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viernes 17 noviembre 2017
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El último artículo que escribió Juan Rulfo

El siguiente artículo es el último que escribió el escritor mexicano Juan Rulfo, en marzo de 1985, en exclusiva para la Agencia EFE y su sección de “Grandes Firmas”. El 9 de enero de 1986,  dos días después del fallecimiento del genial escritor, El Heraldo de Saltillo lo reprodujo en su edición de ese día; y hoy 31 años después, lo volvemos a publicar, como parte de la conmemoración al cumplirse en éste 2017 el centenario de su nacimiento.  

Pedro Páramo, treinta años después

 Por Juan Rulfo

MÉXICO, DF. Mis amigos de la agencia EFE me recuerdan que Pedro Páramo cumplió treinta años este mes de marzo. “Pedro Páramo” y “El Llano en llamas”, han caminado por el mundo no gracias a mí, sino a los lectores con quienes ahora deseo compartir mi experiencia. Nunca me imaginé el destino de esos libros. Los hice para que los leyeran dos o tres amigos, o más bien por necesidad.

En 1933, cuando llegué a la Ciudad de México, aun no tenía quince años. En la preparatoria no me revalidaron mis estudios de Guadalajara y solo pude asistir como oyente. Viví al cuidado de un tío, el Coronel Pérez Rulfo, en el Molino del Rey: escenario que fue una batalla durante la invasión norteamericana de 1847 y hoy es un cuartel de guardias presidenciales junto a la residencia de los Pinos. Mi jardín era todo el bosque de Chapultepec. En él podía caminar a solas y leer.

No conocía a nadie. Convivía con la soledad, hablaba con ella, pasaba las noches con mi angustia y mi conciencia. Hallé un empleo en la oficina de migración y me puse a escribir una novela para librarme de aquellas sensaciones. De “El Hijo del Desaliento”, sólo quedó un capítulo aparecido mucho tiempo después como “un pedazo de noche”.

Tuve la fortuna de que en migración trabajará también Efrén Hernández, poeta, cuentista, autor de “tachas” y director de “América”. Efrén se enteró, no sé cómo, de que me gustaba escribir en secreto y me animo a enseñarle mis páginas. A él le debo mi primera publicación, “La vida no es muy seria en sus cosas”.

No soy un escritor urbano. Quería otras historias, las que imaginaba a partir de lo que vi y escuché en mi pueblo y entre mi gente. Hice “Nos han dado la tierra” y “Macario”. En 1945 Juan José Arreola y Antonio Latorre publicaron estos cuentos en la revista “PAN” de Guadalajara.

En la posguerra entre como agente viajero en la Goodrich-Euzkadi. Conocí toda la República, pero tarde tres años en dar otra colaboración. “La cuesta de las comadres”, a la revista “América”. Efrén Hernández logró sacarme también “Talpa” y “El Llano en Llamas” en 1950 y “Diles que no me maten” en 1951.

Al año siguiente Arnaldo Orfila Reynal, Joaquín Díez Cañedo y Ali Chumacero iniciaron en el fondo de cultura económica la serie “Letras Mexicanas”, me pidieron mis cuentos y, con el título de “El Llano en Llamas”, el volumen empezó a circular en 1953. Acababa de establecerse el Centro Mexicano de Escritores con parte de la segunda promoción de Becarios, con Arreola, Chumacero, Ricardo Garibay, Miguel Guardia y Luisa Josefina Hernández. Cada miércoles por la tarde nos reuníamos a leer y criticar nuestros textos en una casa de la avenida Yucatán. Presidían las sesiones Margaret Shedd, directora del centro y su coordinador, Ramón Xirau.

En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que, durante muchos años, había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmosfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía donde salieron las instituciones a las que debo “Pedro Páramo” fue como si alguien me lo dictará, de pronto a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules.

Al llegar a casa después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno y escribía a mano, con pluma fuente Sheafferd y en tinta verde, dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente, en cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní trescientas páginas, conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas.

Llegué a hacer otras tres versiones que consistieron en reducir a la mitad aquellas trescientas páginas. Eliminé toda divagación y borré completamente las intromisiones del autor.

Arnaldo Orfila me urgía a entregarle el libro. Yo estaba confuso e indeciso. En las sesiones del centro, Arreola, Chumacero, la señora SHEDD y Xirau me decían: “vas muy bien”. Miguel Guardia encontraba en el manuscrito solo un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir en que mi libro era una porquería.

Coincidieron con que algunos jóvenes escritores invitados a nuestras sesiones, por ejemplo, el poeta guatemalteco Otto Raúl González me aconsejo leer novelas antes de sentarme a escribir una. Leer novelas es lo que había hecho toda mi vida. Otros encontraban mis páginas “Muy faulknerianas”, pero en aquel entonces yo aún no leía a Faulkner.

No tengo nada que reprocharles a mis escritos. Era difícil aceptar una novela que presentaba, con apariencia realista, como la historia de un cacique y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta donde todos están muertos. Incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio.

El manuscrito se llamó sucesivamente “Los murmullos” y “Una estrella junto a la luna”. Al fin en septiembre de 1954, fue entregado al fondo de cultura económica. Se le tituló: “Pedro Páramo”. En marzo de 1955 apareció en una edición de dos mil ejemplares. Archibaldo Burns hizo la primera reseña, negativa, en “México en la cultura”, el gran suplemento que dirigía en aquellos años Fernando Benítez con el título de “Pedro Páramo o la canción y la gallina” que jamás supe que diantres significaba.

En la “Revista de la Universidad” el propio Ali Chumacero comento que a “Pedro Páramo” le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Pensé que era algo injusto; pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le dije a mi querido amigo Ali, “Eres el Jefe de Producción del fondo y escribes que el libro no es bueno”. Ali me contestó: “No te preocupes, de todos modos, no se venderá”. Y así fue: unos mil ejemplares, tardaron en venderse cuatro años. El resto se agotó regalándolos a quienes me lo pedían.

Pasé los dos años siguientes en Veracruz, en la comisión del Papaloapan. Al volver me encontré con artículos como los de Carlos Blanco Aguinaga, Carlos Fuentes y Octavio Paz, y supe que Mariana Frenk estaba traduciendo “Pedro Páramo” al alemán, Lysander Kemp al inglés, Roger Lescto al francés y Jean Lechner al holandés.

Cuando escribía en mi departamento de Nazas 84, en un edificio donde habitaban también el pintor coronel y la poetisa Eunice Odio, no me imaginaba que treinta años después el producto de mi obsesión sería leído incluso en turco, en griego, en chino y en ucraniano. El mérito no es mío, cuando escribí “Pedro Páramo” no solo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio.

En lo más íntimo, “Pedro Páramo” nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan. Susana San Juan no existió nunca: fue pensada a partir de una muchachita a la que conocí brevemente cuando yo tenía treinta años, ella nunca lo supo y no hemos vuelto a encontrarnos en lo que llevo de vida. (JUAN RULFO)