A la mala costumbre…
Cuando era pequeña vivíamos en una casa del centro de Saltillo, una construcción de adobe y ladrillos, en la que mi hermana y yo buscábamos algún huequito de la pared para comernos la tierra. En cierta ocasión mi madre se quejó con mi abuela de este mal hábito, por lo que mi abuelita le recomendó que moliera chile en el molcajete y lo embarrara en las partes que había detectado que comíamos. Más tarde, cuando mi hermana y yo corríamos enchiladas a la cocina mi abuela exclamó: «a la mala costumbre, quebrarle las piernas» mientras nos extendía un vaso con agua.
La semana pasada en Ciudad Acuña, Coahuila, un fotógrafo identificado como César o Cesáreo «N» fue aprehendido luego de la denuncia por violación a una menor de 13 años, además, se encontró material de pornografía infantil en su domicilio, mismo que utilizaba como estudio fotográfico.
También fue detenida la madre de la menor, Luz María «N» por ser ella misma quién permitía el abuso hacia su hija, por lo que enfrenta el cargo de trata de personas.
El feminismo trata de exponer y analizar la composición de la sociedad y entender que el enemigo es el patriarcado, que se sirve del machismo y el capitalismo para seguir oprimiendo a mujeres de todas las edades, en este sentido, es la composición de esta sociedad, la que presta las facilidades para que ocurran casos como este, bajo la premisa de que existe un sexo superior a otro y de que los individuos somos libres de comerciar con todo, inclusive nuestra imagen o nuestros cuerpos.
Es así, que se permite ver a las mujeres como mercancías y objetos de consumo, algo muy normalizado a causa de la prostitución y la pornografía, el horror viene cuando la explotación la favorece la propia madre figura que debería proteger y procurar el bienestar de sus hijos, sin embargo, lo que en Ciudad Acuña se denomina trata de personas, en las comunidades indígenas se considera «Usos y Costumbres»
Según datos de la UNICEF, México se encuentra en el segundo lugar en América Latina y décimo en el mundo, en tener mayor número de matrimonios infantiles, a pesar de los esfuerzos por establecer la prohibición de éstas prácticas en las leyes, la realidad es que se estima que más de 10 millones de niñas y adolescentes se encuentran dentro del matrimonio, sin embargo, la práctica se ha extendido a uniones informales por lo que el número pudiera ser mucho mayor. Son millones las niñas y jóvenes a quiénes se les están truncando sus sueños y se violentan sus derechos humanos.
La activista por los derechos de las niñas y mujeres indígenas en México, Eufrosina Cruz Mendoza, señala que, “origen no es destino” haciendo hincapié en que a pesar de las adversidades que enfrentan las niñas y adolescentes dentro de sus comunidades, existe otro mundo y otras posibilidades más allá del matrimonio al que son obligadas.
Cabe entonces preguntarse, ¿porqué las menores que son obligadas a contraer matrimonio con otros menores o adultos no pueden interponer una denuncia por abuso, violación o trata? ¿Qué hay de maravilloso en preservar la costumbre de cambiar a una hija por dinero, cabezas de ganado y otros bienes materiales? ¿Porqué disfrazamos bajo el nombre de “Uso y Costumbre” a una conducta delictiva?
Cómo diría mi abuela «a la mala costumbre, quebrarle las piernas», es momento de replantearnos como sociedad el valor que le damos a las niñas y adolescentes en México, no importa en qué región del país se encuentren.
También es necesario cuestionarnos dónde estamos poniendo mayor atención, si bien es cierto que la prevención forma parte de la política criminal no lo es todo. Enfocarnos en dirigir mensajes a la ciudadanía, como el que en entrevista para Vanguardia, y a raíz del caso de Ciudad Acuña anteriormente citado, comunicó el abogado, Sergio Alor Osorio opinando sobre el aumento de casos de violación y estupro en la región, señaló que “Aunque las causas son diversas, una de las principales es la falta de supervisión por parte de los padres y el libre acceso a redes sociales, páginas pornográficas y sitios donde se promueve el uso de drogas”, este tipo de mensajes contribuye a centrarnos en culpabilizar y revictimizar. Mientras las leyes sean laxas y los mecanismos de acceso a la justicia se encuentren entorpecidos, los agresores continuarán con el velo de impunidad con que se han mantenido todos estos años. No basta con voltear a ver a las víctimas y decirles qué no hacer para ponerse en esas situaciones lo que, como ya dije antes, es revictimizarlos; es necesario que la justicia llegue para todas y que los señalamientos se hagan sobre las conductas inapropiadas de aquellos que violentan los derechos humanos de las niñas y adolescentes de nuestro país.
Tenemos por costumbre criticar y juzgar a las familias, a las adolescentes, al internet y otras tecnologías, a todo menos a los agresores, a quienes expiamos de toda culpa antes de siquiera ser juzgados, para muestra, el reciente caso de Ivet Playa, quién expuso a través de un video que rápidamente se hizo viral al cantautor Alejandro Sanz.
En su relato, Ivet detalla que era apenas una adolescente cuando se involucró con el artista quien ya tenía casi 50 años de edad, por lo que muchas personas se han volcado en contra de ella y su familia y no, en contra de las prácticas abusivas de un pederasta.
Cómo diría mi abuela “a la mala costumbre, quebrarle las piernas”, y si empezamos a cuestionar ¿porqué los adultos se interesan en niños y adolescentes para entablar con ellos relaciones sexuales? Adoptemos la costumbre de cuestionar y encarar a los agresores. Quizá encontremos más respuestas en los perpetradores y no en las víctimas.





