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jueves 21 septiembre 2017
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La cultura no hace a uno superior a nadie, es sólo un gusto que nos enriquece la visión del mundo: Javier Villarreal

 

 Uno de los fundadores de El Heraldo recuerda su trayectoria como periodista

           POR JOSÉ TORRES ANGUIANO

El Martes Santo de 1969, un joven reportero se encontraba tomando un café en compañía de su fotógrafo, en Monclova, Coahuila, cuando de repente les llegó la noticia de que en una mina de Barroterán, en Múzquiz, había sucedido un fatal accidente. Sin imaginarlo, aquel periodista apresurado fue hasta el lugar de los hechos a obtener la información para después dar a conocer aquel lamentable hecho: alrededor de 160 mineros perdieron la vida tras una explosión en una mina de carbón.

Aquella noticia dio la vuelta al mundo, decenas de medios de prestigio comenzaron a contactar al reportero para que fungiera como su corresponsal en aquella tragedia, y aunque entonces trabajaba para Excélsior, su nombre apareció en la nota que daban al día siguiente diferentes periódicos de México, incluso en el New York Times, y hasta tuvo que participar en un enlace para Jacobo Zabludosky. Se trataba de Javier Villarreal Lozano, convertido ahora en un decano del periodismo coahuilense.

Aquel ha sido, según el propio Javier Villarreal, uno de los momentos, periodísticamente hablando, más importante de su vida.

Pero hablar del maestro Javier Villarreal no es sólo referirse al periodismo. Villarreal Lozano es también un ávido lector;  un historiador enamorado de Coahuila; un apasionado catedrático y un escritor con una pluma valiosa.

Saltillense por nacimiento, miembro de una familia con predilección por la cultura y la literatura, hijo de un melómano y una lectora voraz. Ni como negar, como dice el lenguaje popular, “la cruz de su parroquia”, si la pasión por la cultura y el arte están en sus genes.

Gracias a su madre, Javier fue un prematuro lector, pues antes de que entrara a estudiar la primaria en el Colegio Zaragoza, ya sabía leer. Su mamá le decía una frase que recuerda hasta la fecha: “Los perros dan dos vueltas y se echan, y los seres humanos leen y se duermen”.

Fue debido a empezar su gusto por la lectura a edad temprana que el pequeño Javier recibió de su abuelo una de las dos grandes lecciones.

Cuenta en entrevista con EL HERALDO, que en alguna ocasión visitó a su abuelo Gustavo Villarreal Rodríguez para buscar algún libro que leer en su gran biblioteca, y al llegar a la casa de los abuelos, aquel novel lector, encontró a una joven que trabajaba en los quehaceres del hogar, de algunos 16 años de edad, y ante su emoción por presumir de su nueva habilidad, le preguntó a la trabajadora si sabía leer. Y para sorpresa de Javier la mucama contestó que no.

Aquel inquieto niño lector corrió al estudio de su abuelo Gustavo y le contó lo sucedido: la muchacha no sabe leer.

Su abuelo, volteó a verlo y le hizo una pregunta de una sola letra ¿Y?

“Y hago la pregunta más estúpida de mi vida, que fue, ¿Y qué se sentirá no saber leer?, entonces mi abuelo se levantó, agarró un volumen de Jenofonte (un filósofo e historiador) escrito totalmente en griego (idioma que por supuesto no conocía Javier), y le escucho decir la única palabra mal sonante: ‘¿Quieres saber lo que se siente no saber leer? Pues esto cabrón’ (le dijo su abuelo mientras ponía sobre la mesa aquel libro)” relata.

“Estaba todo en griego, pues cuándo iba yo a entender”, agrega.

 

ENAMORADO DE LA HISTORIA

 Javier Villarreal es Licenciado en Artes Plásticas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuando estaba en preparatoria fue que decidió que eso era lo que estudiaría; le dijo a su padre que quería ser pintor, y contra todo pronóstico, aceptó.

Se fue a México a estudiar, a la escuela de San Carlos, en donde aprendió de grandes maestros de la pintura mexicana.

“Aprendo muchas cosas. Aprendo especialmente que el mundo es muy diverso, porque yo fui criado en una burbuja, y de pronto me encuentro un mundo totalmente diferente, extravagante, eso fue muy enriquecedor”; señala el historiador coahuilense.

Cuando estudiaba el tercer año de su licenciatura descubrió que algo le faltaba para ser pintor, a pesar de que ya había hecho esculturas, pinturas y grabados. Es entonces que Javier comienza a derivarse a la historia del arte.

“Me clavo en la historia del arte, luego tuve oportunidad de estar en Europa un tiempo estudiando historia del arte, y allí llego a la disyuntiva de que tengo que ganarme la vida, porque yo dependía de mi padre pero ya era demasiado”, relata.

Es entonces cuando comienza en el mundo del periodismo, como reportero suplente en el periódico Excélsior, cubriendo las guardias que los reporteros ‘reconocidos’ no cubrían.

“Aprendí mucho, porque en aquel tiempo las noticias de los corresponsales eran por telegrama, y tenía uno que reinventar la historia, escribían verdaderamente horrible”, cuenta.

Tras una autodenominada “crisis existencial”, Javier regresó a Saltillo alrededor de los 21 años, y trabajó en el Diario, un periódico de la industria privada, como reportero.

Luego, tras encontrarse a Dora Madero, hija del gobernador Raúl Madero, se fue a trabajar con ella en la Dirección de Acción Social y Cultural.

A la par de aquel trabajo, fue invitado por don Roberto Orozco Melo, para convertirse en miembro fundador de EL HERALDO DE SALTILLO, junto con don Francisco de la Peña Dávila, periódico que dirigió por algún tiempo luego de que Orozco Melo fuera postulado como candidato a alcalde de Saltillo. Tenía entonces 24 años.

