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viernes 17 noviembre 2017
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Los ateneístas, el elemento esencial de la institución

A lo largo de 150 años la institución Ateneo Fuente ha sido testigo y cómplice de una y mil aventuras de quienes pasaron ahí una etapa importante de sus vidas, ya sea como docentes, administrativos o como alumnos, publicó Infonor.

Es justo el recuerdo de aquellos que vivieron y sintieron a este plantel lo que le da parte muy importante de la trascendencia que ha logrado.

La libertad es el elemento más valorado por diferentes generaciones, ya que se trata de la condición fundamental que caracteriza la formación que recibieron en la institución, y no sólo se trata de la libertad de cátedra que los docentes saben aprovechar, sino de, incluso, las características arquitectónicas de la escuela que permitió y aún permite el poder de decisión de cada uno de los alumnos.

“El Ateneo es muy libre, ni siquiera había rejas, éramos libres de abandonar el plantel cuando se nos antojara, tan así que creo yo que eso propiciaba una criba sana en cuanto a deserciones, el prefecto no los andaba persiguiendo, eran tantos alumnos que si uno se las quería correr, nadie le iba a decir nada porque a lo mejor tenía la hora libre, los que permanecimos y sobrevivimos hasta la graduación quiere decir que teníamos el ahínco, el propósito de estudiar así que no lo desaprovechamos pero sí había deserción, recuerdo que entramos alrededor de 900, en mi generación y no nos graduamos poquito más de 400, entonces es una criba interesante”.

Así lo recuerda Alejandro Reyes Valdez, distinguido pianista y coach vocal, quien en 1997 culminó sus estudios en el Ateneo Fuente, formando parte de la generación 130 y quien coincide con Norma A. de Finnerty, egresada en 1981 pero quien actualmente reside en Arizona, “Lo que más añoro es la libertad que sentía en medio de nuestro compromiso y responsabilidades como estudiantes”.

33 años antes de que Alejandro culminara sus estudios de bachillerato en esta escuela lo hizo su suegra, Amelia Valero Ortiz, destacada abogada saltillense que formó parte de las primeras generaciones en las que se podían ver la presencia de mujeres en el Ateneo, ya que al formar parte de la generación número 97, le correspondió integrar a las mujeres que se esforzaron por abrir camino a su género en todos los ámbitos de desarrollo.

“El ambiente era de muchísimo respeto, de hecho era de carácter obligatorio que los maestros les decían al empezar los años escolares a los muchachos, que nos debían todo el respeto, cada quien a su manera, me acuerdo que el licenciado Moncada por ejemplo y el licenciado Cordero les decían a los compañeros con mucha energía, -mucho respeto porque son mujercitas y a la mujer ni con el pétalo de una rosa se le toca y cuiden su lengua cuando estén hablando entre ustedes y esté una dama presente-, eran reglas que estaban fuera de su cátedra, los más románticos nos decían, como el de Literatura Universal que era el licenciado Federico Leonardo González Nañez, él decía, -las muchachas son las flores del Ateneo-, era una cosa hermosísima que le hacían a uno sentirse realmente importante y respetable”.

Los recuerdos del Ateneo que incluyen el anuario que se integró de su generación forman parte del tesoro que guarda la licenciada Valero y que aprovecha para compartir con sus hijos. “Yo le platicó a mi hija y me dice, mami, me encanta que me platiques, yo todo lo imagino en blanco y negro”, comparte.

El elemento más importante que logró que el Ateneo por muchos años se convirtiera en referente académico, según considera la ex ateneísta Valero, es la pasión de sus docentes que no eran maestros de profesión pero sí especialistas en las materias que impartían.

Por ejemplo, “el licenciado Gutiérrez Dávila que era abogado, era como un padre, con un humor increíble que tenía y al mismo tiempo nos enseñaba Sociología, sus clases eran muy divertidas porque cuando íbamos a presentar el examen, ya con la hoja de papel ministro que nos vendían en el estanquillo de afuera, decía, -el que me conteste esta pregunta tiene un 10- hacía la pregunta y todos con los brazos levantados, ya le preguntaba a un afortunado y ya cuando contestaba correctamente les decía, -muy bien- y luego se metía la mano al bolsillo y le daba un ‘diecillo’”.

El licenciado Moncada que impartía Lógica y Ética que era contundente en su forma de enseñanza lo que provocaba emoción en el alumnado pero a la vez divertido ya que recuerda que en una ocasión, cuidando las formas, retiró a uno de los compañeros del salón por no haber cumplido con sus tareas.

Lo pasó al pizarrón y le indicó que dibujara una línea horizontal y continuara hasta que él le indicara, la raya la estaba haciendo en dirección a la puerta del salón hasta donde el licenciado Moncada le indicó que parara para luego solicitarle que cerrara la puerta por fuera.

“Sígale, sígale, se acababa el pizarrón y el muchacho volteaba, sígale, hasta que lo echó del salón, ahora cierre la puerta”.

Y entre generaciones más recientes el recuerdo de los maestros de ciencias exactas García Rico, a quien apodaban “La Coyota”, y “El Camarón”, a quienes se les distingue por su carácter recio y su duro método de enseñanza.

Incluso según recuerda Erika Flores Padilla, egresada en 1994, formando parte de la generación 127, el nivel de exigencia iba más allá de la impartición de su materia, “mi maestro “La Coyota” me regañó una vez por ir vestida de encaje negro a la escuela, me indicó que nunca volviera a usar ese tipo de ropa en el plantel”.

Los recuerdos de Érika en el Ateneo Fuente se siguen incrementando día con día, ya que es actualmente la coordinadora de la Pinacoteca de la institución y relata que los espacios abiertos que ofrece el plantel, siguen siendo emblemáticos y forman parte importante de la formación de los jóvenes ya que son utilizados como lugar de estudio y recreación.

Y es que el imponente y simbólico edificio es, para muchos, uno de los atractivos que los hizo buscar la oportunidad de ingresar a esta escuela, “el edificio me encanta, su arquitectura es preciosa. Me encanta mostrarlo a gente que visita Saltillo y ahora a mis hijas porque me siento orgullosa de él”, comenta Norma.

Pero por dentro, la amplitud de sus instalaciones representaban y siguen representando un desafío para los estudiantes, “cada materia tenía su salón y era todo un reto llegar a tiempo de una clase a otra”, cuenta María Eugenia Martínez, egresada hace 31 años.

El diseño arquitectónico del edificio actual, en el cual han pasado sólo 66 generaciones en la historia del Ateneo Fuente que suma ya 150 años, sigue atesorando vivencias de jóvenes y personas que al dejar parte de su vida en él, fortalecen aún más los cimientos que lo mantienen en pie, y que al mismo tiempo incrementan el orgullo de miles de daneses. (INFONOR)