jueves, enero 15, 2026
Inicio OPINIÓN EN EL TINTERO

EN EL TINTERO

De víctimas a agresores: el doble discurso de los hermanos Flores

En la política mexicana hay una línea que no debería cruzarse nunca, la que separa el debate político de la violencia. En Coahuila con el caso de Tania y su hermano Tony Flores, esa línea no solo ha sido cruzada, sino pisoteada de manera reiterada, mientras ambos insisten en colocarse, paradójicamente, en el papel de víctimas.

Tania Flores, exalcaldesa de Múzquiz, ha denunciado en distintos momentos ser víctima de violencia política y violencia política de género. Denunciar es un derecho. Lo que no es un derecho es ejercer la misma violencia que se dice combatir, ni mucho menos utilizar esa narrativa como escudo para insultar, hostigar o desacreditar a lo que ellos consideran son sus adversarios políticos.

El punto central no está en negar que una mujer pueda ser víctima de violencia política —eso sería un error grave—, sino en entender que el reconocimiento como víctima no otorga patente para violentar a otros. Y aquí es donde el caso de Tania Flores se vuelve contradictorio y preocupante.

Su historial público muestra una conducta reiterada de insultos, expresiones vulgares y descalificaciones personales, muchas de ellas documentadas en redes sociales de acceso público. No se trata de debate político ni de confrontación ideológica; se trata de agresión directa. Un ejemplo particularmente grave fue cuando agredió públicamente a la esposa del hoy diputado federal Ricardo Mejía Berdeja, Marlene Cañas a quien acusó de estar embarazada de otra persona. Los insultos no solo provinieron de ella, sino también de su esposo, y quedaron registrados públicamente. Eso no es una crítica política. Eso es violencia. ¿Y qué creen? A diferencia de las denuncias de Tania que sí hicieron eco en instituciones de Coahuila esas de las que hoy despotrica, lo que ocurrió con Mejía y Cañas no tuvo consecuencias legales.

El patrón se repite con su hermano, Tony Flores, quien desde que perdió los contratos millonarios relacionados con el carbón, por cierto, indicación directa de la presidenta Claudia Sheinmbaum, ha escalado en una dinámica de confrontación constante, aunque desquitandose con los políticos de Coahuila de algo que decidió la misma 4T.

Insultos, amenazas, descalificaciones y retos a golpes se han convertido en su forma habitual de hacer política. Todo aquel que considera enemigo: funcionarios, legisladores, adversarios o críticos, es blanco de agresiones verbales y desafíos físicos.

La pregunta obligada es: ¿pueden estos personajes ejercer violencia sin consecuencias?

Tania Flores insultó públicamente al gobernador Manolo Jiménez Salinas, a quien llamó “c…”, y posteriormente lo hostigó y acosó en un evento público el pasado 6 de enero, durante la tradicional partida de Rosca de Reyes en la Plaza de Armas. No fue un intercambio político; fue una provocación directa. ¿Eso no es violencia política?

Tony Flores, por su parte, retó a golpes al subsecretario de Gobierno, Diego Rodríguez, a quien también llamó “c…” cuya palabra ya se ha vuelto la vulgaridad favorita de los Flores, por no responder a sus agresiones. Repitió el mismo patrón con otros actores que salieron en defensa del gobernador y de funcionarios públicos. Lo que no esperaba Tony Flores era que alguien aceptara el reto.

Eso ocurrió cuando el político saltillense del Partido Verde Ecologista, Limber Valdés, respondió públicamente y acudió al Congreso del Estado para encararlo. Tony Flores no se presentó. Lo que sí hizo después fue solicitar una orden de protección contra Valdés conocido como el alcalde de “Mirasierra”.

Y aquí surge otra pregunta incómoda: ¿por qué quien reta, insulta y provoca es el primero en pedir protección cuando alguien le responde?

Siguiendo esa lógica, ¿no tendrían también derecho a solicitar órdenes de protección el gobernador, los funcionarios y los actores políticos que han sido hostigados, insultados y acosados públicamente por los hermanos Flores? Porque eso también es violencia política.

Lo más grave es que, cada vez que se intenta aplicar la ley, los Flores recurren a la narrativa de la persecución política y se colocan nuevamente como víctimas. Pero rendir cuentas no es persecución. La exigencia de responsabilidad pública no es violencia. El conflicto se detonó, precisamente, cuando a Tania Flores se le pidió rendición de cuentas en la Auditoría Superior del Estado. A partir de ahí comenzó la escalada de agresiones.

El episodio más reciente exhibe la contradicción interna de su propio partido. La tarde de este jueves se publicó un comunicado en la página oficial de Facebook del Partido del Trabajo en Coahuila, en el que se deslindaban públicamente de la conducta de Tony Flores, calificándola de violenta e inapropiada. Sin embargo, al consultar a fuentes de la dirigencia, el comunicado fue desconocido y, minutos después, borrado de las redes oficiales, sin explicación clara.

Esto abre otra interrogante: ¿qué ocurre al interior del PT? ¿Por qué emite con claridad una posición ante un personaje que los representa? ¿Acaso están de acuerdo con sus vulgaridades y su violencia? Todo indica que quien evitó fijar postura fue Ricardo Mejía Berdeja, padrino político de Tony Flores, incapaz hasta ahora de asumir el costo político de una definición clara.

Basta un ejemplo para ilustrar la intolerancia: tras comentar de manera respetuosa en un video de Tony Flores sobre la violencia que ejerce y el uso selectivo de órdenes de protección, mi comentario fue eliminado. Eso revela que no estamos ante políticos dispuestos a escuchar, debatir o construir, sino ante personajes que entienden la política como imposición y confrontación.

Urge una postura clara de la dirigencia del Partido del Trabajo. No se puede aventar la piedra y esconder la mano. O se avalan estas conductas, o se condenan. Lo que hoy vemos es un circo político sostenido por la impunidad, el fuero y una narrativa de victimización que nada tiene que ver con el género, sino con la provocación sistemática.

Lo que hacen Tania y Tony Flores es ejercer violencia política. Y mientras no haya consecuencias, seguirán siendo el ejemplo más crudo de cómo el poder, mal entendido, se convierte en abuso.