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5 DE FEBRERO

El Pacto que Fundó la Nación 

El 5 de febrero no es una fecha ceremonial; es un acuerdo de fondo. Es el día en que México decidió dejar de ser un territorio gobernado por la fuerza y convertirse en una nación gobernada por reglas. La Constitución no nació para adornar muros oficiales ni para justificar discursos solemnes; nació para limitar el poder, ordenar el conflicto y convertir la diferencia en ley. Su función no fue embellecer al Estado, sino disciplinarlo.

Antes de la Constitución, el poder era voluntad, imposición y fuerza. Después, debía ser norma, legalidad y estructura. Ese es el verdadero quiebre histórico; el tránsito de la autoridad personal al poder institucional. De un país de caudillos a un país de reglas. De la política como dominio, a la política como responsabilidad.

Ideológicamente, la Constitución representa un principio claro y no negociable; la soberanía no reside en los caudillos, ni en los partidos, ni en los gobiernos en turno. Reside en el pueblo organizado bajo instituciones. Es la afirmación de que la autoridad no se hereda ni se impone; se legitima por normas. El poder no es un privilegio, es una función. Y como toda función pública, debe estar limitada, vigilada y regulada.

Por eso la Constitución incomoda. Porque obliga. Porque estorba. Porque marca fronteras. La ley siempre molesta a quien quiere mandar sin límites, gobernar sin controles o decidir sin contrapesos. Donde hay Constitución, no hay dueños del país; hay administradores temporales del poder.

Políticamente, el 5 de febrero es un pacto de estabilidad. Es la base del Estado moderno mexicano; división de poderes, derechos, obligaciones, contrapesos, legalidad. Sin Constitución no hay República; hay facciones. Sin ley no hay política; hay imposición. Sin instituciones no hay gobierno; hay dominación.

La Constitución convierte el conflicto en sistema, la diferencia en norma y la disputa en proceso legal. Eso es civilización política. No eliminar el conflicto, sino regularlo. No suprimir la diversidad, sino ordenarla. No imponer una visión, sino establecer reglas comunes.

Filosóficamente, el mensaje es simple y profundo; el ser humano necesita reglas para ser libre. No para ser controlado, sino para convivir. La libertad sin ley es caos; la ley sin justicia es tiranía. El equilibrio entre ambas es lo que define a una nación civilizada. La Constitución no cancela la libertad; la hace posible. No elimina el poder; lo domestica.

Por eso el 5 de febrero no celebra el pasado, exige el presente. No es una fecha para discursos huecos ni para ceremonias automáticas. Es un recordatorio incómodo; una nación no se sostiene por ideologías, ni por líderes carismáticos, ni por promesas políticas. Se sostiene por instituciones fuertes, ciudadanos conscientes y leyes que se respetan incluso cuando no convienen.

Porque al final, la Constitución no es un papel. Es un acuerdo moral. Un contrato político. Y una promesa histórica. Es el límite al poder y la garantía del ciudadano. Es la línea que separa al Estado del abuso y al gobierno del autoritarismo.

Y como todo pacto serio, solo tiene dos caminos; se honra o se traiciona. No hay término medio. No hay simulación posible. No hay neutralidad cómoda.

Porque una nación no se funda cuando firma un documento, sino cuando decide obedecerlo… incluso cuando duele.