Ir a la Ciudad de México a jugar un partido de fútbol es uno de los mayores desafíos que existen en el mundo. El Estadio Azteca, donde se jugará el partido contra Portugal, es mundialmente famoso por su arquitectura monumental y por una afición que hace vibrar el concreto cada vez que su equipo marca, pero hay un elemento que no se anuncia en las alineaciones y que define el partido: la altura.
A 2240 metros sobre el nivel del mar, el aire es cómplice de los locales y verdugo de los foráneos que no están acostumbrados a estas latitudes.
Este factor atmosférico cambia el juego de las formas más allá del cansancio, tanto así que los comentaristas deportivos y cualquier casa de apuestas de renombre saben que la latitud del Coloso de Santa Úrsula es una variable significativa. Cuando se analizan las opciones de un partido en este estadio, hay que tener en cuenta que el equipo visitante suele desplomarse en los últimos veinte minutos. La falta de oxígeno va minando la resistencia del oponente en cada sprint y te fuerza a plantear estrategias conservadoras que suelen llevar a la derrota.
La física que tortura los pulmones y que manipula el balón
La ciencia nos dice exactamente qué pasa en el cuerpo de un deportista al máximo rendimiento en estas alturas. La presión parcial de oxígeno en la Ciudad de México es menor que a nivel del mar; esto quiere decir que en cada inspiración entra menos oxígeno del que necesitan sus músculos para recuperarse después de un esfuerzo explosivo. Por lo tanto, esto da como resultado una sensación de ahogo temprana y terribles calambres por la acumulación de ácido láctico en las piernas.
Para combinados caribeños o costeros, equipos que se encuentran al nivel del mar, el castigo fisiológico es brutal y se traduce en una lentitud creciente a medida que avanza el reloj.
Y si bien la altura afecta terriblemente el rendimiento de los jugadores, no es lo único que se ve afectado, ya que el propio balón se comporta diferente en el Azteca. Como el aire es menos denso, la resistencia que opone al balón cuando este vuela es menor. Esto hace que los tiros de media y larga distancia salgan más rápido y que la pelota no baje ni curve como lo hace normalmente.
Los arqueros extranjeros sufren para calcular la trayectoria de un disparo que parece flotar o que llega mucho antes de lo esperado. Y eso hace que el lanzamiento desde fuera del área sea un arma mortal que los equipos de casa siempre han explotado.
Crónicas de rivales buscando aire en la banda
Las eliminatorias mundialistas en este estadio presentan algunas imágenes que torturan a los visitantes. Durante años, selecciones de Centro y Sudamérica han colocado tanques de oxígeno cerca del banquillo para intentar contrarrestar los efectos de la altura en el descanso o en los tiempos muertos por lesión. Se han visto jugadores de talla mundial doblados de rodillas, buscando aire desesperado, mientras la afición local canta más fuerte. Esa imagen de fragilidad física del rival alimenta la leyenda del estadio y refuerza la fe del equipo mexicano.
Hubo días en que el control fue tan sofocante que los oponentes entraban al campo derrotados antes del pitido inicial. Sabían que tendrían que trabajar el doble para lograr la mitad de los resultados. Esta ventaja natural contribuyó a forjar el mito de que robarle un punto al Azteca era una misión casi imposible porque es uno de los estadios a mayor altitud del mundo. No era solo una batalla contra once jugadores habilidosos; era una lucha contra un sistema que parecía sofocar cualquier rebelión atlética.
El miedo escénico a través de la historia
Los tiempos actuales han revolucionado la preparación física y la medicina deportiva de forma significativa, por lo que se ha logrado disminuir la abismal desventaja que representaba jugar de visitante en este estadio.
Hoy en día, los equipos visitantes traen cámaras hiperbáricas y hacen planes de viaje precisos, llegando justo antes del partido para evitar los efectos inmediatos de la altitud o días antes para intentar que el cuerpo se acostumbre medianamente a las nuevas condiciones. La tecnología y la nutrición han hecho al deportista actual más resistente en condiciones extremas, por lo que los derrumbes físicos ya no son tan comunes como varias décadas atrás –aunque no quiere decir que no siga sucediendo–.
Pero detrás de toda esta modernidad, el elemento psicológico todavía está ahí; el miedo a ahogarse en el Azteca aún vive en el recuerdo de los rivales. Sus cuerpos están más afinados, pero el mito del “monstruo de los 2000 metros” condiciona el plan táctico.
Los equipos visitantes continúan racionando sus energías, temerosos de agotarse. Mientras la Ciudad de México permanezca en su lugar, el oxígeno será el jugador número doce que mejor defiende en casa y al que ninguna estrategia defensiva puede superar.





