
Es innegable que la civilización atraviesa una etapa de profundo declive. Esta situación se manifiesta en el estancamiento económico, el agotamiento cultural, la polarización política, la destrucción ambiental y la crisis demográfica. A ello se suman el individualismo, la desconfianza y el debilitamiento de las instituciones, el uso desmedido de la tecnología, un cambio radical en los referentes morales y, por supuesto, la grave fractura en la cohesión social.
Resulta asombrosa la creciente ausencia de espiritualidad y el aumento del nihilismo, corriente filosófica que sostiene que la vida carece de significado o de propósito. Quienes adoptan esta postura suelen rechazar los principios morales, religiosos y sociales. Asimismo, se percibe que muchos de los gobernantes se están encargando de abandonar el principio del bien común, mientras la estructura familiar atraviesa una crisis evidente. En amplios sectores de la población se instala la sensación de pérdida de propósito colectivo y de una decadencia generalizada.
Es cada vez más común que las parejas jóvenes opten por tener mascotas o volcar su afecto en otros proyectos personales en lugar de una familia con hijos. Esta decisión suele estar relacionada con la inestabilidad económica, al alto costo de la vida, la inseguridad, la crisis climática y el deseo de priorizar el desarrollo individual. En muchos casos, la maternidad o paternidad se percibe como incompatible con las aspiraciones profesionales y el estilo de vida contemporáneo. Pareciera haberse debilitado aquella idea de Auguste Comte que concebía a la familia como la célula básica de una sociedad.
La decadencia también se advierte en ciertos ámbitos culturales, como la música, donde emergen figuras idolatradas por multitudes juveniles. Su producción suele mezclar géneros de manera repetitiva, las letras con frecuencia resultan vulgares y superficiales, y la calidad vocal no siempre es prioritaria. A ello se suma la figura “influencer”: personas que, gracias a una amplia audiencia en redes sociales, influyen en decisiones de consumo, tendencias culturales y de comportamientos. En la gran mayoría de los casos no requiere preparación ni ética profesional, sino únicamente acceso a las plataformas digitales y la búsqueda constante de validación por medio de “likes”, proyectando una vida idealizada que rara vez corresponde con la realidad.
En el ámbito de la identidad y la sexualidad, se han ampliado las categorías tradicionales. Se habla de: el binario, femenino/masculino. Heterosexualidad, atracción por el sexo opuesto. Homosexualidad, atracción por el mismo sexo. Bisexualidad, atracción por más de un sexo. Pansexualidad, atracción sin importar el sexo. Asexualidad, sin atracción de sexo. Qeer, como concepto paraguas para identidades no normativas, entre otras. Igualmente, en algunos adolescentes ha surgido la identificación como “therians” que se identifican con animales, entienden que tienen un cuerpo humano, pero pueden sentir que su alma corresponde a un animal, imitan las conductas del animal elegido, sus movimientos o sonidos. Estos fenómenos reflejan transformaciones culturales profundas que generan debate y, en muchos casos desconcierto social.
Ante este panorama, la sociedad debe despertar y asumir con responsabilidad el reto de contrarrestar este declive. La tarea es compleja, pero no imposible. Se requiere un enfoque integral: impulsar cambios sustanciales en la política nacional: promover una reforma educativa de fondo basada en el pensamiento crítico, la ética, la historia y el civismo; fortalecer la cultura con criterios de calidad; fomentar prácticas sostenibles que reduzcan el agotamiento de recursos y mitiguen el cambio climático; y diseñar políticas públicas que garanticen equidad y calidad de vida. La comprensión y el respeto entre los diferentes grupos sociales y culturales son indispensables. Es momento de combatir la ignorancia y la indiferencia en todas sus formas. Solo así podremos ofrecer a las futuras generaciones un mundo digno, donde prevalezcan la esperanza, la resiliencia y el respeto.




