martes, enero 27, 2026
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CIRCO POLÍTICO

El humo bajo la carpa: las ladrilleras y el acto tóxico que Saltillo sigue aplaudiendo. El circo no llegó ayer. Se instaló hace décadas, cuando Saltillo todavía respiraba huertas, acequias y patios amplios. A mitad del siglo pasado, mientras la ciudad crecía sin plano maestro y la mancha urbana avanzaba como domador sin látigo, aparecieron los primeros hornos ladrilleros artesanales. En aquel entonces eran vistos como parte del paisaje productivo, un acto rústico, casi folclórico. Nadie imaginó que ese número “temporal” se convertiría en uno de los actos más nocivos del espectáculo urbano.

Hoy, ese viejo truco sigue ejecutándose bajo la misma carpa: fuego sin control, humo espeso y autoridades mirando desde la grada. Las ladrilleras operan como los tragafuegos del circo ambiental: impresionan por su resistencia, pero dejan una estela tóxica que nadie quiere limpiar. La quema de combustibles irregulares —madera tratada, residuos industriales y, en el peor de los casos, llantas— no es una leyenda urbana; es una práctica documentada y recurrente. El resultado es material particulado fino (PM10 y PM2.5) que no se ve, pero se respira… y se acumula en los pulmones.

Los datos duros no permiten aplausos. Saltillo ha registrado decenas de días al año con mala, muy mala y hasta extremadamente mala calidad del aire. El material particulado es el principal contaminante y las zonas donde operan ladrilleras coinciden con picos críticos de contaminación. No es casualidad, es causalidad.

 

Lo urgente no admite malabares

Pero cuidado: no todo el humo proviene del acto que el público ya identifica. En este circo ambiental hay números que no aparecen en el programa oficial. Mientras la atención se centra en las ladrilleras visibles, en la trastienda del espectáculo operan los verdaderos pirómanos del negocio, personajes que montan funciones clandestinas al amparo de la noche.

Son los chatarreros del fuego, artistas del humo negro que queman llantas en grandes cantidades no para construir, sino para destripar el neumático y rescatar el acero, venderlo por kilo y desaparecer antes de que llegue el inspector. No levantan carpas ni colocan letreros: su escenario es el baldío, el ejido, el margen urbano donde la autoridad rara vez pasa y la impunidad siempre saluda.

Este acto no es artesanal ni accidental; es un negocio criminal perfectamente ensayado. Cada llanta incendiada libera una nube tóxica que combina partículas finísimas, metales pesados y compuestos cancerígenos. El humo no distingue colonias ni horarios: entra a las casas, se pega a la ropa, se mete a los pulmones. El acero se vende. El daño se queda.

Aquí el circo cambia de género: ya no es drama social, es delito ambiental. Estos operadores clandestinos no generan empleo formal, no sostienen tradición alguna y no pueden esconderse detrás del discurso de la subsistencia. Son payasos sin maquillaje, protegidos por la omisión, que convierten el aire en mercancía desechable.

Lo más perverso del número es que nadie quiere señalar la pista trasera. Es más cómodo discutir al elefante visible que perseguir al ladrón invisible. Pero mientras se debate en la gradería, estos ilusionistas del fuego siguen haciendo su truco favorito: convertir llanta en dinero y humo en enfermedad.

En el Circo Político, este acto clandestino es el que más aplausos recibe de la impunidad. Y como todo circo mal administrado, cuando nadie apaga el fuego detrás del telón, el riesgo no es que el show continúe… es que la carpa entera termine incendiándose.

Saltillo y sobre todo las colonias más cercanas como brisas, no puede seguir respirando bajo una carpa de humo. El espectáculo ya duró demasiado y el público —la ciudadanía— no pidió esta función. En el Circo Político, las ladrilleras y la quema de llantas ya no son un acto secundario: son el elefante en la pista… y nadie quiere moverlo.

El problema está ahí. El humo también. La pregunta es si, esta vez, alguien se atreverá a apagar el fuego y cerrar el telón.

 

“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos

 

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