Dr. Ramón Yosvanis Batista Cruz
Entre sismos naturales e inducidos: entendiendo el caso de Coahuila
Cuando se habla de terremotos o sismos, la mayoría de las personas los asocia de inmediato con causas naturales relacionadas con la tectónica global, es decir, con el movimiento y choque de las placas tectónicas. En efecto, los límites entre placas son las zonas más sísmicas del planeta, como el conocido Anillo de Fuego del Pacífico. Sin embargo, la influencia de la actividad humana en la sismicidad aunque menos mediática, no por ello es menos importante. Antes de continuar, es importante aclarar que los terremotos se describen mediante dos conceptos diferentes: la magnitud y la intensidad. La magnitud indica el tamaño del sismo y se expresa actualmente mediante la Magnitud de Momento (Mw), una medida instrumental y logarítmica que está directamente relacionada con la energía liberada durante el evento y es única para cada sismo. La intensidad, en cambio, describe los efectos y daños observados en la superficie, por lo que depende del lugar donde se evalúe, y se expresa en números romanos del I al XII mediante la Escala de Mercalli Modificada. En la mayoría de los comunicados oficiales y notas periodísticas se utiliza la magnitud. Tampoco es lo mismo hipocentro que epicentro, siendo el primero el foco donde ocurre el sismo en profundidad generalmente en kilómetros y el segundo la proyección de ese foco en superficie, lo que permite establecer coordenadas geográficas de la localización donde ocurrió.
Los sismos inducidos tienen varios orígenes, uno de los principales ejemplos es la minería, tanto subterránea como a cielo abierto. Y es que el uso de explosivos, maquinaria pesada, vibraciones constantes y el colapso de grandes bloques rocosos puede generar pequeños movimientos sísmicos con magnitudes generalmente inferiores a 3. Algo similar ocurre en la construcción de grandes obras de infraestructura, como carreteras y túneles, donde el uso de tuneladoras altera el medio geológico. Otra actividad que puede desencadenar sismicidad es el almacenamiento de grandes volúmenes de agua en presas. El peso del agua modifica la presión interna de las rocas, puede abrir nuevas fracturas o reactivar fallas antiguas. Este mismo principio explica los sismos asociados a la inyección de fluidos en el subsuelo, como ocurre en el fracking (extracción de hidrocarburos en lutitas), el almacenamiento de CO₂ o la reinyección de fluidos en campos geotérmicos. El caso más extremo y cuestionable de sismicidad inducida es el de los ensayos nucleares. Está documentado que pruebas nucleares realizadas por Corea del Norte han generado sismos de magnitud menor a 6 en regiones cercanas a la península coreana.
Aunque los límites entre placas tectónicas son las zonas sísmicamente más activas del planeta, las regiones continentales alejadas de ellos, conocidas como zonas intraplaca, como el noreste de México, suelen considerarse erróneamente como áreas “tranquilas”. Sin embargo, la evidencia muestra que esto no es del todo cierto. De acuerdo con datos del Servicio Sismológico Nacional (SSN), entre 1977 y enero de 2026 se han registrado 236 sismos en el estado de Coahuila, con magnitudes menores a 4.9 (el mayor reportado cerca de Ocampo en junio pasado) y profundidades que oscilan entre 2 y 33 kilómetros.
Aunque el último año fue particularmente activo, con 38 eventos registrados, en años previos como 2022 y 2021 se reportaron 42 y 41 sismos, respectivamente, lo que sugiere que existe una actividad sísmica persistente, aunque irregular y difícil de percibir para la población. Hasta el momento no existen estudios que demuestren que esta actividad sísmica sea inducida por acciones humanas; no obstante, muchos geólogos, entre los que me incluyo, coincidimos en que estos eventos están asociados principalmente a la reactivación de fallas regionales y locales bien identificadas. Una de las estructuras más relevantes es la Falla de San Marcos, que se extiende con dirección noroeste–sureste desde la región de Cuatrociénegas hasta las inmediaciones de Monterrey.
Estudios realizados por la Universidad Autónoma de Nuevo León señalan que esta falla representa un riesgo sísmico potencial y que podría generar eventos capaces de afectar estructuralmente a ciudades de Coahuila, por lo que se recomienda su estudio sistemático y continuo. A este escenario se suma un problema adicional: la escasez de estaciones sísmicas en el estado, lo que limita la capacidad para detectar, localizar y analizar sismos de baja y mediana magnitud, los cuales probablemente ocurren con mayor frecuencia de lo que actualmente se registra.
Si bien hoy en día no es posible predecir los terremotos con exactitud, resulta fundamental que la sociedad esté informada y preparada para responder ante estos eventos, así como fortalecer la investigación científica, con el fin de comprender mejor los procesos geológicos que los originan, incluyendo aquellos casos en los que la actividad humana puede influir en el comportamiento del subsuelo.
Escuela Superior de Ingeniería “Lic. Adolfo López Mateos”





