El 24 de enero, Día Internacional de la Educación —proclamado por la Organización de las Naciones Unidas— no debería pasar como una fecha decorativa en el calendario institucional. Es, o debería ser, una ocasión para detenernos y reflexionar con seriedad sobre el rumbo que está tomando nuestra sociedad y sobre la responsabilidad colectiva que implica formar a quienes la habitarán mañana. Hablar de educación es hablar de futuro, sí, pero también de las decisiones que hoy estamos tomando —o dejando de tomar— como comunidad.
Libertad y educación son conceptos inseparables. No existen de manera aislada ni sobreviven como consignas. La experiencia histórica lo demuestra con claridad; la libertad no consiste en la ausencia de límites ni en la satisfacción inmediata de los deseos, sino en la capacidad de elegir con conciencia, responsabilidad y respeto por los demás. Ser libre implica pensar con autonomía, actuar con criterio y asumir las consecuencias de las propias decisiones. La libertad auténtica no se decreta ni se presume; se ejerce cotidianamente y se sostiene con responsabilidad.
En ese sentido, la educación es el punto de partida irrenunciable de toda libertad real. Sin comprensión no hay elección posible. Sin conocimiento no hay juicio. Y sin juicio, la libertad se convierte en una palabra vulnerable, fácilmente manipulable. Educar no es únicamente transmitir información ni formar mano de obra para el mercado; es, ante todo, formar personas capaces de comprender su entorno, cuestionarlo y actuar sobre él con sentido ético. Es dotar a los individuos de herramientas para distinguir entre hechos y opiniones, entre el interés particular y el bien común.
Desde una perspectiva cívica, la educación constituye la base de una vida democrática sana. Una sociedad educada no es aquella que piensa igual, sino aquella que sabe debatir con argumentos, convivir con la diferencia y participar de manera informada en los asuntos públicos. Cuando la educación se debilita, la vida cívica se empobrece; crece la indiferencia, se normaliza la desinformación y se erosionan los vínculos sociales. No es casual que las democracias más sólidas sean también las que han apostado de manera sostenida por la educación.
En el plano político, la educación representa una de las responsabilidades más altas del Estado. No puede reducirse a un discurso ocasional ni a una política de corto plazo. Exige visión, continuidad y compromiso real. Invertir en educación no es un gesto retórico ni un gasto prescindible; es una decisión estratégica que define la estabilidad, la cohesión social y el desarrollo de un país. Un Estado que descuida la formación de su población compromete, tarde o temprano, su capacidad de decidir su propio destino.
Sin embargo, la educación no es tarea exclusiva de las instituciones. Comienza en el hogar, se fortalece en la escuela y se consolida en la comunidad. Padres, docentes y autoridades comparten una responsabilidad que no admite evasiones; formar personas libres, críticas y responsables. Educar para la libertad no significa renunciar a los límites ni a la disciplina; por el contrario, implica enseñar que la libertad solo es posible cuando se ejerce con responsabilidad y respeto.
Desde una mirada más profunda, educar es reconocer la dignidad de la persona. Es asumir que cada individuo tiene la capacidad —y el deber— de pensar, decidir y actuar con conciencia ética. La educación auténtica no busca moldear conciencias a conveniencia, sino despertar el juicio, la reflexión y el sentido moral. Una sociedad que educa para la libertad forma ciudadanos capaces de resistir la mentira, el fanatismo y la imposición.Hoy, en un contexto marcado por la sobreinformación y la polarización, educar para ser libres no es un ideal abstracto, es una urgencia. La libertad no se hereda ni se improvisa; se aprende, se ejerce y se defiende. Y todo comienza, inevitablemente, con una educación que forme personas íntegras, responsables y comprometidas con su tiempo.
La educación no nos dice qué pensar,
nos enseña a no dejar que otros piensen por nosotros
Jcdovala





