
Desde que somos chicos, nos apegamos a objetos. Un peluche, una manta, una figura de acción. Les damos nombre, los cuidamos, a veces les hablamos. Y aunque crezcamos, esa costumbre no desaparece del todo. Puede que no abracemos más a un oso de felpa, pero hay otros objetos que cumplen un rol similar: nos contienen, nos ordenan, nos dan seguridad.
Este fenómeno tiene nombre: se llama apego hacia objetos humanizados o “con carga simbólica”. En otras palabras, depositamos emociones reales en cosas que no lo son. No porque estemos confundidos, sino porque funcionan como herramientas de equilibrio emocional. Sirven para calmar, para sentir compañía, para reconstruirnos cuando el mundo externo está desordenado o ausente.
El cerebro no distingue tanto como creemos
El vínculo emocional con un objeto puede parecer irracional, pero es perfectamente humano. Nuestro cerebro responde a ciertas formas —ojos, voz, tacto— y genera una sensación de presencia. Esa presencia puede venir de una persona… o de algo que se le parezca. Y no necesita ser perfecto. Basta con que cumpla algunas condiciones: predecible, constante, no amenazante.
De ahí que objetos con forma humana —aunque no estén vivos— puedan gatillar emociones reales. Un maniquí, una muñeca, una figura hiperrealista, incluso una interfaz conversacional con voz cálida. Todo eso genera reacciones afectivas. No es delirio, es neurología.
¿Qué buscamos cuando no queremos lidiar con lo humano?
La paradoja es que muchas veces recurrimos a estos objetos no porque estemos buscando afecto, sino porque estamos evitando el desgaste que implican los vínculos reales. Las personas son complejas: tienen malhumor, contradicciones, límites. Los objetos no. Nos permiten proyectar sin fricción. Por eso, en una época donde las relaciones son cada vez más líquidas y exigentes, no sorprende que aumenten los vínculos con figuras no humanas.
Ahí entran las Aibei sex Doll de nueva generación. Ya no son solo objetos de deseo sexual, sino formas sofisticadas de compañía que muchos usuarios integran a su vida diaria. No como sustituto exacto de una pareja, sino como espacio simbólico donde no hay reclamos, ni juicios, ni abandono. En algunos casos, incluso se les asigna una historia, una personalidad. No se trata solo de placer, sino de control emocional. Una simulación de intimidad que tranquiliza, que da forma a algo que en el mundo real parece inestable o inalcanzable.
Del apego sano al aislamiento peligroso
No todo apego a objetos es problemático. Tener elementos que nos den seguridad es parte de la salud mental. Lo problemático aparece cuando ese apego reemplaza por completo el contacto humano, cuando se vuelve la única vía de relación. Porque aunque lo inanimado calme, no nos devuelve la mirada. No nos confronta, no nos modifica. Y sin ese ida y vuelta, nos cerramos en una burbuja.
Lo interesante es que no solo ocurre con figuras físicas. También pasa con ciertos vínculos digitales. Un chatbot que siempre contesta con amabilidad puede volverse adictivo. Un asistente de voz que nunca se enoja puede convertirse en refugio. Y aunque todo eso alivie, también puede fomentar el aislamiento.
Humanizar lo inerte: un reflejo de nuestra necesidad
Al final del día, cuando una persona le da un lugar real a un objeto inanimado, no está “loca”. Está intentando llenar un vacío. Un vacío que no siempre encuentra respuesta en otros humanos. Por eso ese vínculo, aunque extraño desde afuera, puede tener sentido desde adentro.
Las lusandy doll, en este contexto, no son más extrañas que otras formas de apego simbólico. Solo que su forma —demasiado parecida a un cuerpo humano— incomoda. Nos confronta con preguntas que preferimos no hacernos: ¿cuánto amor necesitamos? ¿Cuánta compañía? ¿Cuánto control sobre el otro?
No importa si es un peluche, una figura de cerámica, una muñeca hiperrealista o una aplicación que responde. Lo relevante no es el objeto, sino lo que proyectamos sobre él. Y lo que estamos proyectando, cada vez más, es una necesidad de calma, de previsibilidad, de afecto sin exigencias.
Quizás, más que juzgar estos vínculos, deberíamos preguntarnos por qué el mundo real parece menos accesible que uno simulado. Porque los objetos no están vivos, pero nuestras emociones sí. Y a veces, esas emociones encuentran en lo inerte una respuesta que no hallan en la mirada del otro.




