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Viernes 28 Abril 2017
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Un vendaval Boliviano

Ciudad de México. Dos escritores bolivianos estuvieron en México y hablaron sobre sus más recientes libros y su forma de ver la literatura. Se trata del conocido Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) autor de Tiburón, la antología con lo más esencial de su narrativa breve; y la joven Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981), que publicó Nuestro mundo muerto, con el que ganó el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada, publicó Excélsior.

 La primera en hablar es Colanzi, para quien la palabra puede ser representada por un rayo, un tigre… un vendaval, una joven narradora a la que le interesa explorar en los estados alterados de la conciencia, esos personajes que se encuentran al borde de la locura o que han enfrentado una experiencia mística.

“Me interesa explorar ese estado inestable en mis personajes. Pero para llegar a eso pensé que también debería haber un quiebre en el lenguaje; es dar cuenta de estos estados mediante la ruptura del lenguaje”, explicó en entrevista.

“Para mí la palabra nunca es inocente, la palabra tiene el poder de darle la vuelta a la realidad para mostrarte su anverso y reverso. Y aunque tenemos la impresión de que la realidad es una cosa única, cerrada y coherente… la locura o básicamente el estado alterado de nuestra percepción, nos muestra una interrupción de eso. Por ahí va más o menos la intención del proyecto Nuestro mundo muerto. Básicamente es la irrupción de una fuerza poderosa, desconocida en nuestra realidad cotidiana”.

Otra característica de su literatura, reconoce, es el hecho de que sus personajes muchas veces rozan estados de violencia. “Si algo tienen los personajes es que se encuentran en los márgenes por una u otra razón, y sí, hay una exploración de la violencia. Sobre todo, creo que es una indagación en la percepción, porque en estos personajes lo importante es la manera en que ellos perciben una situación que se está orillando por el lado fantástico”.

Sin embargo, asegura que al momento de perfilar sus personajes no quiere dejar claro al lector “si es que de verdad está sucediendo algo sobrenatural o si simplemente es la manera en como lo está percibiendo el protagonista”.

¿Qué es lo que buscas con tu prosa? “En mis inicios escribí cuentos muy realistas, pero tengo la idea de que cada vez que concluyo un proyecto necesito demolerlo y empezar con algo diferente. Esa fue la voluntad al crear Nuestro mundo muerto, donde me fui apartando del realismo para buscar otro lenguaje”.

¿Pero no se trata de un libro fantástico? “Así es. Y aunque es verdad que tiene una irrupción en torno a lo sobrenatural pero desde un sustrato real, esencialmente lo que quise era mostrar esos encuentros con lo divino y lo diabólico, pero con fuerzas mucho más grandes que uno no puede comprenderlas”.

En este sentido, lo que a Colanzi le permite la ficción es explorar esos personajes en un estado límite, donde éstos están perdiendo su noción de realidad. Por ejemplo, un niño que no comprende el significado de la muerte, pero lo enfrenta cuando fallece uno de sus compañeros, o de el taxista que habla de sus experiencias ante lo divino y lo paranormal al punto de modificar la forma de ver su entorno. Por eso me interesa abordar esa voz del enigma, pero desde un punto de vista espectral, donde se escuchan voces casi fantasmales”.

 

DISTORSIÓN

Por su parte, Edmundo Paz Soldán, un narrador más conocido en México, que publica Tiburón, su más reciente libro, donde el boliviano atraviesa 30 años de su narrativa para presentar lo que él llama: una versión panorámica de su trabajo como cuentista.

“Lo que he intentado hacer con este libro es una versión panorámica de estos cuentos que he escrito, tratando de incorporar textos de las tres etapas de mi trabajo como cuentista; el desafío era encontrar una continuidad dentro de tanta dispersión”, detalló el también autor de Los vivos y los muertos e Iris.

¿Qué rostros del narrador se aprecian en este compendio? “Lo que se puede apreciar es mi intento por negociar las dos principales influencias de mi trabajo. Por un lado, la esencia del relato realista, encabezada por Mario Vargas Llosa, y por el otro el relato fantástico de Jorge Luis Borges. Son dos influencias que, en los últimos años, me han llevado a escribir una especie de “ciencia ficción realista”, donde esperaría que no se notaran las marcas de ambos mundos”, comentó en entrevista.

¿Cuál es germen o detonador de su trabajo, en este momento? “Digamos que la realidad me alimenta, pero lo que le sigue es la imaginación; para mí la realidad es sólo un punto de partida para empezar a especular… a imaginar. Lo cierto es que, en mi caso, no escribo cuentos hasta tener claro el final, dado que en el camino puedo descubrir la trama, pero el final es determinante”.

¿Es su literatura una forma de ajustar cuentas con un futuro incierto? “En realidad creo que la ficción te da una mirada distorsionada del mundo que te rodea, de esa realidad que, paradójicamente, te permite acercarte mejor. Es como cuando lees las novelas de Franz Kafka, que se convierten en una especie de alegoría”.

¿Pero ha comentado que la ficción es también un juego? “Es porque la ficción también me permite desarrollar la imaginación, jugar con el lenguaje. Por ahora, prefiero adaptarme a esa mirada distorsionada que a la vez me da un ancla para entender mejor el mundo en el que me estoy moviendo. Pero tampoco soy utópico, porque no soy de los que cree que la literatura me va a liberar o a salvar. Me basta con que la ficción me permita tener una visión más completa del tiempo que me ha tocado vivir”, concluyó. (EXCÉLSIOR)