De Noriega a Maduro: el mensaje de Washington y sus consecuencias para América Latina
La detención de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses marca un punto de inflexión que va mucho más allá del destino personal de un líder político. No es un episodio aislado ni una reacción improvisada: es un acto de poder con memoria histórica. En América Latina, cada acción de esta naturaleza revive una pregunta necesaria: ¿estamos ante la aplicación del derecho internacional o frente a la reafirmación del orden hemisférico bajo una sola voluntad?
La última vez que Estados Unidos ejecutó una acción de esta magnitud, fue precisamente un 3 de enero de 1990, cuando capturó a Manuel Noriega, entonces hombre fuerte de Panamá. En aquel momento, el argumento fue claro: narcotráfico, amenaza a la seguridad nacional y ruptura del orden democrático. La invasión a Panamá en 1989 y la posterior captura de Noriega en 1990 redefinieron la relación entre Estados Unidos y la región durante más de una década. Hoy, el caso Maduro reabre esa herida histórica con nuevas variables, pero con un mensaje sorprendentemente similar.
Ambos episodios comparten un mismo patrón estratégico: Estados Unidos decide que el costo de tolerar a un régimen hostil es mayor que el costo diplomático de intervenir directamente. En el caso de Noriega, el objetivo fue asegurar el control del Canal de Panamá y eliminar un actor incómodo que había dejado de ser funcional. En el caso de Maduro, el trasfondo es más complejo: involucra energía, sanciones, migración, tráfico de influencias y el control político de uno de las mayores reservas de petróleo del mundo.
La diferencia fundamental es el contexto. En los años noventa, América Latina estaba saliendo de dictaduras militares y abrazando, con mayor o menor convicción, la democracia liberal y el libre comercio. Hoy, la región vive una fragmentación ideológica profunda, con economías frágiles, Estados debilitados y una creciente dependencia energética e industrial. Por eso, la captura de Maduro no solo es un acto judicial o político: es una señal de advertencia en un momento de máxima vulnerabilidad regional.
Desde la óptica del comercio exterior y la economía internacional, el impacto es inmediato. Cada acción unilateral de este tipo incrementa la percepción de riesgo-país no solo para el país afectado, sino para toda América Latina. Los inversionistas globales no distinguen matices ideológicos con la precisión académica que quisiéramos; agrupan regiones, ponderan precedentes y ajustan primas de riesgo. Lo que ocurrió en Panamá en los noventa provocó una contracción temporal de inversiones en Centroamérica; lo que ocurre hoy con Venezuela amenaza con encarecer el capital para toda la región.
Para México, el efecto es ambivalente. Por un lado, la relocalización de cadenas productivas, el llamado nearshoring, podría acelerarse, al percibirse como el socio más estable y predecible dentro del hemisferio occidental. México cuenta con tratados, infraestructura industrial y una integración profunda con Estados Unidos que lo colocan como un refugio natural del capital manufacturero. Sin embargo, esa ventaja puede diluirse rápidamente si la región es percibida como un espacio de intervenciones recurrentes, donde las reglas pueden cambiar por decisión geopolítica y no por procesos institucionales.
El paralelismo Noriega–Maduro también tiene implicaciones económicas. Tras la caída de Noriega, Panamá redefinió su papel como plataforma logística y financiera, pero perdió margen de autonomía estratégica durante años. Venezuela podría seguir un camino similar: una reapertura condicionada de su sector energético, supervisada desde el exterior, con beneficios parciales para el mercado global, pero con soberanía limitada. Para América Latina, esto envía un mensaje claro: los recursos naturales sin estabilidad institucional no garantizan poder, sino vulnerabilidad.
En términos industriales, el impacto será más silencioso pero profundo. Las empresas multinacionales incrementarán sus exigencias de cumplimiento normativo, trazabilidad y origen de insumos. Sectores como energía, minería, petroquímica y logística enfrentarán mayores costos regulatorios. El resultado será una región más cara para producir, justo en un momento en que compite contra Asia y Europa del Este por atraer inversión.
Hoy por hoy, el caso Noriega mostró que, tras la intervención, no llega automáticamente el desarrollo, sino un largo periodo de ajuste, dependencia y reconfiguración institucional. Panamá logró reinventarse, sí, pero a un costo social y político considerable. Venezuela enfrentará un proceso aún más complejo, y el efecto dominó alcanzará a países que, como México, creían estar suficientemente blindados por su cercanía con Estados Unidos. La gran pregunta para América Latina no es si Estados Unidos tenía razones legales o morales para actuar, sino si la región aprendió algo de su propia historia. Porque cuando una potencia demuestra que puede capturar jefes de Estado y rediseñar mercados, el mensaje no es solo para Caracas: es para todo el continente.





