Hay entrenadores que cuestan más que plantillas completas.
En el fútbol moderno, el dinero no solo corre por el césped, también se concentra en el banquillo. Y ahí, sentado, de pie, gesticulando o mascando chicle, es donde podemos encontrar a uno de los activos más valiosos de cualquier club: el entrenador. La figura que mueve los hilos, la que ordena, corrige, sostiene… y responde cuando todo el proyecto del club se tambalea.
Siempre se ha dicho que los partidos los ganan los jugadores. Y es algo indiscutible, pero con algunos matices, porque cada vez está más claro que tiene que haber un capitán dirigiendo el barco desde fuera del césped. Por eso mismo, cuando se habla de análisis previos de partidos, proyecciones a medio plazo o incluso de apuestas deportivas, los nombres de los técnicos aparecen siempre. No es una moda, es pura lógica. Los entrenadores mejor pagados son, de hecho, los que más se siguen en el mundo del deporte, porque son los líderes de los clubes con mejores resultados. Van de la mano.
Y solo hay que mirar los números. La liga de fútbol española es donde se concentran los salarios más altos, con un ejemplo muy representativo: Diego Simeone. «El Cholo» lleva años encabezando la lista de técnicos con mayor salario del mundo entero. En el Atlético de Madrid, su contrato rondaba los 34 millones de euros anuales. Una cifra que no se explica precisamente por los títulos, sino por algo más difícil de medir: estabilidad, identidad y una competitividad que ha resistido de todo: cambios de ciclo, salidas de estrellas, reconstrucciones completas… No todos han conseguido lo mismo que él.
Algo parecido sucede con Pep Guardiola. Su etapa en el Manchester City ha consolidado un dominio que va más allá de los trofeos. El técnico español percibe cerca de 23 millones de euros por temporada, una inversión que el club asume como estratégica. Su influencia trasciende el resultado inmediato. Es un técnico que ha logrado marcar tendencias, definir estilos y convertir proyectos en sistemas reconocibles. Eso es algo que, en el fútbol moderno, vale oro.
Hay muchos más nombres con cifras estratosféricas, como Klopp, que llegó a cobrar unos 21 millones al año en el Liverpool, o incluso Carlo Ancelotti, José Mourinho o Thomas Tuchel, que se movían en cifras en torno a los 13 millones de euros por temporada. Son figuras, también, con trayectorias larguísimas, que han sabido dirigir vestuarios muy complejos y, sobre todo, seguir adelante con una presión enorme y una gran carga sobre sus hombros.
Con esos números millonarios, no sorprende que, dentro de todo lo que engloba el análisis deportivo, el banquillo se haya convertido en una prioridad. Cuando hay un entrenador consolidado en un equipo, la incertidumbre brilla por su ausencia. No se elimina del todo, porque es algo imposible en cualquier deporte, pero sí que la acota enormemente. Conoce a su equipo, conoce a sus rivales y, sobre todo, conoce el juego.
Las selecciones nacionales también funcionan bajo una lógica similar, aunque con particularidades propias. Aquí las cifras no son tan altas, porque al final hablamos de competiciones mucho más acotadas en el tiempo en las que no se paga el día a día, sino la capacidad de gestionar torneos cortos, decisiones rápidas y contextos donde cualquier error es sinónimo de volver a casa. Por eso, también es un campo con cifras millonarias. ¿Un ejemplo? Didier Deschamps, al frente de Francia, que ha superado los 4 millones de euros anuales. O Gareth Southgate, en Inglaterra, que se ha movido en cifras parecidas.
El dinero siempre es un factor importante y, en este caso, es lo que deja más que claro por qué los entrenadores ya no son algo secundario en el fútbol. El entrenador puede llegar a ser un protagonista, un paraguas que evita que las polémicas y las malas miradas vayan a los jugadores para centrarse en él, permitiendo a los futbolistas hacer aquello que mejor saben hacer. De hecho, es quien establece las pautas, quien dirige, quien define el estilo de juego. Un mismo equipo puede parecer irreconocible según quién esté al mando. Y eso no es casualidad.
Pocos llegan a lo más alto y son reconocidos a nivel mundial, como es el caso de Javier Aguirre, nominado a mejor entrenador. Porque son personas que no están siempre frente a cámara, y a quienes no se mira cuando el balón rueda sobre el césped. Pero a su vez son las responsables de que este se mueva a favor de su equipo. Trazan, definen y proyectan para que los jugadores ejecuten según sus órdenes.
Afortunadamente, con el paso de los años, el fútbol ha entendido que el liderazgo se paga, y caro. Los entrenadores mejor remunerados no están ahí por azar, sino porque son una apuesta segura a largo plazo en un terreno en el que la urgencia lo es todo.





