en nuestro país, la gran mayoría de los delitos no se castigan. Y eso tiene consecuencias mucho más profundas de lo que a veces queremos admitir.

Para una víctima, el delito no termina cuando ocurre el daño. Continúa en el proceso —o en la ausencia de él— que debería llevar a la justicia. Denunciar implica tiempo, recursos, desgaste emocional y, muchas veces, el riesgo de represalias. Y, aun así, la probabilidad de que esa denuncia derive en una investigación efectiva y, eventualmente, en una sentencia, es mínima.

Este escenario no sólo genera frustración: produce desconfianza. ¿Para qué denunciar si no pasa nada? ¿Para qué confiar en las instituciones si no responden? Así, la impunidad no sólo afecta a quienes sufren un delito, sino que erosiona el vínculo entre ciudadanía y Estado.

El problema se agrava cuando el sistema judicial pierde legitimidad. La justicia no sólo debe ser imparcial: debe parecerlo. Y cuando surgen cuestionamientos sobre la independencia de jueces y magistrados, el daño es doble. No sólo se compromete la resolución de casos, sino también la percepción de que existe un árbitro confiable.

Las advertencias internacionales sobre el sistema judicial mexicano no son menores. Señalan riesgos claros en materia de independencia, eficiencia y transparencia. En un contexto de alta impunidad, estas debilidades no son técnicas: son estructurales. Porque sin jueces autónomos, la posibilidad de que las víctimas encuentren justicia se reduce aún más.

A esto se suma la presencia del crimen organizado, que no sólo genera violencia, sino que también contamina las instituciones. Cuando estos grupos logran influir —directa o indirectamente— en las estructuras de poder, el mensaje para las víctimas es devastador: no sólo no habrá justicia, sino que el sistema mismo puede estar en su contra.

Las consecuencias sociales son profundas. La impunidad normaliza la violencia, inhibe la denuncia y alimenta la idea de que la ley es opcional. Poco a poco, la sociedad se adapta a vivir sin justicia. Y en ese proceso, pierde algo esencial: la confianza en que las cosas pueden ser diferentes.

Un país sin justicia es un país sin rumbo. Porque cuando las víctimas dejan de importar, lo que está en juego no es sólo la eficacia del sistema, sino el sentido mismo de la convivencia. Y eso, a la larga, termina por alcanzarnos a todos.

En su búsqueda por consolidarse como partido hegemónico, Morena ha minado la vida institucional y la democracia en este país. Por más que presuman cifras alegres, la violencia y la inseguridad siguen reinando, y lo hacen con casi, absoluta impunidad. Y es claro que lo menos importante, para el gobierno actual, son las víctimas.

En México, los delincuentes pasan por encima de las víctimas sin ningún pudor… y los gobiernos de Morena, les dan otra repasada con la cachetada de la indiferencia ante la impunidad.