
Reforma incompleta
El escritor Francis Fukuyama sostiene que el desencanto con la democracia no se origina en las posibles fallas de las reglas electorales. Son los resultados que entregan los gobiernos una vez en el poder lo que evalúan los cuidamos para determinar la calidad de un régimen democrático.
De este planteamiento se infiere que antes de pensar en modificar las leyes electorales, habría que enfocarse en lograr que el gobierno entregue mejores resultados en áreas como infraestructura, seguridad y crecimiento.
Esta tesis contrasta con la de quienes consideran que las reformas electorales son el camino para fortalecer la democracia. Para el politólogo estadounidense, la clave está en que el gobierno promueva un entorno económico próspero para todos los ciudadanos.
Las reformas electorales no son ninguna novedad. Los cambios han sido recurrentes y responden a los ciclos electorales. Apenas termina una elección o se acercan las siguientes, y los partidos políticos o gobiernos ya comienzan a promover nuevas modificaciones.
Los ajustes a la normatividad se justifican porque supuestamente fortalecen la legitimidad y mejoran la democracia. Además, con frecuencia se presentan como una respuesta a lo que, según sus promotores, demanda la ciudadanía.
Justo aquí es donde Fukuyama nos invita a observar con mayor detalle: si las reglas electorales se han modificado en varias ocasiones para atender lo que la gente pide, ¿por qué la satisfacción con la democracia sigue siendo baja?
Para Fukuyama, un gobierno puede gozar de legitimidad por haber sido elegido democráticamente. Sin embargo, advierte que los cuestionamientos a la democracia surgen cuando ese mismo gobierno no hace su trabajo correctamente.
De hecho, estudios como el de Latinobarómetro muestran una interesante contradicción: la mayoría reconoce que las elecciones son libres y competitivas, pero mantiene una opinión negativa sobre el desempeño de la democracia.
Cuando alguien dice sentirse decepcionado con la democracia, no está cuestionando las elecciones ni el diseño de las reglas electorales. Lo que verdaderamente le preocupa es la capacidad del sistema democrático para mejorar sus condiciones de vida.
Por eso llama la atención que la reforma que se discute en México se haya centrado en el financiamiento, la representación proporcional y las facultades de las autoridades electorales. ¿A quién le importan estos temas: a los ciudadanos o a los partidos políticos?
Para la gente, la prioridad está en otro lado. Francis Fukuyama lo diría de forma categórica: no importa tanto cómo se llega al poder, sino qué tan bien se gobierna.
Por ahí tendría que empezar el debate sobre la reforma electoral: cómo lograr que el gobierno ofrezca mejores resultados.




