Por Edna Dávila
La navidad llega cada año envuelta en luces, música y promesas de alegría. Pero más allá de los regalos, los brindis y las mesas llenas, existe una navidad silenciosa, íntima, que no se compra ni se decora: la que se vive por dentro.
Para los creyentes, es el misterio más luminoso de la fe cristiana: Dios que decide hacerse pequeño, cercano y humano. El nacimiento de Jesús no ocurre en un palacio, sino en un pesebre; no entre riquezas, sino en la sencillez absoluta. Y ahí, precisamente ahí, comienza todo.
En Belén, en una noche silenciosa, nace un niño que no trae poder, sino amor. Un niño que no impone, sino que invita. Jesús llega al mundo como una promesa viva, es la certeza de que Dios no se mantiene distante, sino que entra en nuestra historia para caminar con nosotros.
La navidad nos recuerda que Dios eligió la humildad como lenguaje. Eligió a María, una joven sencilla que dijo “sí” sin pensarlo, con el corazón lleno de fe. Eligió a José, que confió aun sin entender del todo. Eligió un pesebre para enseñarnos que lo sagrado no necesita grandeza, solo disponibilidad.
Esta es una temporada que nos invita a hacer una pausa. A bajar el ritmo. A mirar hacia adentro con la misma atención con la que miramos un árbol iluminado. En medio de un mundo que exige prisa, la navidad es esa pausa para revisar nuestro interior.
Es tiempo para el amor, la esperanza y la redención. El regreso a las cosas importantes reconciliaciones pendientes y versiones más conscientes de nosotros mismos. Es un recordatorio de que siempre es posible volver a empezar, incluso cuando el año ha sido pesado, y no entendimos todo, incluso cuando el corazón llega cansado.
Navidad es aprender a dar sin esperar, a escuchar sin interrumpir abriendo el corazón para entender al otro, a estar presentes sin distracciones. Es comprender que el verdadero regalo no viene en una caja con envoltura bontia, porque se manifiesta en gestos, en palabras y en silencios compartidos.
También es un tiempo para recordar. Para honrar a quienes ya no están, para agradecer a quienes siguen, y para reconocer cuánto hemos crecido, aun en medio de las dificultades.
La luz de la navidad no niega la oscuridad; es la fe de que es posible atravesarla con amor.
La magia de estas fechas no vive en lo extraordinario, sino en lo sencillo: en una conversación honesta, en una mesa compartida, en una disculpa ofrecida, en un abrazo que llega a tiempo.
Creyente o no, este año, quizá el mayor acto espiritual sea volver a lo esencial: amar más, juzgar menos, perdonar con valentía y sobre todo vivir con intención.





