Nada más intenso que el terror de perder la identidad
Alejandra Pizarnik
Vivimos en un mundo en que ya no se requieren habilidades especiales ni profesiones específicas para ser una figura pública, entendida como la persona observada y juzgada, para bien o para mal, por muchas otras. Hoy las redes sociales le permiten a cualquiera alcanzar ese estatus.
Por eso vale la pena señalar el impacto que ser figura pública puede tener en la gente que se toma en serio tanto las críticas como los famosos likes. Y es que, mire usted, uno va formando su identidad a partir de la mirada del otro, no de sí mismo, comenzando por nuestros padres, que nos dicen no solo cómo somos, sino quiénes deberíamos ser.
Después de ese bombardeo de identidad impuesta, en vez de descubrir si hay verdad en ello, solo nos dedicamos a tratar de ser eso que los demás creen que somos o debemos ser. Antes de las redes sociales, lo hacíamos en círculo cerrado, hoy estamos expuestos a una gran cantidad de opiniones sobre nuestras opiniones, que se convierten para los otros en lo que somos y para nosotros, por confirmación o por confrontación, en verdades indubitables e identidad.
Lo que antes era un encuentro de pocos en el que teníamos margen de cambiar de creencia sin sentirnos invalidados, hoy es un campo de batalla en el que tenemos que atrincherarnos en lo ya dicho. Todos somos hoy figuras públicas, y a casi todos nos importa lo que los demás nos responden y opinan sobre nosotros.
Cuando se es figura pública este asunto de esculpir la identidad puede resultar en un sentido desmesurado de la propia importancia y, por tanto, en un ego frágil, necesitado de validación constante.
Por eso, quienes se han creído el cuento de su propia importancia como figuras públicas responden con furia cuando son criticados o viven de sus viejas glorias, por miedo a la irrelevancia, cuando son descartados, mientras en su fuero interno se lamentan por lo que debía haber sido y no fue. Otros se deprimen y aíslan del mundo. Pocos se reinventan y logran la paz consigo mismos.
El miedo a la irrelevancia es algo que todos tenemos, pero para muchas de las figuras públicas es royente, porque la relevancia es su forma de existir. Cuando ya no las llaman, ya no las buscan, ya no importan, han caído en el desprestigio o, peor, en el olvido, su estructura de vida se viene abajo.
Aún más difícil que lidiar con el miedo a la irrelevancia es renunciar a las expectativas incumplidas. A la luz de lo que podía haber sido pero no fue, el futuro se encoge, y el yo que nos imaginamos que seríamos deja de ser una posibilidad y se queda en intento frustrado. Y, de nuevo, esto nos pasa a todos, pero para quienes no necesitan ser vistos, es más fácil cambiar la jugada y adaptarse.
La relevancia siempre ensoberbece porque debilita al ego, al hacerlo dependiente de mirada ajena, y la soberbia es, por antonomasia, la primaria actitud defensiva del débil; la arrogancia, su faceta refinada en el trato social y la furia, disimulada o exteriorizada, la más común manifestación de la intolerancia al propio defecto y, claro, a la revelación del mismo por parte de otro.
Convertirse en figura pública no es, pues, cosa menor. Somos susceptibles de desarrollar un ego monstruoso, en cuya creación participarán sin duda nuestros traumas. A más heridas sin resignificar, a mayor sensación de insuficiencia personal, más relevancia se deseará, y en el momento en que se nos acabe perderemos identidad, nos quedaremos parados en el vacío y colapsaremos. Será inevitable entonces estar a merced del ruido mental, la nostalgia y la melancolía. Sin embargo, no toda figura pública responde a este patrón, porque no confunde su ser con su ego. El ser es inquebrantable, el ego solo es porfiado.





