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viernes 17 noviembre 2017
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HABLEMOS DE LA MUERTE

TERESA GURZA 

En memoria de mi querida hermana Beatríz, recientemente fallecida y partidaria de morir con dignidad. 

Bajo la premisa de que evitar hablar de la propia muerte, solo ha servido para estar mal preparados cuando tengamos que enfrentarla; y buscando “experimentar la plenitud hasta el minuto final”, se realizó hace pocos días el Primer Coloquio Internacional sobre el Derecho a una Muerte con Dignidad (DMD); organización que preside, la doctora Amparo Espinosa Rugarcía.

Convocados por ella, especialistas de México, Holanda, Estados Unidos, España, y Colombia, explicaron que vivimos en una época en la que el desarrollo científico y tecnológico, ha dado a la medicina infinidad de medios para alargar la vida; pero que no siempre se hace, en las condiciones que quisiéramos.

Añadieron que la sociedad se ha acostumbrado a trasladar el proceso de enfermedad del hogar al hospital, incluso cuando ya no hay forma de mejorar la situación clínica; y que todos hemos visto a seres queridos sufrir al final de sus vidas, de una forma que podría haberse evitado tomando las decisiones adecuadas.

Que hasta hace pocos años, se temía que la muerte llegara demasiado pronto; pero que ahora, el miedo es que llegue demasiado tarde y en medio de padecimientos insoportables.

Y que para poder llegar más preparados al momento de esa experiencia suprema que es la muerte, es indispensable contar con información sobre las opciones que hoy se brindan, para elegir el mejor final de vida posible.

“No morir, no es una opción válida; pero sí lo es, el poder definir cómo queremos que sea nuestro fin”.

Hablaron de que la preocupación por resolver la disyuntiva entre una muerte digna y una indigna, es prácticamente universal; y de los médicos que investigan y luchan para poder proporcionar a enfermos terminales cuidados paliativos, que incluyen profunda sedación; o acompañarlos en muertes asistidas y eutanasia.

Los doctores Rob Jonquiere, de Holanda; Faye Girsh, de San Diego, California; Frances Kissling, de Washington, EU; Javier Sadaba, de España; Carmenza Ochoa, de Colombia y la mexicana Asunción Álvarez del Río, son algunos de esos valientes pioneros y fueron panelistas en este Primer Congreso.

Coincidieron en que las encuestas muestran. que la mayoría de la población acepta el derecho de cada quien, a decidir cómo quiere morir.

Precisaron las dificultades y trabas legales que hay que superar para poder garantizar a todos, y no solo a los ricos que pueden pagar personal médico que los ayuda, la opción de morir pacíficamente y sin sufrimiento.

Y se refirieron a la persecución que han tenido que soportar los partidarios de estas tesis; y al arduo camino plagado de tabúes, creencias y tecnicismos, que han debido recorrer.

Fueron moderadores del encuentro, Bernardo Barranco que expresó que la idea de muerte está profundamente ligado a las culturas indígenas de México porque parten de que la vida es finita; y Jesús Silva-Herzog Márquez, quien sostuvo que, para decidir con libertad es necesario quitarnos los temores.

Especialmente interesante, me pareció la ponencia de la doctora Frances Kissling presidenta del Centro para la Salud, la Ética y la Política Social, de Washington DC, que habló del pensamiento de la jerarquía católica respecto de los cuidados paliativos, suicidio y eutanasia; y de su insistencia para inculcar a los creyentes, que el sufrimiento da méritos y redime y que mientras más padezcamos en esta vida, mayor gloria alcanzaremos en la otra.

Puso de ejemplo la situación del Papa Juan Pablo II en sus últimos meses; y la absurda actitud eclesiástica que presentaba su sufrimiento, como enseñanza de supremo valor para agradar a Dios y llegar a sitios más altos en el cielo.

Como contraste, evocó la importancia de la conciencia individual en la toma de decisiones esenciales, entre ellas la de un buen morir; concluyendo que la jerarquía católica, debiera asumir un rol de acompañamiento hacía los enfermos terminales y aceptar que se les ayude a tener una muerte tranquila, sin angustias ni sufrimientos.

Sus palabras me recordaron mi miedo de niña a enfermarme y “durar”; provocado por lo que decían los adultos al comentar la gravedad de algún pariente, con un “el doctor dice que puede durar (equis) meses”.

Afortunadamente las cosas van cambiando y ahora podemos firmar el documento de Voluntad Anticipada, que impedirá que nos vayamos sin poder compartir esos momentos definitivos con nuestros familiares, por estar entubados y rodeados de extraños en salas de terapia intensiva.

Y dejándolos, además, en la ruina económica.