Luego se fue a Monclova, en donde fundó El Tiempo, periódico en el que estuvo alrededor de 10 años, hasta que fue llamado por don Oscar Flores Tapia, amigo desde su época estudiantil, para fundar y dirigir El Coahuilense en Saltillo.

Tiempo después, tras desaparecer aquel periódico, Javier Villarreal es nombrado como director del Instituto Estatal de Bellas Artes, cargo que repitió en el sexenio de Eliseo Mendoza Berrueto.

Fue también nombrado como primer presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, cargo que ocupó durante tres años.

Después, luego de fundar otro medio más en Saltillo, se le presentó la posibilidad de revivir un proyecto que había iniciado con Flores Tapia, y por orden de Oscar Pimentel inicia las gestiones para traer a Saltillo la Biblioteca de Vito Alessio Robles.

Javier se entrevistó con Angelita, sobrina del general Alessio Robles, y tras convencerla logró traerse todo un piso de una casa repleto de libros, que ahora resguarda, desde entonces, en el Centro Cultural Vito Alessio Robles (CECUVAR) que dirige hasta la actualidad.

“Yo soy muy afortunado, porque he tenido trabajos apasionantes como el periodismo; he tenido trabajos muy esperanzadores como es la cátedra. He tenido trabajos que son llenos de enorgullecerse de haberlos desempeñado, por lo que representaban como la Comisión de Derechos Humanos y he tenido este trabajo (en el CECUVAR) que si me lo diseño no me resulta tan bien y tan bonito, tan a mi gusto como este”, revela.

Pero además, Javier Villarreal es también un gran escritor, autor de al menos una docena de libros, entre los que destacan “Venustiano Carranza, la experiencia regional”, “Melchor Múzquiz, el insurgente olvidado”, “Los ojos ajenos/viajeros en Saltillo”, y su más reciente obra presentada en la Feria Internacional del Libro en Arteaga “¡Ay, Saltillo!, si tus calles hablaran”.

“Primero empecé a escribir poesía, luego caí a la historia por una cuestión familiar, por mi familia estuve muy cerca de la historia del estado, mi abuelo Gustavo Villarreal fue tesorero de don Venustiano Carranza; mi bisabuelo Patricio Villarreal fue comandante y luchó contra los franceses en la intervención y mi tatarabuelo Santiago Rodríguez fue gobernador que luchó por la desanexión de Coahuila a Nuevo León, entonces, como dice Octavio Paz, después de las pláticas de sobremesa el mantel quedaba oliendo a pólvora”, dice.

Además, es dueño de un gran tesoro, una biblioteca de más de 6 mil volúmenes.

En alguna ocasión, platicando con el periodista Vicente Leñero, durante la presentación de un libro en Saltillo, Javier recibió la segunda lección de su vida.

Leñero le preguntó sobre la cantidad de libros que había leído en su vida, sabiendo que Javier es un lector voraz.

“Me dice, cuántos libros lees, le digo, pues antes leía mucho, pero ahora por el trabajo y la edad pues ha ido reduciéndose, total que quedamos en un libro por semana, y me dice, bueno pues son 52 libros por año, más o menos lo que yo leo, y tienes como yo, unos 60 años leyendo libros, entonces 52 libros (por año) por 60 años, son poco más de 3 mil libros leídos.

Y me dice, ‘pues fíjate Javier que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos tiene 8 millones de libros, de ese tamaño es nuestra ignorancia”, cuenta el periodista saltillense.

“Y es cierto, porque la cultura, lo que uno puede llamar cultura, para lo único que sirve es para ubicarse en el mundo, y para entender a los demás, no lo hace a uno mejor ni superior a nadie, es un gusto que nos enriquece la visión del mundo”, sentencia.

 

SER RECORDADO COMO MAESTRO

 Dice Javier Villarreal que a él le gustaría ser recordado como maestro más que como historiador, periodista o promotor cultural, porque la docencia es una de las profesiones que más satisfacciones le han dado, y calcula que por sus clases han transitado más de un millar de alumnos de comunicación, pues ha estado presente desde la fundación de la Facultad de Ciencias de la Comunicación.

“A todos mis alumnos los recuerdo con mucho cariño, a algunos sigo viéndolos en la prensa o en la televisión, pero es una de mis grandes satisfacciones, y quisiera sinceramente ser recordado más como maestro que como periodista, historiador o promotor cultural”, señala.

El decano del periodismo en Coahuila llama a sus alumnos y exalumnos a seguir haciendo buen periodismo, a no olvidar las bases de lo que Gabriel García Márquez calificara como “la profesión más bonita del mundo”.

“No hay que olvidar el sueño de hacer buen periodismo y así sea la nota de un bache, siempre se puede hacer mejor, y quien la haga mejor es el que va a ir escalando, porque si se queda uno esperando a que lleguen las grandes historias pues allí se va a quedar mucho tiempo”, dice.

Recuerda los tiempos en que escribía sus notas en una máquina de escribir Remington, o cuando trataba de enviar una nota desde Nicosia, Chipre, al periódico Excélsior, sin poderse comunicar por teléfono.

“Antes era más difícil enviar la información que obtenerla, ahora se preocupan por que no tienen buena señal de Internet, o que está muy lento”, señala.

“Yo sí noto que la tecnología ha cambiado muchísimo la forma de hacer periodismo, el periodismo en esencia sigue siendo el mismo, sigue siendo la idea de poner al lector o llevar al lector a donde no estuvo, hacerlo escuchar lo que le interesa que no escuchó en ese momento, pero la técnica ha cambiado mucho, a veces para bien, pero a veces para mal”, finaliza. (JOSÉ TORRES)