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Miércoles 18 enero 2017
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Gonzalo Rojas, el fuego sereno

Foto: Internet.

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Ciudad de México. El poeta chileno Gonzalo Rojas (1916-2011) era un volcán. “Es el hombre que está del lado de la vida, de la pasión, del erotismo”, afirma sin dudar Fabienne Bradu (1954).

El volcán, agrega en entrevista la biógrafa de uno de los exponentes más destacados de la poesía hispanoamericana del siglo XX, “indica las cumbres, pero también la pasión poética y, luego, la pasión ensanchada a la vida”.

El ganador del Premio Cervantes 2003, de quien este martes se conmemora el centenario de su natalicio, “casi desde la adolescencia se sentía atraído por el volcán”, detalla la investigadora que hace 18 años conoció al autor de La miseria del hombre (1948) y, desde entonces, ha estudiado su obra.

“Volcán es también la erupción de la vida erótica, de la pulsión. Era un ser muy apasionado, hasta llegar a veces a la testarudez. Para él, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, eran los volcanes de la poesía chilena. Creo que él se convirtió en otro”, agrega.

La escritora y crítica literaria, que vive en México desde 1979, define al también ganador del Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1992 como “un hombre cordial y altivo que estaba marcado por las contradicciones”.

Por eso, a la par que el volcán le gustaba el sosiego. “Éste remite a su sabiduría, a esos ocios que él pedía para escribir su poesía, esas pausas entre un libro y otro. Evoca esa tranquilidad que tenía, esa seguridad que poseía de que ese don poético lo iba a mostrar al mundo y que no había prisa. Tan seguro de sí mismo era”, añade.

Estas son las razones por las que Bradu escogió el título de El volcán y el sosiego. Una biografía de Gonzalo Rojas (FCE) para el libro que le dedica al vate longevo, después de Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas (2002), donde analiza su poesía.

Tras hacer varios viajes a Chile, en específico a Chillán, donde Rojas radicó desde que regresó a su país en 1994, después de su exilio debido al golpe militar de 1973, la investigadora de la UNAM comprende el apego del bardo por su patria. “Es un amor a la tierra y a la tierra verbal, al lenguaje, que lo hizo regresar en una etapa temprana, en la primera amnistía que dio la dictadura. Realmente no sólo era una necesidad de estar en contacto con cierta habla chilena, que extrañaba mucho, sino también con la luz y la belleza de ciertos paisajes, de ciertos rincones”.

Quien tuvo a su cargo la edición de Íntegra (2013), la suma poética de Rojas, y de Todavía (2015), el compendio de la obra narrativa del chileno, piensa que el país andino “le pagó muy mal” su amor y dedicación extrema a educar.

“Hay una parte de la vida de Gonzalo de la que no siempre se habla, que está volcada a sembrar cultura en Chile con un gesto profundamente
desinteresado, porque le importaba este país”, destaca.

Narra que la enojaba mucho, por ejemplo, ver que la Universidad de Concepción, donde el bardo organizó a finales de los años 50 los famosos encuentros con grandes escritores e intelectuales de Iberoamérica, después le dio la espalda.

“Una de las autoridades declaró una vez ‘¡Hasta aquí de los encuentros de Rojas!’, como diciendo ‘no nos molesten más con eso’, cuando fue una de las cosas más interesantes que pasaron en Chile en muchos años”, señala.

“Hay no sólo poco reconocimiento a lo que él hizo por su país, sino que existen venganzas casi nacionales. Se malentiende por ignorancia o no se sabe qué anima a la gente a denigrar a los que más han trabajado por su país. Es un fenómeno que aún no aclaro bien. Da rabia”, dice.

Lo que sí, advierte, para la elaboración de los libros sobre la vida y obra de Rojas iba a Chile cada vez que podía, es decir, cuando tenía dinero. “No agradecí al gobierno chileno por no haberme ayudado a hacer la edición de la obra y la biografía”.

De diosa a odiada

Fabienne Bradu advierte que la mujer posee un lugar fundamental en la obra de Gonzalo Rojas, así como en su vida, pues fue famoso por los diversos matrimonios y relaciones amorosas que tuvo durante su larga vida.

