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lunes 20 noviembre 2017
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“ASESINATO EN EL EXPRESO DE ORIENTE”

VÍCTOR BÓRQUEZ NÚÑEZ 

La célebre obra literaria de Agatha Christie es revisitada por el director y actor inglés Kenneth Branagh que, sin opacar la versión de Sídney Lumet de 1974, resulta un trabajo fascinante en lo visual, en el manejo de la cámara y en el esbozo de un clima ominoso y claustrofóbico donde el detective Hercule Poirot debe –una vez más- demostrar sus capacidades para resolver un crimen ocurrido en medio de la noche a bordo de un tren lujoso.

 Los textos de Agatha Christie, en especial ‘Asesinato en el Expreso de Oriente’, escrito en 1934, siempre han tenido un especial atractivo para los directores de cine, logrando magníficas versiones con los trabajos de Sidney Lumet que hizo una muy correcta adaptación de la obra en 1974, apoyado con un reparto notable en donde una afeada Ingrid Bergman logró un Óscar a la mejor interpretación de reparto. Para muchos, esta película de Lumet es la mejor versión que se ha hecho de esta novela.

Esta nueva puesta en imágenes del clásico literario, con el detective Hercule Poirot a la cabeza, intenta de alguna manera emular aquella película de los años setenta, tanto en la cantidad de estrellas poniendo cara de sospechoso y en el aspecto visual, elegante, frío y sacando el mayor provecho del limitado escenario en que transcurre -un tren que ha quedado detenido en medio de la nieve producto de un terrible crimen ocurrido en la noche-, logrando en parte la fascinación que ejerce la típica fórmula de Agatha Christie: todos pueden ser culpable hasta que Monsieur Poirot sea capaz de atar los cabos sueltos y dar con la solución del puzzle policial.

Es indudable que “Asesinato en el Expreso de Oriente” es un clásico de la literatura de misterio, adaptada dos veces: un telefilm de 2001 (donde Alfred Molina asumía el rol del mítico detective) y la ya mencionada película de 1974 dirigida por Sidney Lumet, un buen realizador que tiene al menos dos clásicos a su haber, “Tarde de Perros” y “Serpico”, con una soberbia protagonización de Albert Finney.

Conviene destacar, a modo de fundamentar las inevitables comparaciones, que aquella película de 1974 fue aclamada por la crítica, alcanzó seis nominaciones a los premios Oscar, logrando el de Mejor Actriz de Reparto por la inusual transformación que afeaba a una Ingrid Bergman, en un rol atípico como misionera tartamuda y sospechosa también del asesinato ocurrido en pleno viaje del tren.

El filme actual tiene también un elenco plagado de estrellas y el relato mantiene un indudable atractivo en su visualidad, en el diseño de escenarios y en sus vestuarios y maquillajes, respetando el espíritu de la novela que sirve de base.

Sin embargo ambas películas son productos diferentes, en especial porque el director y también actor Kenneth Branagh, ha puesto ciertos énfasis en situaciones que escapan de la base literaria.

Branagh tiene una importante labor como realizador en “Henry V”, “Frankenstein”, y “Hamlet”, siendo reconocido como un director elegante y clásico, con fuerte apego a las fuentes culturales inglesas y entregó la responsabilidad en la elaboración del guion a Michael Green, quien tuvo buenos resultados con “Blade Runner 2049″, y “Logan”, del universo cinematográfico de los X-Men.

A estas alturas deben ser pocos los que no conozcan la estructura del relato fílmico: el filme narra la historia que transcurre arriba del legendario Expreso Oriente, a bordo del que ocurre un asesinato. Como dicta la norma, el detective Poirot es uno de los pasajeros y se ve obligado a dejar de lado sus vacaciones para desentrañar el caso en donde hay demasiados sospechosos. Así, toda la intriga gira en torno a un muerto, un espacio reducido y la presencia de un grupo muy selecto que está sospechoso del asesinato.

Fiel al esquema literario, el filme respeta una estructura clásica, donde existen tres actos bien delimitados: un prólogo, que sirve de introducción para presentar al detective, que acaba de resolver un robo en Medio Oriente. Aquí, Poirot es mostrado como un personaje bastante cómico, obsesionado por el orden y defensor hasta las últimas consecuencias de su método deductivo, manteniendo siempre la elegancia cuando enfrenta a cada sospechoso y extrae testimonios de cada uno de ellos.

Luego de ese prólogo, toda la acción se traslada a Estambul, donde toma conocimiento que debe regresar de inmediato a Londres por otro caso, acudiendo a su amigo Bouc (Tom Bateman), quien le consigue un lugar en el Expreso de Oriente, que se caracteriza por una elegancia realmente impresionante.

Mediante un hermoso plano secuencia, entran en escena algunos de los personajes que tendrán relación con el detective y se nos permite observar con sumo cuidado los movimientos del protagonista desde que entra a la estación hasta que aborda el tren.

En el segundo acto (el mejor) ocurre el asesinato, situación que obliga al detective a intervenir, debiendo investigar a todos los pasajeros del tren, utilizando para ello conversaciones que terminan siendo interrogatorios, manteniendo desde luego el espíritu original de la novela.

Lo que resta calidad al conjunto es el tono melodramático de algunas secuencias y la tendencia teatral que le imprime el director, sobre todo en el último tercio de la película, debilitando lo que era clave: el suspenso por saber quién es el asesino en ese tren lujoso que se encuentra detenido en medio de la nieve. Esta exageración es producto del intenso trabajo del realizador con el teatro shakesperiano, aunque se entiende que es la fórmula por él empleada para sacar adelante la dirección de actores y darle a cada uno su momento estelar.

La película cuenta con una lograda estética, un brillante trabajo en el manejo de cámara y un elenco multiestelar que no tiene nada que envidiar a la película de1974. Tiene falencias evidentes, sobre todo en la tendencia a explicar demasiado, a dejar todo resuelto. En definitiva: no es una obra maestra, pero cuenta con el aliento del cine clásico que concede elegancia, trabaja con esmero los detalles y entretiene sin complejos, lo que constituye una virtud que nadie puede desechar. Buena.