No reaccionar es poder
Viktor Frankl
Durante décadas nos han explicado la vida interior con un esquema simplista y engañoso: negativo versus positivo, malo o bueno, reprobable o aceptable. Ese enfoque es eminentemente moral, aunque haya sido adoptado por la psicología y se haya convertido en objeto de tratamiento psicoterapéutico. Y es que ninguna ciencia puede practicarse ni desarrollarse fuera de su contexto cultural.
Se trata de, quizá, el más añejo paradigma reduccionista sobre la naturaleza humana, que, como todo planteamiento maniqueo, anula la complejidad y, con ello, limita la posibilidad de comprensión profunda y, evidentemente, de autotrascendencia, es decir, de superación de sí mismo.
Pero, cuando los paradigmas dejan de sernos útiles, necesitamos trascenderlos. Producir los cambios necesarios no es un asunto de corrección lingüística, sino conceptual. En estos momentos de polarización política y social hace falta, más que nunca, replantear esta vieja fórmula, comenzando por el nivel que está a la mano de cada uno de nosotros: el personal. Así pues, comencemos por referirnos a lo negativo por lo que realmente es: reactividad, y a lo positivo: regulación.
La diferencia importa, porque lo reactivo no es malo, ni lo regulado es bueno, solo son modos de funcionamiento. La reactividad es el programa por default del sistema humano. Se pone en marcha antes de que pensemos, de que decidamos e incluso de que entendamos qué está ocurriendo, porque no es otra cosa que nuestro mecanismo de defensa, que actúa a partir de: alarma-instinto de sobrevivencia-huida o agresión.
Creer que la reactividad debe desaparecer es una fantasía personal peligrosa, un canon moral de sociedad utópica. No puede, es biología activa. Sin embargo, vivimos rechazándola, y déjeme explicarle por qué: de los ya mencionados elementos básicos de nuestro mecanismo de defensa derivan emociones primarias, como repulsión, aversión, temor y dolor, mismas que terminamos convirtiendo en esa variedad se sentimientos que llamamos negatividad. Pero esto lo veremos en el siguiente artículo.
Lo que sí podemos hacer es regular, que no significa reprimir ni ponerse en modo positivo ahorrándose el proceso de análisis y corrección, pero se empieza, como requisito indispensable, con crear un margen, un espacio mínimo, aunque suficiente, entre el estímulo y la respuesta.
Le ordenamos al cuerpo, mediante la respiración, que “le baje dos rayitas”, para evitar que la emoción secuestre toda la escena. La regulación no niega la reactividad: la contiene y la encuadra. Es una segunda naturaleza que se entrena para permitirnos superar las limitaciones biológicas sin negarlas.
Aquí aparece una confusión frecuente que conviene despejar: regulación no equivale a calma. La regulación bien lograda produce tranquilidad, que es, antes que nada, la cualidad de un cuerpo en relajación. Esto produce un equilibrio funcional entre ambos polos. Hay pensamiento, hay emoción, hay contenido afectivo, pero sin desbordamiento.
La tranquilidad es el mejor estado sostenible para la vida cotidiana. La calma, por su parte, no es un punto intermedio entre reactividad y regulación. Es una salida del sistema de polos. Es neutralidad emocional y, a partir de ella, claridad, comprensión sin pensamientos ni palabras.
Ambas se producen a voluntad; la tranquilidad, fácilmente, pues es una técnica; la calma requiere mayor concentración y habilidad, porque es, indudablemente, un arte. Confundirlas genera frustración, nos hace creer que, si no estamos en
neutralidad plena, hemos fallado, y no es así. Sentirnos tranquilos es una manera sostenible de vivir bien. Es, quizá, lo más cercano a la felicidad.
Entrar en calma no significa instalarse definitivamente fuera del eje de los polos; eso no es posible, pero si nos permite “ver los toros desde la barrera”, porque es la experiencia de carácter contemplativo por excelencia. Es el paso siguiente de la tranquilidad, que va de la estabilidad a la lucidez.
La tranquilidad es una tarea constante y la calma la coronación del arte de la autotrascendencia. No se trata de ser positivos, sino de no vivir gobernados por la reacción. Eso cambia todo.
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