martes, febrero 3, 2026
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CIRCO POLÍTICO

El mercado bajo la carpa: cuando la política se vende al kilo

En Saltillo, la política dejó el estrado y se mudó al tianguis. Ya no basta el discurso; ahora hay que poner los huevos en la carpa, colgar la lona y anunciar precios bajos. El aplauso no se gana con ideología, sino con frijol, huevo, aceite y azúcar. Bienvenidos al circo del mercadito.

El primer acto lo protagonizó Alberto Hurtado, quien entendió algo elemental: la política entra por el estómago. Llevó un mercadito con lo esencial a colonias populares. Nada sofisticado, nada ideológico. Producto, precio y cercanía. Marketing puro: resolver una necesidad inmediata para ganar presencia territorial. El público respondió porque el acto fue útil, no retórico.

Después apareció el segundo malabarista, Gabriel Elizondo, con el Mercado de Mejora. Aquí el número fue más grande, ya que fue dirigido a todo el Estado: respaldo institucional, logística aceitada y narrativa social. El mensaje era claro: el Estado también sabe vender barato. Se amplió la carpa y se multiplicaron los reflectores. La política dejó de prometer “bienestar” y empezó a entregarlo en bolsas. Marketing gubernamental de manual: marca, repetición y alcance.

Pero el acto más irónico —y quizás el más efectivo— llegó desde Ramos Arizpe. Tomás Gutiérrez, comerciante de oficio y de herencia, montó su propio número: “Todo a Peso”. El nombre no es casualidad; es una bofetada semántica. No es barato: es regalado. Aquí no hay discurso social, hay olfato de mercado. Tomás sabe que el precio bajo no convence: arrastra multitudes. Y en política, la multitud es capital.

Bajo esta carpa, los mercaditos no son altruismo: son estrategia. Son el equivalente político del 2×1, del remate, del último día. El precio sustituye al argumento. El carrito sustituye al mitin. La fila sustituye al aplauso. Y la foto con la despensa vale más que diez ruedas de prensa.

Desde el marketing, la jugada es impecable: Producto tangible (lo que falta en casa); Precio anzuelo (imposible de ignorar); Plaza correcta (colonias populares); Promoción visual (carpas, lonas, cajas)  y la Experiencia directa (la gente toca, paga y se lleva).

Esto no es populismo improvisado; es retail político. Es entender que en tiempos de inflación, la narrativa que vende es la que abarata la vida, aunque sea por un día.

Pero como en todo circo, hay truco. El mercadito no resuelve la pobreza, la administra. No cambia estructuras; alivia el momento. El riesgo es que la política se reduzca a una oferta semanal, a competir por quién da más barato y no por quién gobierna mejor. Hoy es “Todo a Peso”; mañana será “Todo Gratis”; pasado mañana, nada alcanza.

El público aplaude porque necesita. Los políticos sonríen porque suman. Y el circo sigue porque funciona. En Saltillo, quedó claro: quien controle el precio, controla la plaza. El problema es cuando se acaba la mercancía y queda la misma realidad… sin carpa y sin aplausos.

Porque en este circo político, el mercado atrae multitudes, pero gobernar exige algo más que vender barato.

 

“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos”

 

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