El yo es, ante todo, un yo corporal
Sigmund Freud
He oído varias veces el consejo “aprende a no reaccionar”. La frase suena sensata, hasta que se la examina con un mínimo de rigor. ¿Cómo se supone que se hace eso exactamente? La vida humana, sin exageración alguna, está sustentada en la reacción.
Piense cuántas veces pudo haber muerto si no hubiera reaccionado a tiempo. Reaccionar no solo es inevitable; es indispensable. El problema es el tipo de reacción, porque así como está la que le salva la vida, también están las que lastiman, las que nos dejan muy insatisfechos o hasta avergonzados porque no están a la altura de los que esperábamos de nosotros mismos, las que provocan burlas, las que destruyen relaciones, etc. En resumen, las incómodas. Y todas tienen la misma característica: se repiten una y otra y otra vez.
La mayoría de los seres humanos vivimos en un bucle reactivo. Respondemos acríticamente, de la misma manera, a los estímulos externos o a los cuentos anticipatorios que nos contamos sobre como serán las cosas. Y ahí nos quedamos estancados mucho tiempo, a veces toda la vida.
Nuestros dramas personales están fundados en las llamadas profecías autocumplidas, porque son un terreno seguro, ya sabemos cómo reaccionar para reafirmar nuestra identidad, lo hemos ensayado mucho en la imaginación, hemos corroborado ahí, en esa instancia mental donde construimos nuestro futuro, lo que invariablemente pasará, porque siempre nos pasa lo mismo. ¿Le suena?
Somos prisioneros de nuestros bucles reactivos incómodos. Sin romperlos, nunca seremos libres de verdad. Pero hacerlo no significa eliminarlos, sino reencauzarlos, darles otro tipo de manifestación, digamos “sana”.
Para ello debemos recurrir a la regulación, que no equivale ni al autocontrol, ni a la represión ni al pensamiento positivo. El autocontrol es una operación que detiene la reacción con fuerza de voluntad; la represión la empuja fuera de la conciencia y el pensamiento positivo la evade sustituyéndola por una consigna emocionalmente aceptable.
La reacción es una activación corporal inmediata, anterior o simultánea a una emoción primaria que cumple una función defensiva y/o adaptativa. A continuación, la mente humana construye diversos escenarios anticipatorios para estar siempre alerta, pero también los vive como si fueran un hecho.
La regulación puede operar en distintos puntos de esta cadena, desactivándola antes de que la alteración se actúe, deteniéndola cuando ya se manifestó para que no gobierne toda la escena, o estabilizándonos cuando ya no hubo remedio. Esto último es muy importante, porque habrá ya tenido la experiencia de, por ejemplo, quedarse demasiado tiempo discutiendo con gente ausente, en el típico “le debí haber dicho…”.
La regulación es eminentemente corporal. Siempre comienza por la conciencia de la emoción que impulsa la reacción, pero no debemos detenernos en ella, ni siquiera es importante, por el momento, saber de cuál se trata, pues lo imprescindible ahora es pasar a la otra parte del binomio: el cuerpo. Debemos concentrarnos en sentir cada parte, para identificar dónde está concentrada la sensación, luego respirar, respirar y respirar, para eliminar toda la tensión.
Regular es reconducir la reacción, no suprimirla. Pero no por aprender a manejarla debemos evitar el proceso posterior de autoexploración. Debemos preguntarnos: ¿desde qué experiencias anteriores estamos respondiendo?, ¿qué historia de “siempre me pasa lo mismo” nos estamos contando?, ¿qué males estamos esperando? Cuando descubramos el motivo nos daremos cuenta de que no es necesario seguir prisioneros de nuestras reacciones incómodas o de que en realidad no debieran incomodarnos, pues las hay que son correctas pero parecen no serlo, ya sea porque nos exigimos demasiado o porque a alguien más no le parecen adecuadas.
La regulación no es una cualidad. Es un breve ejercicio de autocontención que inicialmente requiere mucha conciencia y concentración, pero que al final, como todo, se vuelve hábito y se automatiza. Nos permite transformar reacciones destructivas en respuestas más sostenibles, pero sobre todo nos libera de la repetición de nuestra historia.





