Creo estimado lector, que estará de acuerdo conmigo en que es desagradable escuchar que nos digan lo que se debe de hacer, y más aún, recibir el reproche de porque no se hizo y de responder de las consecuencias producidas por las acciones equivocadas. Una de las razones que hace desagradable la instrucción es porque quita la ignorancia, el que ignora tiene el escudo de la inocencia que protege, exime y excusa. Cuando se tiene que dar cuenta de las acciones malas que se ha causado, la respuesta es muy sencilla: “Yo no sabía, a mí nadie me dijo nada, ¿Cómo quieren que actuara bien si yo no sabía que lo que estaba haciendo era malo?”.
Se entiende por ignorancia la ausencia de conocimientos. En su raíz latina “ignotus”, como verbo (ignoro) significa desconocer, no tener información, pero como sustantivo (ignorantia) hace referencia a una condición en la que un individuo se halla desinformado por motivos de dejadez, apatía, que ni siquiera se es consciente que desconoce. Para San Agustín había una ignorancia “sabia”, que era aquella en la que una persona era consciente de sus limitaciones y que no lo sabe todo; y está la llamada ignorancia profunda, que es aquella en la que el individuo se considera que sabe, cuando en realidad no sabe. Para Santo Tomás de Aquino, retomando a San Agustín, la ignorancia sabia daba origen a la inocencia que es una virtud, mientras que la ignorancia profunda genera ingenuidad que es un vicio.
La ignorancia es un mal mortal, ya lo dice la Biblia “Mi pueblo perece por la ignorancia” (Oseas capítulo 4 versículo 6), quien realmente ama a la humanidad, ve que la ignorancia es oscuridad. El ignorante razona ciegamente, esto lo vió muy claro Aristóteles al afirmar que la ignorancia puede ser causa de actos errados, pues está privada del conocimiento perfectivo de la razón que dirige los actos humanos. Ante las tristes noticias que a diario sacuden a la sociedad de nuestro país, y que son mundialmente conocidas, veo que la gente se está anestesiando, es decir, está perdiendo la sensibilidad y la capacidad de reaccionar antes estos dolorosos acontecimientos. Estamos viendo como el tejido social además de roto, está podrido, pero no se quiere reconocer la causa profunda que lo ha generado, y esto tiene mucho de ignorancia.
La ignorancia hace ver las cosas buenas como malas, y las malas como buenas, y lleva a la normalización de lo anormal, a enorgullecerse de lo que se debería de avergonzar. Pero hoy hemos llegado al grado de no solo saber qué lo malo es malo, sino que sabiéndolo, aún así preferirlo. Una vez pregunté a una persona muy sabia: ¿Qué es peor, un corazón corrompido o una mente pervertida?. Él me respondió: es peor una mente pervertida, pues si la mente busca la verdad y el bien, la mente puede guiar al corazón, pero si la mente no reconoce que está actuando mal, nada la podrá conducir.
En mi humilde opinión, no querer conocer la verdad y permanecer en la ignorancia es una terrible tentación. Se debe recuperar la ética y la moral que fueron los pilares de nuestra civilización, porque en realidad veo que mas de tres generaciones ya no las conocen; existen excelentes manuales, el conocimiento está a nuestra disposición como nunca, pero falta la disponibilidad de aprender y vivir correctamente. Afortunadamente, aunque no podamos cambiar el mundo, si haremos mucho cambiando para bien nuestras vidas, esto a la larga, con paciencia influirá positivamente en las personas que nos rodean. Recuperemos el valor de la Verdad, pues solo la Verdad nos hará libres, y también felices.
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