
¿Has pensado si tú le dueles a México?
Hoy, más que tratar de expresarme como acostumbro, vengo a hablar desde la tristeza y la impotencia que nace en lo más profundo de mi corazón. Como una voz que se alza para recordarnos que podemos ser mucho más que lo que se puede ver.
Creo que, al igual que muchos, estamos cansados del lamento de: “Me dueles México”… De permitirnos sentir que somos víctimas para no tomar nuestra responsabilidad y hacernos cargo de lo que, con nuestra indiferencia y costumbres laxas hemos ido permitiendo.
Haber nacido en un país lleno de riquezas naturales, rico también en cultura, tradiciones y valores, es un privilegio del cual nos deberíamos sentir orgullosos. Tierra de héroes, tierra de grandes científicos, tierra de grandes empresarios, tierra de trabajadores incansables. Una tierra que, desde sus inicios, ha estado bendecida y llena de gloria.
En estos días creo que todos sentimos que México nos duele en lo más profundo del alma. Pero ¿realmente nos hemos comportado de una manera en que construyamos la paz y libertad que queremos? ¿Estamos a la altura del lugar que se nos otorgó para vivir?
En un tiempo en el que las costumbres y los valores parecen haberse hecho flácidos y flexibles, en donde se ha vuelto tan fácil avanzar tratando de imponer significados carentes de bases, de demostrar que “quien más divide más avanza” y que la familia es la fuente de las desgracias y limitaciones personales, hoy nos encontramos dolidos e indignados ante lo que, tal vez por comodidad o por estar tan absortos en “nuestros asuntos”, hemos ido permitiendo y cediendo.
¿Y en qué hemos cedido? Hemos cedido en cambiar el respeto por apapachar malas costumbres. Hemos cedido y cambiado el trabajo con esfuerzo por la gratificación instantánea, y por reclamar a los demás lo que creemos que merecemos sin haber hecho nada ni por crearlo y mucho menos por sostenerlo y cuidarlo.
Hemos cedido la gratitud y la honra por nuestros antepasados y la hemos cambiado por convertirlos en nuestros victimarios, en responsables de todas nuestras limitaciones personales. Hemos cedido nuestra creatividad, que tanto nos caracteriza como mexicanos, por encontrar en ella una manera cada vez más llamativa de menospreciar, ridiculizar y atacar a quien piensa diferente.
Hemos cedido nuestras buenas costumbres familiares y las hemos intercambiado por falsas ideologías que sólo denigran al ser humano, disfrazadas de “respeto”. Y lo más lamentable: hemos dejado a un lado a Dios por sentirnos falsos dioses, creyendo tontamente que somos los dueños del destino y la vida de los demás.
¡Despierta mexicano!
Lo que sucede fuera no es más que un reflejo de lo que está sucediendo dentro. De lo que vivimos y permitimos a nivel familiar. De la falta de atención y valorización a lo que nos heredaron y a lo que con esfuerzo también nosotros hemos construido. Es una consecuencia implacable de haber dejado afuera nuestros valores y costumbres.
Un país se construye desde su núcleo: desde la familia. Desde tu lugar de trabajo, por grande o pequeño que sea. Desde las decisiones que tomas cada día. Desde la manera en que tratas a quienes te rodean. No se construye desde lo que esperamos que otros hagan por nosotros.
Tampoco se construye desde la apariencia, sino desde el lugar en que le enseñas a tus hijos cómo deben responder y tratar a los mayores. Desde el lugar en cómo les muestras cuáles son las decisiones que deben tomar. Desde el lugar en que observan cómo tratas a a tu pareja, a tus padres, a tus jefes, a tus colaboradores, a las personas con quien negocias. Pero, sobre todo, desde cómo los tratas a ellos, del tiempo y la valía que les das…
Ser mexicano es más que saberlo, es vibrar nuestras buenas costumbres en todas nuestras acciones.
Si queremos un México más digno, más libre y lleno de oportunidades, comencemos por hacer lo que nos corresponde desde el lugar en que nos toca: nuestra casa, nuestro trabajo y nuestra ciudad.
No pretendamos sembrar semillas de odio y discordia para después cosechar frutos dulces. Empecemos a actuar en coherencia con lo que queremos obtener: con el respeto que pedimos, con la libertad que deseamos, con la paz que queremos vivir. Seamos hombres y mujeres de paz y de valores, para poder desarrollarnos con tranquilidad y oportunidades. Y no sólo busquemos a Dios cuando estamos ahogados en nuestras propias consecuencias, comencemos a tomarlo en cuenta en cada palabra, en cada acto, en cada decisión.
Solamente así, independientemente de lo que pase afuera, podremos rescatar a nuestro país a través de los valores que sembramos en cada espacio en el que nos toque actuar. Convirtámonos en un ejemplo de pureza de intenciones, de amor a nuestros semejantes y de paz y respeto por nuestro origen y el lugar en el que nos tocó nacer.




