
No hay despertar de la conciencia sin dolor
Carl Gustav Jung
La expresión “tocar fondo” suele entenderse como un derrumbe visible que marca un antes y un después. Sin embargo, ese máximo tope en la caída no siempre es evidente y, sobre todo, no es parámetro ajeno; es decir, nadie puede medirlo ni determinarlo por nosotros.
Se puede vivir durante años con una simple incomodidad, un malestar mayor o incluso en sufrimiento, sin que estemos cerca de tocar fondo, porque obtenemos algo sin lo cual creemos no poder vivir: estabilidad, seguridad, identidad, pertenencia, importancia, control ilusorio, evasión del miedo y el dolor real, reconocimiento, evitación de responsabilidades. La lista es inmensa.
El punto decisivo llega cuando esa proporción se rompe: incomodidad, malestar o sufrimiento van creciendo porque no son atendidos y rebasan finalmente la ventaja. Esto pasa generalmente porque ni siquiera tenemos claro que podemos cambiar las cosas y las vamos llevando al extremo, hasta que la crisis nos dice que se hace o se hace.
En el momento en que una persona declara, con todo su ser en coherencia y congruencia: “hasta aquí, no más”, toca fondo; o sea, cuando se da cuenta de hasta dónde ha llegado y decide cambiar el rumbo, incluso sin certeza de hacia dónde o del resultado. Ese es un momento de conciencia, y a veces puede sentirse como uno de iluminación, no a pesar del dolor y el miedo, sino justo por el dolor, aunque ya sin miedo.
No se toca fondo sin dolor, pero sí si miedo, porque ya estamos en la peor situación que podíamos temer. A partir de aquí hay efectivamente una especie de despertar, una transformación que nos llevará a una vida de tocar fondo. Pero no se asuste, no como este, sino de muchos otros menos dolorosos y algunos incluso felices.
Quién ha estado en su propio infierno ya no teme nada, ni cae más allá del ras del piso, ese es su fondo, porque aprende a gestionar el dolor y el miedo y a ser mucho menos tolerante con sus incomodidades, sus malestares y, ¡oh sorpresa!, ya no llega al sufrimiento.
Esta es la espiral del verdadero crecimiento humano. Nacemos y nos automatizan; así podemos estar toda la vida: acomodándonos a las circunstancias cuando ya no podemos forzarlas para que sean como queremos o creemos que deben ser, pero no creciendo, no realmente adaptándonos a las cosas que no podemos cambiar, hasta que llega el momento de crisis y sucede eso que acostumbramos llamar “milagro”. Entonces nos convertimos a nosotros mismo en nuestro mayor acto de conciencia, de cambio y transformación, en nuestro mayor proyecto de vida.
Hay ciertamente quien no toca fondo, ni en la peor de las situaciones. Para los demás se vuelve evidente que ya llegó a un límite máximo, pero la persona no lo percibe.
Entonces no hay fondo, porque fondo no es circunstancia extrema, sino la conciencia, el darse cuenta de ella, de la responsabilidad propia en su propiciamiento y la toma de control de sí mismo. Lo que nos rodea es y siempre ha sido incontrolable, aun cuando responda de alguna forma a nuestras acciones, de manera que parezca que sí está en nuestras manos.
Cuando se ha tocado el primer gran fondo, la vida se convierte en una sucesión de fondos de distinta intensidad, pero se asumen, se enfrentan y se trascienden. Cada episodio es trasformador en mayor o menor medida. No se crece sin descender, no se alcanza la felicidad sin aprender desmenuzar y procesar la infelicidad.
No todos vamos a tocar fondo, pero todos vamos a tener la oportunidad, porque esa es la ruta de la vida. No todos los fondos son catastróficos, pero todos son, para el que los vive, esa crisis determinante que necesitaba. Algunos somos más tolerantes al sufrimiento, otros menos. De esta tolerancia no solo depende el tipo de fondo, sino también su afrontamiento o constante evitación.




