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lunes 20 noviembre 2017
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SALTILLO, LA TIERRA PROMETIDA

TEXTO: JOSÉ TORRES ANGUIANO

FOTOGRAFÍA: MARIANA FALCÓN

 Historia de una familia refugiada que escapó del infierno; a la jefa de familia le mataron a su hermana, secuestraron a su sobrina, balearon su casa y le dejaron mensajes con amenazas; luego la golpearon y asaltaron, dejándola hasta sin zapatos. Ahora rehace su vida en nuestra ciudad, y nos la cuenta en esta entrevista exclusiva para El Heraldo

Saltillo es la tierra prometida –como en la Biblia en Éxodo capítulo 33, versículo 1, cuando Dios le habla a Moisés y le pide rescatar a su pueblo- “porque después de todo lo que hemos vivido a mí me da tranquilidad… Dios ha estado con nosotros”, dice Nohemí “N” mientras exhala un suspiro de alivio.

Nohemí es centroamericana, llegó a México en el 2011 pero no lo hizo por gusto, ni de paso para seguir el tan famoso “sueño americano” que tantos anhelan; ella está aquí para seguir con vida.

Meses antes de llegar a México la vida de Nohemí era un verdadero infierno, su vida y la de su familia corría peligro, cada día que pasaba cerraban los ojos por la noche pensando en que quizá ya no despertarían.

Ella era policía en El Salvador, de los elementos que trabajan por el bienestar de los demás y que tienen bien puesto el uniforme, pero esta profesión que eligió, y el hacer bien su trabajo, fueron los causantes de que Nohemí y su familia vivieran el episodio más terrorífico de su vida.

Todo comenzó cuando por venganza los miembros de una pandilla delictiva que habían tenido problemas con la ley decidieron acabar con la vida de una de las hermanas de Nohemí. La asesinaron para enviarle un mensaje a la entonces agente policiaca.

Pero no terminó allí, eso era apenas el comienzo. Enseguida vinieron más ataques.

“Asesinaron a una de mis hermanas, y seguía yo”, dice Nohemí en entrevista con El Heraldo.

“Llegaban a la casa (los integrantes de las pandillas) a manchar paredes, a dejarme mensajes anónimos, bolsas con sangre, azotaban las puertas, ráfagas de disparos, era un pánico horrible”, agrega.

Dice la ex policía que de tantas cosas ya sólo esperaban la hora de morir.

“Ya nosotros sólo veíamos la hora en que llegaran a matarnos a todos, ya no teníamos esperanza”, relata volteando la vista al piso.

Para resguardar a su familia Nohemí empezó a buscar por internet información sobre asilo humanitario, y encontró una lista de países que lo otorgaban, ente ellos México.

Decidió entonces viajar hasta este país porque su vida corría peligro. Se llevó a una hermana y a sus hijos los dejó en El Salvador, pensó que yéndose ella esta vida de terror terminaría.

“Prácticamente como dos años viví escondiéndome en mi país, como si yo fuera la delincuente, es mi país y todo, pero como que le dan más prioridad al delincuente que a la víctima”, cuenta.

“El meritito jefe de la Policia Nacional Civil me dijo ‘Sabes qué, si puedes huir vete’, o sea, si te lo dice tu jefe en lugar de apoyarte, así de ese extremo está la delincuencia”, agrega.

Por tres días viajaron desde El Salvador, tomando diferentes autobuses; y llegaron a Escuintla, Guatemala, y allí se perdieron, tuvieron que pasar allí una noche, para después viajar a Tecún Umán.

Cuando parecía que todo salía a pedir de boca, nuevamente la vida les presentó una dificultad. Llegando a Tecún Umán tomaron un “triciclo” (una bicicleta de tres ruedas adaptada como taxi) para acercarse al río y cruzar a México, pero no contaban que el mismo chofer les haría una jugarreta.

Llevó a las dos hermanas a un sitio apartado y solo, a donde llegaron más “tricicleros” (los choferes de los triciclos), y estando allí las golpearon y les robaron todo, hasta los zapatos.

“Nos llevaron a un callejón muy oscuro, nos robaron, me dieron una golpiza, nos dejaron botadas a la intemperie”, platica.

En algún momento Nohemí perdía las esperanzas, muchas cosas se le acumulaban ya, y por si fuera poco, en el trayecto hacia Tecumán algunas personas les contaron que cruzar el Suchiate hacía Chiapas era muy peligroso, pues estaba lleno de cocodrilos y las corrientes eran muy ‘traicioneras’, por lo que corrían el riesgo de caer de las balsas y ser devoradas por los animales o ahogarse.

