domingo, febrero 22, 2026
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LA DICTADURA DEL SENTIMENTALISMO

Cuando la emoción sustituye a la deliberación

En las “democracias” contemporáneas, (y lo pongo entre comillas) se ve como pocas fuerzas son tan poderosas como la emoción. Una imagen viral, un testimonio desgarrador, una campaña digital bien articulada pueden movilizar legislaturas en cuestión de días. Lo que antes requería años de debate técnico hoy puede resolverse en semanas bajo la presión de una opinión pública intensamente sensibilizada.

En la era de la hiperexposición afectiva: cada injusticia se vuelve visible, cada agravio encuentra eco inmediato, cada causa construye comunidad emocional. En este contexto, el derecho —tradicionalmente lento, prudente y estructurado— se ve cada vez más condicionado por demandas urgentes de reconocimiento, inclusión y reparación.

Pero ¿Toda demanda será legítima? ¿Qué ocurre cuando la emoción deja de ser el punto de partida de la deliberación para convertirse en su criterio definitivo? ¿Será prudente que el sentimentalismo, de manera de compasión, pase a la política? Hannah Arendt, entre otros pensadores, han advertido que la compasión, cuando se convierte en principio rector de la política, puede erosionar el espacio público.

Si la emoción ocupa el centro sin contrapesos, el desacuerdo ya no se interpreta como divergencia racional, sino como insensibilidad moral. Quien duda, pregunta o matiza, corre el riesgo de ser percibido como hostil a la causa que suscita empatía colectiva. Así, el espacio deliberativo se estrecha, y la legislación se formula al ritmo de la indignacióno la sensibilidad del momento, corriendo el riesgo de debilitar su propia arquitectura.

El sentimentalismo no es, en sí mismo, un error, nos da la capacidad de ponernos en el lugar del otro. La emoción orienta; la razón organiza. La emoción señala la injusticia; la razón construye instituciones duraderas para corregirla. Cuando esta articulación se rompe, el Derecho puede transformarse en instrumento de reacción más que de reflexión.

Hablar de “dictadura del sentimentalismo” es, evidentemente, una metáfora. No describe un régimen autoritario clásico, sino un desequilibrio cultural: la primacía de la emoción sobre la deliberación estructurada. La sociedad necesita de ciudadanos sensibles, pero también necesita instituciones prudentes.

Quizá el verdadero riesgo no sea el sentimentalismo en sí, sino su absolutización. Una sociedad sólida y madura no es la que menos “siente”, sino la que es capaz de pensar lo que siente antes de convertirlo en ley.