LA PATRAÑA POSMODERNA

La desgracia es una prueba de realidad Simón Weil

Es indudable que la naturaleza humana está compuesta tanto de malestar, como de bienestar. ¿Quién podría negarlo? Bueno, en realidad casi todos. Aunque reconozcamos ambos estados anímicos como parte de nosotros, vivimos rechazando el primero y tratando de instalarnos permanentemente en el segundo, a pesar de que esto nos impide desarrollar todo nuestro potencial. Nos guste o no,sentirnos mal nos mueve a resolver, desarrollarnos, aprender, crear, ingeniar, mientras estar bien nos estanca.

La vida, pues, no transcurre linealmente, sino en picos de malestar y mesetas de bienestar. Estas últimas solo nos sirven para tomar un respiro, dimensionar logros, disfrutar y agradecer. Después hay que seguir evolucionando a base de problematizar y solucionar, por eso es que siempre nos sentimos más mal que bien, pero, paradójicamente, creemos que eso no está bien.

El malestar no es un error ni una desviación indeseable, sino el punto desde el cual el sujeto se ve obligado a revisarse, corregirse y cambiar. Al pretender una vida sostenida únicamente en el bienestar, lo que hacemos no es aspirar a una existencia más plena, sino empobrecerla, ya que eliminamos de antemano la posibilidad de confrontarnos con aquello que nos incomoda, nos cuestiona o nos obliga a pensar de otro modo.

El problema no reside, entonces, en experimentar malestar, sino en interpretarlo como algo que no debería estar ahí, como una anomalía que debe suprimirse cuanto antes. Esa lectura, profundamente arraigada en nuestra cultura, transforma una experiencia humana básica en una fuente constante de conflicto interno, pues el sujeto se confronta consigo mismo cada vez que algo le duele, se desajusta o deja de encajar.

Dicho de otro modo, no sufrimos porque el malestar exista, sino porque lo vivimos como ilegítimo. En lugar de entenderlo como una fase, un tránsito o un momento necesario del proceso vital, lo tratamos como una falla personal, y al hacerlo convertimos una experiencia transitoria en una condición persistente. Así, el rechazo sistemático del malestar no nos conduce al bienestar prometido, sino a una forma de sufrimiento más compleja y duradera.

No se trata, por supuesto, de idealizar el dolor ni de hacer del malestar una virtud moral. Se trata de reconocer que hay dimensiones de la experiencia humana que no pueden eliminarse sin eliminar, al mismo tiempo, la posibilidad de transformación. Negarlas no nos protege; nos limita. Y es ahí, precisamente ahí, donde se juega buena parte de lo que entendemos por desarrollo, madurez y capacidad de cambio.

Si usted se ha preguntado en algún momento de dónde o por qué nació esta sed posmoderna e insaciable de bienestar y felicidad, radicada en un positivismo a ultranza de difusión “memística” en todas las redes sociales y hasta en la sopa, es justamente de y por una creciente resistencia al malestar. Las nuevas generaciones son más frágiles en este sentido, por una cuestión meramente cultural.

Hoy la cultura nos impulsa a transitar sin escalas del malestar al: sé feliz, agradece y sigue adelante, ten buena actitud, sustitutos de los antiguos: no llores, no te pongas triste, no hagas drama, ya párale, solo que antes las distracciones no eran tantas ni los remedios tan instantáneos. En cualquier caso, lo que este “pase directo” pretende es ahorrarse el proceso de crecimiento, que siempre, siempre, e insisto, siempre, duele.

La invitación con todo tipo de frases alegres y positivas proviene en cada ocasión de quién no puede con sus propias emociones, menos con las ajenas. Lo mismo pasaba antes con las sentencias cortantes que mutilaban un proceso bruscamente.

Ahora puede usted comprender la importancia de la famosa inteligencia emocional, de la necesidad de entender el malestar como el verdadero motor de mejoramiento personal y de especie. No es el paso previo al bienestar. Es elorigen y la materia pima del proceso de cualquier tipo de desarrollo. No nacimos para ser felices, esa es una patraña posmoderna. Venimos a evolucionar.

 

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