viernes, marzo 20, 2026
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TOMANDO BANDO

El que se cree bueno es el más peligroso de los hombres

Miguel de Unamuno 

Cada persona que habita en este mundo necesita sentirse justificada frente a sí misma. Es una condición existencial. Nadie quiere estar del lado equivocado o ser el villano de la historia. Por eso, cuando la mente percibe un agravio, una decepción o simplemente una diferencia con otro, lo primero que hace es acomodar la escena para salir bien parada.

Y aquí es donde somos testigos del nacimiento de esa tan extendida y peligrosa tendencia a proclamar la propia superioridad moral, de forma solapada o descaradamente abierta, en cuyo caso podemos estar en presencia de graves distorsiones mentales.

No es que la persona piense “voy a sentirme superior porque eso me permitirá vivir conmigo mismo”, y luego actúe en consecuencia. En realidad, llega a esa conclusión a través de un proceso de razonamiento inconsciente y viciado, en el que ordena la experiencia de modo que quede en el bando de los buenos.

Para ello necesita ser herido. Así pues, selecciona el “mal” que le hicieron y comienza a rumiar cómo se lo hicieron, qué intención hubo. En ese entramado narrativo, y debido a que necesita sostener una imagen coherente de sí misma, la persona se coloca en una posición moral más alta: la de la víctima; es decir, la de quien, sin injerencia propiciatoria alguna, ha recibido un daño, ha sido objeto de una injusticia.

De ahí a emprender una cruzada por la venganza, el resarcimiento del daño o cuando menos una compensación, ya no hay ni un paso: herida y resentimiento son correlativos instantáneos.

Luego viene algo todavía más interesante: esa posición se adopta como verdad. No se vive como un acomodo conveniente, sino como un descubrimiento. La persona cree que entendió mejor la situación, que vio lo que otros no ven. Ahí nace la siguiente etapa de la pretendida superioridad moral, que deja de ser una defensa, para convertirse en identidad y forma básica de cualquier relación, en la que obviamente el otro estará condenado a estar del lado equivocado en cualquier desavenencia.

Resultado: gente criticona, quejumbrosa, soberbia, despreciativa, déspota, burlona y hasta agresiva, no solo con aquellos de los cuales se siente defraudada o decepcionada, sino de todo aquel que se atreva a expresar una opinión que reactive el dolor no aceptado de una herida –la mayor parte de las veces imaginaria y exagerada–, detonando con ello indignación y, no pocas veces, furia moral fanática. Todos los días lo ve usted en las redes y quizá participe en el asunto del intercambio de dimes y diretes entre superioridades morales en confrontación; por ejemplo, entre chairos y fifís.

Así pues, uno no se ve a sí mismo como parte del problema, sino fuera de él o, muy probablemente, por encima, más allá del bien y del mal. Esto nos permite evitar la responsabilidad, ya no digamos de nuestra contribución al desmán generalizado del cual tanto nos quejamos, sino ante nosotros mismos, por nuestro propio autoengaño.

Y es que el ser humano tiene necesidad de orden moral para coexistir con sus semejantes, pero requiere, ineludiblemente, estar entre los que tienen la razón, porque, aunque usted no lo crea, este es un asunto de vida o muerte para el instinto de sobrevivencia, y se articula después en la mente como impulso de primacía, a partir de la comparación, la competición y la confrontación.

Pero aquí el rol dominante lo llevan la emoción y el sentimiento: lo que nos dolió no se queda como dato histórico; se revive, se vuelve a experimentar para reforzarlo, confirmarlo; para ello se reinterpreta a nuestro favor tantas veces como sea necesario y, al final, se vuelve creencia, criterio, que siempre inclinará la balanza en favor de, adivine quién, sí, la víctima, que es la que siempre está del lado impoluto de la moral, no importa cuán inmoral o amoral sea realmente.

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