
El resentimiento es una autointoxicación psíquica
Max Scheler
Si hay una forma de vivir con una lógica interna tan impecable y sólida que puede sustentarnos hasta la muerte, es la del resentimiento, ese reexperimentar constantemente el rencor y el odio que nos hacen creer, con toda convicción, que el planeta entero, todos sus habitantes, los sistemas, las instituciones y hasta el perro del vecino tienen una deuda con nosotros.
Así que lo mismo pateamos al chucho que vandalizamos obra pública; golpeamos a nuestros seres queridos, hablamos mal de otros, nos aprovechamos de los ingenuos y de los confiados, envidiamos y robamos, nos justificamos con cinismo, sin culpa y sin remordimiento. Tan prepotentes somos como acreedores.
Pero para entender qué es el resentimiento hay que saber de dónde viene. Todo empieza en la emoción, o mejor dicho, una variedad de ellas, como primera reacción del cuerpo ante el mundo. No es buena ni mala, es ante todo una señal de lo que nos gusta, nos disgusta o nos confunde, y tiene como fin la supervivencia y la adaptación. Ira, asco, miedo, dolor, alegría, euforia, alivio, curiosidad, afecto, sorpresa, confusión y aversión son algunas de nuestras formas comunes de reaccionar.
Si esa señal no se atiende, no se identifica, no se nombra, la mente la recoge y la elabora; entonces se convierte en sentimiento, que ya no es solo una reacción sino una narrativa, una historia que nos contamos, generalmente de forma inconsciente, sobre lo que sentimos y por qué. Entonces, lo mismo amamos, que nos llenamos de mala voluntad.
Hasta aquí el proceso es normal, incluso necesario. El problema viene cuando no resolvemos los sentimientos destructivos, especialmente odio y rencor, primero porque no sabemos cómo, después porque rumiarlos, con estridencia o solapadamente, comienza a darle sentido a nuestra existencia. El resentimiento se instala a vivir cómodamente en nosotros y paga buena renta.
Como todo sentimiento y hábito, el resentimiento cumple más de una función: da identidad, otorga un relato coherente del propio dolor, señala un responsable, un deudor eterno y, con él, una dirección para la rabia, la autojustificación y la irresponsabilidad. Mientras uno resiente, sabe por qué sufre. Acabar con el resentimiento no es solo soltar un peso: es renunciar a una explicación del mundo.
El estado de base en que vivimos la mayoría es el malestar, y en el rol protagónico de ese escenario actúa el resentimiento. El malestar no es más que nuestro principal mecanismo de supervivencia, el que nos dice: ¡Ey, es hora de hacer algo!, que generalmente es lo contrario a lo que hacemos: la introspección para ver qué estamos sintiendo y pensando, con el fin de ajustarlo, cambiarlo, resignificarlo, en lugar de voltear al mundo para exigir, cobrar la deuda inexistente, hacer berrinche y maltratar a los demás.
El bienestar no es un lugar al que se llega para quedarse; es producto de un trabajo constante. La felicidad, despojada de idealismo, no parece ser otra cosa que salir del malestar, y como eso no puede hacerse de forma permanente, ser feliz sigue el mismo destino.
El ser humano se guía por dos ilusiones simétricas: la de quien espera que algún día dejará de sentir malestar para siempre y la de quien ha decidido, sin saberlo, que el malestar es inevitable y por tanto no vale la pena intentar nada. Ambas son formas distintas de la misma parálisis.
Pero cuando ambas o cualquiera de ellas se combina con el resentimiento, y éste es astutamente azuzado con promesas de bienestar y/o de revancha, compensación y justicia, tenemos una combinación letal para cualquier persona y nación: gente que, esperando que le resuelvan sus problemas, se conforma con lo que le den, ve a un enemigo en cada semejante al que le va mejor, porque piensa que su carencia se debe a la fortuna del otro, y que más que mejorar personalmente, desea que a los demás les vaya mal.




