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Jueves 23 Febrero 2017
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Mundos en corto; un drama bufonesco

Foto: Internet.

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Ciudad de México. En 1948, poco tiempo antes de que se suicidara arrojándose a un canal de aguas turbulentas junto a su amante, el escritor japonés Osamu Dazai (Kanagi, 1909–Tokio, 1948) publicó Indigno de ser humano, “una novela-soneto” de la que el escritor peruano Richard Parra (Lima, 1976) destaca “su calidad literaria que, en un plano mítico, reconstruye un viaje iniciático por el infierno y hacia la muerte”.

“Es una novela en primera persona y es el narrador, Yozo, quien más me interesa. En principio como conciencia interesada en contar, pero no con una seguridad heroica, con una voz estatal como en Los miserables, sino con una desconfianza tanto en los materiales como en los recursos narrativos. Como el Quijote, la novela se presenta como un manuscrito encontrado acompañado de un puñado de fotos, es decir, como un material crudo, documental, incluso no literario”, señala Parra.

El autor del volumen de relatos Contemplación del abismo (2010), y de las novelas breves Necrofucker y La pasión de Enrique Lynch  (ambas de 2014), subraya que del libro de Dazai le atrae “su capacidad de contemplar lo fatal. Pero su acercamiento no es melodramático, sino bufonesco. Suicidio y risa son palabras hermanas en esta obra. Aun más, el narrador se define como un bufón, cuyas payasadas, poses e inocencia desarticulan lo esencialmente falso y deshumanizador de lo institucional, patriarcal y político. La novela se mofa del imperio japonés, del marxismo burocrático, del cristianismo culposo, de la anquilosada educación artística académica. Pero no se endiosa la vida bohemia, como en algunas superficiales historias del realismo sucio. Además, la obra habla poéticamente del amor, pero de un amor nacido del desencuentro, incluso alimentado por la violencia y relaciones de dominación, por el oportunismo e incluso degradado por un enraizado patriarcalismo, por una tradición alienante”.

Para Parra, Indigno de ser humano también es notable “por su descarado humor, su negación de lo social, su tendencia al desengaño, y su anárquico individualismo, no burgués, porque no se obsesiona con la acumulación y la propiedad privada”, y puntualiza motivos para acercarse a esta obra: “En cuanto a lo expresivo, por un impulso narrativo que combina claridad con reflexión, tragedia con comedia, arte oficial y cultura popular. En lo filosófico, por la presencia de un humanismo que otorga importancia al rostro del otro, que atiende a su sufrimiento. En la novela de Dazai se parte de la contemplación de un ser animalizado, degradado, y se culmina comparando al narrador con un ángel. Por eso, a pesar de su final sombrío y pesimista, su abierto epílogo funciona también como una epifanía, como un momento trascendental (…) es como el inicio de un nuevo ciclo cósmico”.

Sin embargo, el escritor peruano afirma que el libro de Dazai es “desconocido en América Latina. No figura entre los referentes literarios. Es un libro de culto, lo cual a veces mitifica, enrarece”. Y aclara: “en América Latina por lo general los libros que tocan los excesos del cuerpo quedan marginados por la herencia colonial católica que ha moldeado la cultura. Solamente si un libro promueve un ‘exceso’ permitido por el sistema (como la pornografía industrial), un ‘exceso’ que no niega las bases ideológicas, teológicas y económicas del mismo, ingresa al canon. Por otro lado, se suele mirar a Oriente con anteojos orientalistas, como diría Said, nefasto criterio que deja de lado obras que evaden el exotismo, el realismo mágico, la mirada imperial occidental, y el new age”.

Respecto al género de la novela breve, Parra, quien también es autor de la novela Los niños muertos (2015), opina: “Las novelas cortas más logradas dan la impresión de transportarnos por un mundo más amplio, desarrollado y complejo. Por lo tanto, sus recursos son la elipsis, la supresión de datos, hacer que el lector complete los movimientos y silencios de la narración. Hay un juego dialéctico con el deseo del lector y se apuesta por una simplicidad, que es lo más complicado en la escritura según lo veo yo. Los trazos en la novela corta son curvos por su ritmo acelerado. Su precisión poética, propia de un soneto”. Y agrega: “Así como el cuento y la poesía son una veta de experimentación, en la novela corta, por lo general, se acumulan materiales complicados y se apuesta por trayectorias narrativas alternativas, no instrumentales”. (EXCÉLSIOR)

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