Pero luego del asalto tomó valor.

“Me acuerdo que le dije a mi hermana, cuando nos tenían raptadas los tricicleros, que Dios permitió que llegáramos hasta acá (a Tecún Umán), y no nos hemos muerto, éstos no nos mataron, mi vida no termina aquí… y así me arrastre el río o me pueda tragar un lagarto, yo tengo que cruzar ese río, no sé cómo, pero yo tengo que cruzar”, dice.

Y al amanecer un “buen samaritano”, como lo nombra Nohemí, las llevó hasta la frontera y las subió en una de las ‘cámaras’, que son balsas echas con madera y una llanta como salvavidas con las que cruzan el río.

Ya estando en México, Nohemí lo único que deseaba era que “la migra” la detuviera, para que la llevaran a una estación migratoria y allí exponer su caso e iniciar el trámite para recibir refugio.

Vio a unos soldados y se acercó a ellos, pero no la quisieron ayudar, aseguraron que como no eran del Instituto Nacional de Migración no podían hacer nada por ellas.

Luego llegaron a la Iglesia de San Andrés y el sacerdote de allí les dio comida, ropa, y unas “chanclas”, pues Nohemí iba descalza.

“Le explicamos la razón por la que veníamos al país y él mismo nos llevó a Tapachula”, relata.

Fue el mismo religioso quien las coordinó con la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) y con la oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), y así pudo iniciar el proceso para solicitar asilo humanitario en el país, y aunque su trámite duró más de los 60 días hábiles por un cambio de ley, al final pudo conseguir que México la recibiera legalmente.

En un primer instante se instaló en Tapachula, Chiapas, en donde asegura que trabajó en múltiples ocupaciones: como asistente médico, como promotora de salud, como guardia de seguridad y cuidando a ancianos.

Cuando ‘se acomodó’ en Chiapas les pidió a sus dos hijos venirse, para que estuvieran más seguros lejos de El Salvador.

Pero hasta Tapachula los siguió la delincuencia salvadoreña.

Un día fue raptada una sobrina suya que se encontraba en México. Los pandilleros la habían seguido hasta la frontera sur mexicana, la habían ubicado y su sobrina fue la víctima ahora.

Por dos meses Nohemí buscó a su familiar de apenas 14 años, recorrió una gran parte de las comunidades de Tapachula, lo hizo también en Guatemala pero no encontró nada, fue hasta que estaba a punto de darla por muerta cuando sus familiares de El Salvador le informaron que conocidos la habían visto en aquel país, que la tenían los pandilleros.

Y al menos por esa vez la justicia salvadoreña hizo su trabajo y la rescató.

El papá de la niña, que se encuentra en Estados Unidos, logró que una corte de aquel país determinara que la niña podía estar con él de manera legal, así estaría más segura y alejada de aquel infierno.

Luego de este nuevo terrorífico episodio, Nohemí descubrió que la vida de su madre, quien aún estaba en El Salvador, también corría peligro, pues los delincuentes estaban buscando venganza con cualquiera de su familia. Su mamá también solicitó entonces el refugio en México.

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Fotografía: Mariana Falcón | El Heraldo de Saltillo

 “SALTILLO ES EL CIELO”

 Coahuila no estaba en la mente de Nohemí y su familia; la primera vez que escuchó el nombre de este estado fue cuando su hija pequeña, mientras hacía una tarea de Geografía de su escuela, le mencionó el nombre, algo le llamó la atención a la niña.

“Le dije que algún día iríamos a conocer Saltillo, la capital de Coahuila”; dice Nohemí.

Y tiempo después ACNUR le dijo que en Saltillo iniciaría un programa único en el país para refugiados, en el que se busca integrar a las personas que se encuentran en este estatus en el país a la sociedad, otorgándoles un trabajo y asegurándoles educación a sus hijos.

Nohemí no se lo pensó dos veces, y apenas pasó la Navidad del 2016 y partió rumbo a Coahuila, llegó a Saltillo el 29 de diciembre con toda su familia: sus dos hijos, su hermana y su mamá.

“Cuando nos mencionan a Saltillo, pues para mi Saltillo es el cielo. Representa salir del riesgo y llegar a una ciudad tranquila”, dice mientras toma aire y sonríe.

El trabajo coordinado entre ACNUR, COMAR y el Gobierno Estatal y Municipal logró que tanto Nohemí y su hijo mayor consiguieran un trabajo bien remunerado, su hija entró a la escuela, y su hermana y su mamá atienden el hogar.

