domingo, marzo 15, 2026
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HABERMAS: DE LA RAZÓN ILUSTRADA A LA RAZÓN ALGORÍTMICA

 

Con la muerte de Jürgen Habermas, el espacio público vuelve a demostrar su vigencia. El espacio público, estudiada y defendida por él durante toda su vida, es el corazón de la democracia. La deliberación —la posibilidad de discutir, argumentar y entendernos— no puede concebirse sin él. Por eso no resulta sorprendente que hoy su muerte se difunda precisamente a través de ese mismo espacio público ampliado por los medios y las redes sociales.

En distintos países, las redes se han llenado de comentarios sobre su partida. En México, por supuesto, tampoco ha faltado la picardía. Circula incluso la imagen de una “combi” con la leyenda: “Habermas: no te tocaba, carnal”, acompañada de otras frases del ingenio mexicano.

Paradojas de la vida. Como cuentan sus biógrafos, Habermas nació marcado por una exclusión temprana del espacio público: durante su infancia sufrió el rechazo de otras personas debido a su labio leporino. Quizá por eso dedicó buena parte de su vida intelectual a pensar precisamente en la importancia de la inclusión, del diálogo y de la participación en el espacio público. Hoy, al morir, ese mismo espacio público global lo recuerda.

No es para menos. Con su muerte quizá se cierra una etapa del pensamiento y comienza otra.

La obra de Habermas es compleja, pero puede entenderse si regresamos a la pregunta inicial de la filosofía. ¿Cómo debemos vivir? Esa fue la pregunta de Sócrates.

Algunos filósofos pensaron que para responderla primero había que resolver otra cuestión: ser precisos con las palabras. Decían que muchas discusiones se confunden porque no sabemos exactamente qué significan los términos que usamos. Es como cuando un adolescente llega a casa y su padre le pregunta: —¿Cómo te fue en la escuela? Y él responde: —Depende… ¿te refieres a las clases, a los exámenes o a cómo me llevo con mis compañeros? Antes de responder, pide aclarar el significado de la pregunta.

Así nació la filosofía analítica, dedicada a estudiar el lenguaje, la lógica y los argumentos. Entre sus representantes están Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, así como filósofas como Elizabeth Anscombe y Martha Nussbaum.

Pero otros filósofos pensaron algo distinto. Dijeron que el problema no estaba solo en las palabras, sino en entender qué significa vivir como ser humano. Siguiendo el ejemplo, sería como si la madre reformulara la pregunta y dijera: —No me interesa solo cómo te fue en matemáticas o en historia. Lo que quiero saber es cómo te sentiste hoy en la escuela. Aquí la pregunta ya no se centra en las palabras, sino en la experiencia de vivir.

De ahí surgió la llamada filosofía continental, donde encontramos pensadores como Martin Heidegger y Michel Foucault, así como filósofas muy influyentes como Hannah Arendt, Simone de Beauvoir y Judith Butler.

Las tradiciones analíticas y continentales, durante mucho tiempo caminaron separadas. Entonces apareció Habermas, quien intentó acercarlas con una nueva pregunta. Siguiendo el mismo ejemplo, la madre podría decir: —A ver, mejor siéntate y cuéntame bien. Hablemos para entender qué pasó hoy y ver cómo podemos resolverlo juntos.

Eso es justamente lo propuesto por Habermas: la clave no está solo en definir bien las palabras ni solo en comprender la experiencia, sino en dialogar para entendernos y encontrar soluciones en común. Por eso formuló una nueva pregunta para la filosofía: ¿Cómo podemos entendernos y vivir juntos usando la razón y el diálogo?

La experiencia del siglo XX había dejado a muchos pensadores desconfiando de la razón. Después de la Segunda Guerra Mundial y del horror del Holocausto, algunos pensaban que la razón ilustrada —esa confianza en que la razón podía guiar el progreso humano— había fracasado. Al fin y al cabo, también con argumentos racionales se habían organizado la guerra, la burocracia del exterminio y la maquinaria del poder moderno. Era como en el famoso grabado de Francisco de Goya, “El sueño de la razón produce monstruos”.

Cuando muchos pensaban que el proyecto de la Ilustración estaba agotado, Jürgen Habermas propuso algo distinto: no abandonar la razón, sino recuperarla y corregirla. Su apuesta fue una razón no impuesta por la fuerza ni por la autoridad, sino construida a través de la deliberación, el diálogo y el entendimiento entre ciudadanos.

Hoy, paradójicamente, su muerte coincide con la aparición de un nuevo desafío para la razón. Vivimos el surgimiento de una etapa histórica marcada por la inteligencia artificial y por lo que algunos comienzan a llamar la razón algorítmica.

Una nueva forma de racionalidad que difícilmente podrá entenderse —y quizá tampoco deba hacerlo— sin las enseñanzas que dejó. La deliberación continúa.