‘LA BELLA Y LA BESTIA’ ¿Era necesario?

Por Víctor Bórquez Núñez

Ya se está transformando una tendencia que en los últimos años, los estudios Disney se están dedicando a rehacer en formato acción real sus grandes éxitos de animación, situación que revela al menos dos hechos incuestionables: falta absoluta de ideas frescas para renovar la maquinaria de hacer sueños infantiles y que está predominando solamente el olfato comercial en desmedro de la creatividad.

Esto se constata de manera extrema en la forma mecánica en que aparecen estas versiones “humanas” de sus grandes clásicos, como si no bastara la esencia de los dibujos animados y la exquisitez que ellos alcanzaron en sus respectivas épocas.

Primero fue ‘Cenicienta’ (2015), una película con intérpretes humanos que no alcanzaba para nada la estatura de clásico que tuvo en su momento el filme original, reduciendo una historia a una fórmula meramente convencional, porque nada explicaba qué necesidad existía de rehacer esa hermosa fábula.

Algo mejor sucedió con “El libro de la selva” (2016), porque aparte de su calidad visual había ciertas referencias a la cultura pop y una cuota de humor que se agradecía, aunque en las sumas y restas el verdadero valor de esa película estuvo casi exclusivamente relacionada con el asombro que sus efectos fotorrealistas provocaban.

Por este motivo, la aparición de ‘La bella y la bestia’ da pie para pensar en que si la tendencia sigue podría significar el agotamiento de la creatividad y la reducción de aquellos títulos que nos maravillaron (y lo siguen haciendo) a pesar de los años acumulados.

En estricto rigor este filme no es un remake o nueva versión de la película del mismo nombre de 1991, que tuvo el privilegio de ser nominada como mejor filme para los premios Óscar, demostrando que un trabajo animado podía tener el mismo valor que uno interpretado por actores de carne y hueso. Es simplemente, la repetición de una fórmula llevada al límite (y como dato curioso, por Internet anda circulando un video que va comparando ambas películas cuadro por cuadro y demuestra que efectivamente, no hay nada nuevo en esta versión de 2017).

Misma historia, mismos personajes, mismos vestuarios y casi los mismos diálogos. Pero he ahí que surge el gran problema: se trata de una versión con actores de carne y hueso y cuando repiten los diálogos que en la versión animada eran maravillosos, porque el lenguaje audiovisual de la animación posee sus propios códigos, al ser traspasados a personas reales, no funcionan, aparecen como anacrónicos y desfasados.

Por cierto, hay algunas diferencias. La primera, lógico, es que esta versión es de acción real, lo que ha significado la elaboración de decorados y escenografías que son costosos y llamativos. Pero, curiosamente, cuando se incorporan las canciones de la película original -que eran una delicia- acá no pasa nada y por el contrario, terminan siendo un lastre que hace lento y cansador el ritmo del filme.

Y, sin embargo, ninguno de los números musicales rescatados del original de dibujos animados es tan asombroso e imaginativo aquí como lo era entonces, y ninguno de los nuevos es particularmente memorable.

Otras diferencias sustanciales están en la duración del filme actual que se alarga hasta alcanzar dos horas diez minutos, mientras que el original animado era de 85 minutos lo que influye en el modo en que se traduce el espíritu de la película, resultando algo recargada, sobre todo en el tramo final y también en el empleo de explicaciones innecesarias que solo sirven para que todo el conjunto se torne lento y deprimente, especialmente en la manera en que describen al personaje de la Bestia antes de la maldición de la Bruja, porque de verdad que aparece solo como un tipo despreciable y de ningún modo como un ser trágico que clama por encontrar el amor.

Es evidente que el director Bill Condon no tiene la suficiente capacidad para insuflar de nuevas energías a esta película que, de todas maneras, debió quedarse solamente como el maravilloso trabajo de animación de 1991.

Llama la atención el trabajo de los maquilladores que se esmeran por tratar de dar aspecto fiero a la Bestia, haciendo que el actor que lo encarna, Dan Stevens, sucumba y termine desdibujado en su contexto psicológico lo que contribuye, además, a la cero química que se produce con la actriz Emma Watson, muy débil en el papel de Bella.

Como datos adicionales (y curiosos): Disney ha intentado publicitar la película como un modelo en que su protagonista es un icono feminista, pero en verdad lo que sigue estando en la pantalla es una mujer de pueblo que se enamora de quien la ha secuestrado y que aspira a casarse. Además, ha causado impacto en ciertos medios la presencia, fugaz por cierto, del primer personaje gay del mundo de Disney, presente en el baile final en el palacio, un guiño de la compañía a los tiempos de la diversidad.

Si bien ‘La Bella y la Bestia’ es entretenida, sobre todo si no ha visto el original, resulta difícil entender por qué la hicieron nuevamente, sin aportar en lo más mínimo algo que la hiciera diferente. De este modo, el filme de 1991 sigue incólume como un trabajo perfecto de animación en desmedro de esta versión de 2017 deslavada y algo rancia.