Ella y su familia, junto con otras 33 personas son parte del ‘programa piloto’ de inclusión de refugiados en México, que se realiza únicamente en Saltillo. Es decir, pese a que en todo México, sobre todo en el sur del país, hay muchas personas en calidad de refugiados, es en esta ciudad donde la ACNUR logró establecer este programa integral, para que las personas en asilo humanitario puedan verdaderamente sumarse a la sociedad mexicana.

El programa, que ya pasó la etapa del pilotaje, recibirá en los próximos días a al menos otras 60 personas, que de la misma manera se integrarán a trabajos e instituciones educativas.

“Somos personas acostumbradas al trabajo, a vida de casa, y no andar en problemas y situaciones de ese tipo”, asegura Nohemí.

Cuando se le cuestiona sobre si piensa en volver algún día a su país, ella determinante contesta que no, que nunca piensa regresar. Dice que incluso tiene muy poca comunicación con la familia que le quedó en Centroamérica.

“Queremos establecernos acá, no movernos, yo le digo a mi mamá que Dios está con nosotros, y pienso que algún día nuestra vida va a cambiar, no por suerte, es uno mismo el que se esfuerza para hacer las cosas”, sentencia.

“La verdad es que yo traía un estrés muy cargado, la situación era muy difícil, pero el llegar acá me ha tranquilizado”, agrega.

Nohemí dice que ya le empieza a tomar el gusto a Saltillo, le sorprende la cantidad de museos que tiene, y espera conocerlos todos. También a toda su familia le encanta el pan de aquí.

Además dice que la mayoría de los saltillenses con quienes trata la han recibido bien, aunque acepta también que se ha topado con discriminación, que aunque es menos que la que vivió en Tapachula, Chiapas, si pesa en momentos; sin embargo, eso no la hace desfallecer, pues dice que es cuestión de adaptación de las personas.

De hecho, cuando el programa fue anunciado por Mark Manly, representante en México de ACNUR, levantó polémica entre los saltillenses, al menos en redes sociales muchos se mostraron en contra de la llegada de refugiados, pues al no conocer porqué se les otorgaba este estatus a personas de otras nacionalidades, lo relacionaron con migrantes de paso, que han cometido delitos en la ciudad, o incluso con personas de medio oriente que pudieran cometer algún atentado.

Sin embargo, cada persona que intenta obtener el estatus de refugiado es investigado antes de otorgárselo, por eso pasan hasta 60 días hábiles para que su solicitud sea aceptada.

No pueden ingresar a este beneficio personas que huyan de la justicia en su país, ni quienes tengan algún historial delictivo. Sí en cambio quienes, como Nohemí, estén huyendo de la violencia y su vida corra algún riesgo.

Es decir, los refugiados, según ACNUR, no son migrantes de paso, no son los que llegan en el tren a Saltillo, pues ni siquiera piensan en Estados Unidos.

“Nunca he tenido la idea de irme a los Estados Unidos, porque no arriesgaría la vida de mis hijos más de lo que ya la he arriesgado, es cierto que aquí (en Saltillo) estamos cerca, en el tren, pero no”, asegura la centroamericana.

De hecho, Nohemí dice que lamenta cuando a algún centroamericano le pasa algo por ir en búsqueda del ‘sueño americano’.

“Yo digo, híjole, por qué no le echó ganas acá, sí se puede, aquí hay oportunidades de trabajo. En mi caso yo trabajo para mis hijos, mi mamá y mi hermana y mira, salimos adelante”, indica.

También se ha sorprendido de la cantidad de ofertas de trabajo que hay en Saltillo, y asegura que todo está en cada persona, en la iniciativa propia y el deseo de querer superarse.

“Estados Unidos no, menos ahora con la gran amenaza (Donald Trump), aquí estoy comiendo tranquila, mejor aquí me quedo”, sentencia.

“Yo buscaba un lugar que me diera un chance de vivir, un lugar seguro para estar, donde estuviera tranquila, trabajar y seguir adelante con mi vida, y Saltillo es ese lugar”, agrega.

Sus hijos también se han ido adaptando, el mayor trabaja y sale de vez en cuando a caminar en el parque; su hija menor estudia la secundaria.

“Le va muy bien, tiene dos semanas de haber comenzado y ya hizo amigas”, cuenta mientras ríe Nohemí.

“El ver que se va incorporando la familia, y cuando ves que tienes resuelto esto, la escuela, el trabajo, pues sabes que valió la pena”, dice.