“El concepto culpa no existía para él. Su actitud frente a la mujer pasa por muchas gamas, de un extremo a otro. La mujer puede ser la diosa y la musa, pero también la odiada. Hay poemas dedicados a mujeres que amó y luego odió y son poemas muy crueles. Pero cuando amaba, les escribía grandes poemas”, considera.

Y aclara que las mujeres que inspiran su obra no son mujeres-objeto. “Todas son muy activas en esa pasión erótica, reivindican su orgasmo, su derecho al erotismo, a ser cuerpo. Eso lo distingue de muchos poetas de corte romántico y surrealista, que consideraban a la mujer como un instrumento para lograr ciertos estados estáticos o casi sagrados. Él pide a una mujer que recorra ese camino activamente con él y creo que por eso a las mujeres les seduce tanto sus poemas eróticos, porque se sienten interpeladas”, indica.

La autora de la trilogía sobre los creadores surrealistas que visitaron México, Antonin Artaud, André Breton y Benjamin Péret, piensa que otro aspecto interesante de esta biografía es que narrar la vida de Rojas la hizo repasar muchos episodios del siglo XX.

“Es muy excepcional que un personaje coincida con el siglo. Para los chilenos —me comentaron cuando presenté el libro allá—, este título fue como una reconstrucción de la vida cultural de esa época, de 1938 al fin de la centuria, de cómo era la enseñanza en las escuelas. Me asombró, porque esto hace notar que no existe un balance así del siglo, tanto histórico como cultural. Es una cosa que la longevidad de Gonzalo propició”, apunta.

Confiesa que ha sido “un trabajo de inmersión en su obra muy gozoso, de dedicarle libros, empeños y dolores de cabeza. Me propuse hablar con la verdad, eso me alentó. Aspirar a la verdad total de un personaje es un poco presuntuoso y discutible. En cambio, si uno se limita a respetar esa exactitud que el lector pide y agradece es darle la justa dimensión. Uno sale de las biografías un poco más sabio”.

 

BARDO PARA RATO

Bradu adelanta que está terminando un libro sobre los encuentros que Gonzalo Rojas organizó en Concepción. “Son legendarios. Todo mundo habla de ellos, pero no se sabe bien qué pasó, qué se dijo ahí. Recuperé grabaciones, textos, artículos periodísticos y es impresionante”.

Recuerda que será vital recuperar la historia de esta iniciativa del poeta, sobre todo porque la Universidad de Concepción destruyó todo. “Hay que entender que le quitaron estos encuentros, porque lo acusaban de querer cubanizar la vida cultural chilena. Después pasó la dictadura y él fue tachado de todas las universidades del país.

“Yo fui a la Universidad de Concepción y, cuando pedí el expediente de Gonzalo Rojas, lo único que saqué fue el decreto de la Junta Militar con listas donde su nombre está rayado. Pero aun después de la dictadura y esos tiempos de ‘reconciliación’, los archivos no existen”, explica.

Para ofrecer un ejemplo de la visión particular que tenía el autor de Contra la muerte detalla que, en esos famosos encuentros, en 1958 “les ponía a los periodistas que cubrían una sala de prensa, máquinas de escribir y carros con chofer para que fueran al periódico a dejar sus notas.

“Compró transistores pequeños para darles a los mineros y que escucharan a Alejo Carpentier, a Ernesto Sabato o Carlos Fuentes desde el lugar donde estuvieran. Y esa universidad se abría al público, el ama de casa, el obrero, todos podían ir a escuchar. La noche que leyó Neruda, en 1962, era en un foro al aire libre y había cuatro mil personas. Para una ciudad pequeña, ¿te imaginas la revolución?”, dice entusiasmada.

“Él decía que con audacia e imaginación se hacían las cosas”, concluye quien espera que en 2017 se publique este volumen para comenzar la escritura, quizá, de dos libros más: uno de Rojas ante la crítica y otro sobre su correspondencia.

 

(EXCÉLSIOR)

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