
Cuando la corrupción deja de ser discurso y se convierte en evidencia
Durante el sexenio pasado se insistió en que la corrupción había terminado. Se repitió hasta el cansancio que ya no existían los desvíos, que el problema era cosa del pasado. Sin embargo, la Auditoría Superior de la Federación acaba de presentar cifras que desmienten esa narrativa: más de 65 mil millones de pesos en presuntos daños al erario en el último año de gobierno.
No hablamos de interpretaciones políticas. Hablamos de auditorías técnicas, de contratos observados, de recursos sin comprobar. Hablamos de irregularidades en Pemex por más de 2 mil millones de pesos, de anomalías millonarias en el Tren Maya y de desvíos en la vía del Tren Interoceánico donde ocurrió un descarrilamiento fatal. Cuando la mala gestión y la opacidad alcanzan obras de infraestructura estratégica, el riesgo no sólo es financiero; es humano.
La corrupción no sólo se mide en dinero perdido. Se mide en la calidad de los servicios públicos, en la seguridad de las obras, en la confianza que la ciudadanía deposita en sus gobernantes. Cada peso mal utilizado es un peso que no llegó a fortalecer hospitales, a mejorar escuelas o a reforzar sistemas de transporte.
A estos montos se suman fenómenos como el huachicol fiscal, que ha representado miles de millones adicionales en pérdidas para el erario y que ni siquiera forman parte de estas observaciones. El tamaño del boquete fiscal es mayor de lo que oficialmente se ha reconocido.
Por ello, el deterioro de México en el Índice de Percepción de la Corrupción no puede despacharse como una simple “opinión”. Las percepciones se alimentan de realidades. Y las realidades están respaldadas por documentos oficiales. Cuando un país acumula observaciones millonarias en proyectos insignia, la credibilidad institucional se erosiona inevitablemente.
La responsabilidad política es ineludible. Durante años se sostuvo que desde la Presidencia se vigilaba todo. Si esa vigilancia existía, ¿cómo se explican los hallazgos? Y si no existía, ¿cómo se justificaba la promesa de honestidad absoluta?
Hoy México enfrenta no sólo un problema financiero, sino uno ético. La impunidad agrava el daño. Si las irregularidades no derivan en sanciones ejemplares, el mensaje es que el poder puede operar sin consecuencias.
La lucha contra la corrupción no se resuelve con discursos ni con descalificaciones a críticos. Se resuelve con transparencia, investigación independiente y castigo a los responsables, sean quienes sean. Mientras eso no ocurra, las cifras de la Auditoría seguirán recordándonos que la honestidad proclamada no siempre fue la honestidad practicada.