Relata que ella siempre le dice a su familia que no hay que apartarse de Dios. Es cristiana, y asegura que Saltillo es la tierra prometida, así como a la que llevó Moisés al pueblo elegido de Dios.

“Han sido cosas de mucho dolor, porque como seres humanos hemos vivido cosas amargas, duras, pero como familia hemos aprendido a ser muy unidos”, dice.

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 RECIBIR REFUGIADOS ES SALVARLES LA VIDA: ACNUR

 Mariana Echandi, asociada de Comunicación e Información Pública de ACNUR en México, asegura que recibir a personas en calidad de refugiado en el país es salvarles la vida, aunque acepta que se desconoce entre los mexicanos que la situación de violencia en algunos países ha forzado a familias completas a desplazarse para estar seguros, y en algunas ocasiones son discriminados.

Debido a los altos índices de inseguridad que se viven en Centroamérica, sobre todo en países como Honduras, El Salvador y Guatemala, el tránsito de personas que huyen hacia México ha aumentado, según datos de ACNUR.

“No salen de sus países para buscar un mayor ingreso económico, sino porque han sido amenazadas, en sus países hay riesgo o violencia. Ellos tenían su trabajo, su escuela, tenían una vida en su país y de momento algo ocurre. Llevan viviendo situaciones de violencia por mucho tiempo, pero algo detona su salida”, señala Mariana Echandi.

Y ese fue el caso de Nohemí, luego de vivir por algún tiempo amenazada debido a su trabajo, el asesinato de su hermana y el aumento de ataques contra su casa marcó el límite de lo soportable, y entonces buscó asilo en México.

Sin embargo, algunas personas que viven en riesgo en sus países de origen desconocen que México tiene una legislación que los protege y acepta como refugiados, como la Ley de Refugiados Mexicana, que está basada en tratados internacionales como la Convención sobre Refugiados de 1951.

Es además un tema de Derechos Humanos Internacionales, tal y como lo marca el artículo 14 de la Declaración de Derechos Humanos.

“Las personas pueden permanecer en el territorio mexicano y puede tratar de reiniciar una vida. Su estatus legal les permite tener el acceso a derechos como la salud –con el Seguro Popular-, a la educación, al trabajo a una vivienda, en fin, derechos básicos que tendría cualquier mexicano”, dice la encargada de Comunicación de ACNUR.

Respecto al temor de los saltillenses porque algunas de las personas que llegan en calidad de refugiados puedan cometer delitos -tal y como ha pasado con quienes llegan como indocumentados-, las leyes mexicanas establecen medidas para excluir a gente que ha cometido un delito grave en su país de origen.

“Una persona refugiada no es alguien que esté amenazada porque cometió un delito, de hecho alguien que cometió un delito en su país es excluible de la protección”, indica Mariana Echandi.

Según datos de ACNUR, a México llegan personas de al menos 30 nacionalidades a solicitar la condición de refugiado. El mayor porcentaje son centroamericanos, y en menor medida, unos 3 o 4 al año, son originarios de países de Medio Oriente, pues es muy complicado llegar desde allá hasta México, por ejemplo, hasta finales del 2015, a México habían llegado en varios años solo 15 personas sirias a solicitar esta protección.

En Saltillo no se descarta la llegada de personas de otros continentes, sin embargo, serán los centroamericanos quienes en mayor medida accedan a este programa implementado en la ciudad, y además se busca que quienes lleguen lo hagan en familia, para integrarse a la sociedad saltillense.

Además, aunque es un tema novedoso, ACNUR asegura que no es la primera ocasión en la que Coahuila ha tenido a personas en asilo humanitario.

“En Saltillo se ha buscado un proyecto donde las personas pueden encontrar estas facilidades para poder integrarse y al mismo tiempo retribuir al país que les da cobijo”, finaliza la representante de Comunicación de ACNUR.

Por su parte, Nohemí, una de los 38 refugiados que hasta la fecha han llegado a Saltillo, asegura que llegó a una ciudad tranquila, y que ahora le queda echarle ganas para sacar adelante a su familia.

Por eso recuerda el ensayo con el que concursó y obtuvo una Mención Honorífica en una convocatoria que en 2013 lanzó INMUJERES, y a la que postuló por invitación de la ACNUR, en donde relató –como ella dice- una tercera parte de su vida, pues de aquel año a la fecha han pasado más cosas.

Y el título de ese trabajo la acompañará por siempre: “El pasado no se olvida, se supera”.