Uno de los derechos garantizados, sobre todo en Occidente, es el del día de descanso. Esto no tuvo su origen en las luchas proletarias del siglo XIX; para ser honestos, proviene como herencia del pensamiento judeocristiano, que influyó en todas las instituciones y modeló esta sociedad. Cuando la Biblia narra la creación, dice: «el séptimo día Dios terminó su obra, bendijo este día, lo declaró sagrado y entró en su descanso de todo su trabajo en la creación» (Génesis 2,1-3). El día de descanso es, por lo tanto, sagrado, y el objetivo de este descanso era consagrar el día a través del culto divino. Se descansaba, por así decirlo, con Dios.
No obstante, varios filósofos contemporáneos, entre ellos Byung-Chul Han, denuncian una «sociedad del cansancio». En pocas palabras, la sociedad y las personas no estamos descansando. Médicos señalan que nuestro cuerpo necesita, para recuperar su sistema inmunológico y regenerar células, un descanso diario y sueño profundo. Pero esto no se está logrando. El frenesí de la vida nos está impidiendo descansar: una actividad tras otra, estamos haciendo una y ya pensando en la siguiente. En pocas palabras, sin descanso no se vive, pues descansar no es solo no hacer nada; va más allá de un simple reposo o inactividad.
Meditemos un poco de como estamos descansando, ya sea en las vacaciones o en el día de descanso: Habitualmente, se hacen viajes o paseos, o en casa nos empeñamos en reparaciones. Aclaro: esto está bien, no digo que sea malo, pero notamos que al terminar estos periodos terminamos más cansados. Ciertamente, coincido con quienes afirman que la sociedad está cansada y agotada porque no descansa, porque las personas que la integramos no estamos descansando.
En el día a día, los momentos libres a menudo se ocupan en el uso desenfrenado de las redes sociales, que presentan videos y contenido que no solo consumen tiempo, sino también energía. Se pasa rápidamente de video en video, y el cerebro se acostumbra a no poder estar atento por más de 15 segundos. Si tiene que poner atención, se agota, cae en la ansiedad, en el aburrimiento, y busca su compensación audiovisual en una diminuta pantalla. Ya ciertos estudios demuestran que es muy difícil, sobre todo para las nuevas generaciones, leer un libro de 200 páginas. El cerebro es un músculo que, si no se usa, si no se ejercita, si no reposa, se atrofia.
¿Qué podemos hacer? ¿Se aprende a descansar? ¿Dónde? Hay muchas cosas prácticas, como organizar un día o una semana con actividades concretas, bien definidas y realistas. También, disciplinarse para no perder tiempo en cosas que no nos agregan valor. En la sociedad del cansancio, se presentan muchos peligros que no se quieren ver. Por ejemplo, el deseo de ganar más y hacer menos, la compensación barata por el aburrimiento que genera la mediocridad, y algo que las empresas denuncian y sufren: la baja productividad, pues los trabajadores buscan momentos para revisar contenido en sus redes sociales, tiempo que afecta su labor y la calidad con la que se hace.
Son muchos los factores que generan esta sociedad del cansancio, yo que busco tratar de ver el todo, veo un factor clave que está en el origen; si el descanso semanal era para darle culto a la divinidad, pero hoy ya no es así, entonces ya no se descansa. Sé que la gran mayoría no estará de acuerdo conmigo, pero si pensamos holísticamente, ¿Porqué no reconocer este factor como una de las causas de la falta de un auténtico descanso?.
Por eso, si en la Biblia el descanso es una bendición, también puede volverse la peor de las condenas. Por ejemplo, en Hebreos 4,3 dice: «Juro que no entrarán en mi descanso». No tener descanso, no saber descansar, es un infierno. La vida es tan bella como para no gozarla por no descansar, y por no saber qué hacer en el día a día.





