La vida activa nos domina
Hannah Arendt
Durante mucho tiempo hemos asumido que el valor de una persona debe medirse por su quehacer productivo. Basta observar a qué se dedica y cuánto rinde. Hemos internalizado la narrativa de solo la gente trabajadora es gente digna y de bien.
Esta creencia, profundamente arraigada en la modernidad, divide al mundo en dos categorías aparentemente inofensivas: quienes son productivos y quienes no lo son. No se trata solo de una clasificación económica; es, sobre todo, moral, un criterio normativo y jerárquico, que distribuye reconocimientos y legitima el orden social. Bajo este paradigma, la identidad se concreta en una serie de prácticas y exigencias para el éxito.
El sujeto moderno no solo trabaja: organiza su vida alrededor de sus horarios laborales, y el sentido de su propia importancia depende de validaciones externas inmediatas. En ese entramado, el yo se afirma porque es requerido y por la función que desempeña.
Cuando ese marco desaparece abruptamente, el yo pierde la posición desde la cual se autodefinía y autovalidaba. No se extraña el trabajo en sí, sino el status, la estructura en la que uno era necesario e importante, en la que nuestro quehacer era valioso. La inquietud no proviene del ocio, sino de la pérdida de ese marco referencial.
El error habitual consiste en “psicologizar” este fenómeno, atribuyéndolo a una supuesta incapacidad individual para descansar, contemplar o estar en paz. Sin embargo, el problema no es una falla subjetiva, sino la interiorización de un régimen normativo que identifica, casi automáticamente, valor personal con productividad observable.
Esta equivalencia no surge de la nada: es el resultado de una larga y solida narrativa cultural en la que el trabajo dejó de ser solo medio de subsistencia para convertirse en criterio moral y social de legitimidad.
Desde esta lógica, el descanso no aparece como una etapa legítima, sino como una anomalía que debe justificarse. Leer, pensar, caminar sin finalidad, estar, no cuentan como actividades valiosas porque no producen resultados intercambiables ni verificables.
El sujeto retirado, sobre todo aquel que se retira fuera del sistema institucional construido para su “justo” descarte productivo, deja de hacer las cosas que se reconocen como valiosas. Perder ese reconocimiento produce una forma específica de desposesión, no material, sino de sentido de vida e importancia personal.
La cosificación de la persona como agente económico tiene efectos profundos en la manera en que estructuramos nuestra identidad. Nos desarrollamos como recursos, como funciones, como piezas de un engranaje cuya relevancia depende de nuestro rendimiento.
Mientras el engranaje nos necesita, el sentido está garantizado. Cuando deja de hacerlo, el sujeto pierde pertenencia y queda suspendido en una indefinición que solo puede justificarse con la idea del “merecido” descanso definitivo.
En la posmodernidad, este esquema comienza a resquebrajarse, porque la tecnología ha alterado radicalmente las condiciones de productividad, necesidad y presencia. La automatización, la virtualización del trabajo y la disolución de los marcos temporales clásicos y los contextos culturales cerrados, han vuelto inestable aquello que antes parecía sólido.
Cada vez menos personas pueden retirarse y cada vez más experimentan la sensación de no ser estrictamente necesarias, de ser reemplazables o redundantes. La inquietud que antes aparecía al final de la vida comienza a infiltrarse en etapas cada vez más tempranas. El desasosiego por la pérdida de la que fuera la piedra angular de pertenencia social: la productividad medible por la presencia (que no la productividad en sí misma, no aún), es hoy uno de los mayores promotores de la “era de la ansiedad”.
¿Será posible pensar el valor humano sin la justificación del rendimiento, al menos bajo las viejas fórmulas de ponderación? Mientras no se reformule el criterio mismo desde el cual nos evaluamos, persistirá no solo la inquietud, sino ciertas distorsiones morales, sociales, políticas y hasta legales que han nacido de la desigualdad que el modelo de valor por productividad ha ocasionado. Pero eso ya es para otra ocasión.





